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Cuidar la caja



El COVID-19 hundió al mundo en una grave crisis sanitaria y económica y a la Argentina la hizo retroceder a un infierno que ya vivió hace exactamente 20 años.

No puede decirse que la economía argentina esté atravesando una tormenta sin precedentes en su historia porque en 2001 hubo una muy parecida, aunque el escenario actual es más preocupante por el condimento sanitario.

El quiebre de pequeñas y medianas empresas y el aumento incesante de la desocupación y de la pobreza, entre otras vicisitudes, se dieron, al principio de la pandemia, en un marco de fuerte caída de la actividad que, en abril del año pasado, alcanzó un 26,4 por ciento en la comparación interanual.

La debacle se mantuvo durante mayo y junio -completando los tres meses más duros de la cuarentena-, con indicadores más leves. Pero la economía nacional, no debe olvidarse, está en retroceso desde por lo menos un par de años antes.

Hasta fines de 2020, la crisis se reflejó en la baja de la recaudación real de impuestos relacionados con los niveles de actividad, como IVA y Ganancias, además del impacto de éstos en los tributos patrimoniales, por la depreciación real de inmuebles y bienes durables frente a la inflación. La coparticipación de impuestos nacionales, según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf), cayó en junio un 16 por ciento en términos reales.

En las provincias, la pérdida de ingresos se vio agravada por el retroceso en el Impuesto sobre los Ingresos Brutos, directamente ligado al nivel de actividad, y el golpe a bocas de recaudación vinculadas a los gastos y al consumo de los ciudadanos/as, tales como, en otras jurisdicciones, el uso de los peajes; el juego (cuyas utilidades sostienen algunos programas asistenciales); las multas de tránsito en las rutas, etc. Mientras que los municipios, sobre todo aquellos que contemplaron la situación de las PyMEs y dejaron de percibir alguna tasa, también sufrieron un duro impacto.

La leve recuperación del primer trimestre de este año no alcanza a disimular siquiera la fuerte detracción en los tributos y en los ingresos de las distintas actividades, producida en los nueve meses anteriores. Para colmo, sobre llovido mojado: cuando comenzaba a evidenciarse una mejoría, las nuevas medidas sanitarias volvieron a tender un manto oscuro sobre la economía.

Además de prudencia, racionalidad y diálogo permanente, la difícil coyuntura exige -cada vez más- un uso eficiente y eficaz de los recursos del Estado, habida cuenta, además, la necesidad de refinanciar intereses y vencimientos de la deuda pública.

Lo mejor que pueden hacer las diferentes administraciones es cuidar la caja tanto como a la propia salud pública. El uso de las partidas debe estar sujeto como nunca a un estricto control, para que no salten dudas sobre la transparencia de los manejos.

No solamente la sociedad, también la dirigencia de distinto orden está obligada a tomar conciencia de la emergencia por la que atravesamos y actuar con mesura y probidad. Esto evitará un impacto aún más negativo en los sectores más vulnerables, entre los cuales hoy figuran varios rubros privados.



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