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Responsabilidad sanitaria



La lucha contra la pandemia de coronavirus sigue generando polémica (ahora por las medidas orientadas a contener la segunda ola). Más allá de las sospechas que despiertan algunos fallecimientos en la actual emergencia sanitaria, dado el rol que juegan distintas comorbilidades que a menudo complican los diagnósticos y tratamientos, la pandemia desatada hace poco más de un año vino a complejizar el plano de la salud en todo el mundo. La demanda de atención de millones de contagiados desbordó o puso en colapso los sistemas sanitarios, no obstante lo cual, desde el comienzo, distintas sociedades científicas coincidieron en solicitarle a la población que no dejara de concurrir al médico para cuidar su salud o realizar el seguimiento de una enfermedad crónica.

Los datos corroboran que aquella petición o no fue escuchada por gran parte de la sociedad, o no pudo ser respondida satisfactoriamente por la infraestructura hospitalaria. Tanto las personas como el Estado deben asumir su cuota de responsabilidad en esto. Muchos enfermos crónicos interrumpieron sus tratamientos por temor al contagio, pero acaso sean más quienes, pese a haberlo intentado, no pudieron sortear las dificultades en el acceso a la salud o las restricciones impuestas en la circulación.

No hay provincia argentina que no siga la tendencia nacional, que coincide con la tendencia mundial. Por ejemplo, las consultas y los tratamientos de diferentes patologías (oncológicas, cardíacas, etc.) se redujeron ampliamente. Las prestaciones para estos pacientes nunca se cortaron, pero cuando la gente empezó a superar el pánico inicial y entendió la necesidad de acudir a su médico, descubrió que no podía salir de su provincia o no podía viajar de una ciudad a otra. También cayeron estrepitosamente los controles regulares de los niños sanos y las consultas de las embarazadas.

En síntesis, el aislamiento preventivo y obligatorio original redujo la circulación social para evitar el contagio del coronavirus, pero las personas, encerradas en sus casas, quedaron a merced de otras patologías peligrosas para su salud. Muchas, incluso, terminaron muriendo a causa de ellas y no del COVID-19.

Esa experiencia es preocupante y debe ser tenida en cuenta por las autoridades en el marco de las nuevas restricciones a la circulación. Una forma de ocuparse es diseñar campañas de sensibilización pública para que cada ciudadano/a, en la medida de lo posible, retome su propia agenda médica. Sobre todo en aquellos lugares donde el número de contagios se mantiene relativamente bajo control.

Ser responsables, en términos sanitarios, implica mucho más que cuidarse de las distintas variantes del coronavirus.



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