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Cuentos del tío



Hay modalidades delictivas que no pierden vigencia y que incluso se mantienen durante la pandemia. Maniobras al margen de la ley que siguen siendo noticia, aunque resulten viejas, a fuerza de su empecinada reiteración.

Nos referimos al accionar de bandas especializadas en producir “cuentos del tío”, muchas de las cuales tienen como principal objetivo a la clase pasiva. ¿Desde dónde operan? Aunque cueste creerlo, desde unidades penales ubicadas en distintos puntos del país.

Como decimos, nada novedoso, porque las cárceles argentinas han sido pródigas en estafas telefónicas en las últimas décadas. Formosa continúa siendo terreno fértil en este sentido, al punto que en reiteras oportunidades funcionarios policiales han salido por distintos medios a prevenir a los incautos sobre ese tipo de operatorias.

El descontrol que reina dentro de algunas unidades penitenciarias ha llegado a permitir el montaje de un virtual call center en una celda, lo cual habla de cierta permisividad interna.

Concretamente, si el modus operandi es de sobra conocido, resulta fácil inferir que se reitera porque lo que está a la vista pasa tan inadvertido como un árbol en un bosque.

Una amplia red permite estas estafas. De un lado, celulares, tarjetas, chips y cómplices exteriores operando cuentas bancarias, todo ello puesto al servicio de delincuentes habilidosos. Del otro, una prevención cuanto menos laxa.

Existen pruebas concluyentes sobre esto último: en más de una ocasión ha sido una unidad judicial extra provincial la encargada de realizar las investigaciones para desbaratar una banda que no figuraba en el radar del servicio penitenciario de la jurisdicción asiento de esa cárcel.

Los nuevos “cuentos del tío” que van apareciendo demuestran que las estafas telefónicas están a la orden del día. La reiteración de casos similares sugiere además la participación de numerosas “sociedades” que operan en diferentes establecimientos penales con mayor o menor suceso.

Un especialista recurrió no hace mucho a una conocida simbología para tratar de explicar lo inexplicable (por qué no se corta definitivamente esta posibilidad de cometer delitos dentro de una cárcel). Puso como ejemplo las figuritas de los tres simios: uno que no ve, un segundo que no oye y otro que no habla.

No se puede agregar mucho más: que personas privadas de su libertad puedan dirigir o planear nuevos delitos tras las rejas no habla tanto de su habilidad como de las permisividades que los rodean. Además, da razón a quienes sostienen que las prisiones de nuestro país funcionan mejor como centros de capacitación de delincuentes que como establecimientos para su recuperación.

El sistema carcelario argentino carga una pesada deuda en esta última materia, proyectando hacia la sociedad una imagen de resignación frente al esfuerzo que debería realizar por impedir que quienes purgan condena sigan haciendo de las suyas.

Los responsables a todo nivel, como propuso oportunamente el especialista traído a colación en esta columna, deberían dejar de imitar a los tres monos sabios de la milenaria cultura japonesa.



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