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De vida o muerte



Kilómetros de nuevos guardarrails han sido colocados en los últimos años en el tramo Tatané-San Hilario de la Autovía 11, y otros siguen instalándose en el segundo segmento de la obra, entre San Hilario y la Cruz del Norte.

No se trata de una forma de seguridad vial pasiva que la gente no conozca; sí, de elementos de protección que, mal instalados, pueden provocar el efecto contrario, es decir, accidentes graves.

Quedó demostrado esta semana en un barrio privado de Tigre, provincia de Buenos Aires, donde dos jóvenes perdieron la vida cuando el automóvil en el que viajaban a alta velocidad se fue a la banquina, derrapó e impactó contra el guardarrail. Las muertes fueron producto de la penetración de dicha valla en el vehículo, efecto que los especialistas denominan “empalamiento”.

En síntesis, la aceleración, el alcohol y la imprudencia contribuyeron a que se produjera el siniestro vial, pero el diseño de la punta paralela del guardarrail y los mecanismos burocráticos que autorizaron su instalación fueron los responsables del saldo luctuoso.

No es la primera vez que la mala ubicación y/o instalación de un guardarrail conduce a una tragedia. Hay antecedentes en todo el mundo, y también en la Argentina, donde entre los más horribles aparece un caso registrado en Formosa.

Ocurrió hace diez años cerca de Tatané cuando un automóvil al mando de un joven despistó a metros del puente sobre el riacho Cortapick, con tanta mala suerte que terminó dando de costado contra la punta del guardarrail de dicha estructura.

Al menos siete metros de este ariete de acero y zinc atravesaron el vehículo de lado a lado justo al medio, lo que derivó en una muerte y amputaciones entre los pasajeros que iban sentados atrás y, milagrosamente, ni un rasguño para el conductor y su acompañante.

Cualquier similitud con la tragedia de Tigre no es casualidad. Ambas tuvieron como protagonistas a autos importados, y en ambas jugaron un papel preponderante la velocidad y el alcohol. Pero lo más lamentable es que las consecuencias irreparables podrían haberse evitado si las autoridades no persistieran en ignorar las recomendaciones que existen sobre la instalación de guardarrails.

Para que estos dispositivos no terminen convertidos en enemigos de la seguridad vial debe prestarse atención urgente a dichas indicaciones, que alertan sobre el peligro mortal que constituye instalar barras metálicas fijas con puntas expuestas paralelas al camino.

Los llamados “guardarrails asesinos” deberían ser desterrados, ya que jamás el remedio debe ser peor que la enfermedad. Su instalación, pues, debe contemplar ciertos requisitos ineludibles de seguridad para los usuarios de cualquier ruta, nacional o provincial.

Se trata -el diseño de las puntas de los guardarrails- de un tema central para tener un tránsito más seguro. Cuando pasa lo que pasó en Tatané hace una década, o hace unos días en Tigre, fracasa la ingeniería vial porque conspira contra el principal objetivo.

Es de esperar que el detalle -vital por donde se lo mire- haya sido debidamente contemplado por Vialidad Nacional en el diseño de la Autovía 11.



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