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Luces en la oscuridad



En tiempos como el actual, en los que los malos ejemplos abundan y suelen ser relativizados o no merecen una debida ponderación aquellos comportamientos humanos ajustados a principios que apuntan a mejorar los niveles de convivencia social, resultan por cierto alentadoras aquellas actitudes que, por pequeñas que parezcan, son capaces, sin embargo, de dejar testimonio de la perduración de valores éticos y cívicos.

Nos referimos a los gestos de honradez de ciudadanos/as que encuentran y devuelven -sin reclamar nada a cambio- dinero, documentación o algún objeto perdido, o el de aquellas personas que se toman incluso la molestia de buscar al dueño o la dueña de una mascota perdida para reintegrársela. La lista podría extenderse también a muchas otras situaciones que se presentan en la realidad cotidiana.

En esas instancias es cuando se comprueba que la generosidad, la decisión por aportar ayuda solidaria a quienes la necesitan o por brindar desinteresados aportes a favor del bien común, dejan a salvo las virtudes intrínsecas y las bondades de la condición humana.

Desde el punto de vista colectivo, vale la pena poner de relieve las actitudes de vecinos/as de distintos barrios formoseños que, utilizando parte del tiempo que tienen para su descanso, deciden en cambio encarar por su cuenta y cargo diversas actividades en los espacios públicos, como por caso desmalezamientos de baldíos, recuperación de espacios verdes, realización de tareas de limpieza y pintura en escuelas, plazas y otros lugares de uso común. Están también quienes le ponen el cuerpo a movidas de concienciación para mejorar la calidad de vida dentro de sus comunidades. Sin olvidar a empresarios y comerciantes que hacen sus aportes materiales.

Sería importante que, además de reconocer estos verdaderos ejemplos sociales, tanto el sector educativo como las familias transmitieran a los/as más jóvenes el valor que tienen para la vida social aquellos gestos de cortesía que, por mínimos que parezcan, traslucen la existencia de cualidades propias de buenos ciudadanos/as. Ceder el asiento a las personas mayores o a las mujeres embarazadas, no mantener tratos descomedidos con los demás, ejemplifican y forman parte de los códigos de convivencia que debieran recuperarse.

Es falso que los tiempos que corren no sean propicios para ello. La prueba reside en las corrientes de simpatía que generan muchos de esos actos, cuando toman estado público. Existe un sentimiento difuso de aceptación a las conductas valiosas, que sólo necesita de algún estímulo para expresarse. Aun en épocas que parecieran dominadas por la oscuridad, siempre hay luces marcando el camino. Reconocer y destacar tales actitudes seguramente será una forma de estimularlas.

Las sociedades civilizadas cuentan con mecanismos de sanción social frente a determinadas desviaciones, pero a la vez se enriquecen y nutren de las pequeñas pero concretas contribuciones cotidianas que cada ciudadano/a hace a la convivencia armónica. Reside en la conducta individual, en definitiva, una de las claves de la armonía social.



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