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Prioridad multifacética


Durante la Presidencia de Néstor Kirchner, su primer secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, dijo, entre otros exabruptos, que “la cultura no es prioritaria en la Argentina”, sino “darle de comer a los chicos pobres, que “el gobierno es un circo”, y que tenía otras preocupaciones antes de definir “quién va a dirigir el Fondo de las Artes”. Expresiones bárbaras que, obviamente, le costaron el cargo.

Sin embargo, al menos la primera parte de aquellas declaraciones contó en ese momento con el beneplácito de sectores que comparten esa opinión. De hecho en muchas administraciones la cultura sigue estando entre las primeras áreas en recibir recortes presupuestarios cuando las necesidades sociales apremian.

Por eso siempre resulta oportuno recalcar que, en términos económicos como en sentido vital, la producción y la gestión cultural son las actividades más dinámicas y multifacéticas de un país en el que cada provincia tiene cosas valiosas para aportar. No obstante ello, a la hora de diseñar políticas de Estado se suele dejar a la cultura en el último lugar de la fila.

Soslayando a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que desde hace décadas cuenta con un presupuesto descomunal para actividades de este tipo, en el resto de las provincias la oferta cultural está subordinada a la buena voluntad de los funcionarios competentes. De ellos depende que el tema ocupe un lugar preponderante en la agenda pública. En meses de pandemia, como no podía ser de otra manera, la situación se complica, por lo que las gestiones provincial y municipal en la materia deben hacer denodados esfuerzos por circunscribir dicha agenda a los límites que imponen las medidas preventivas y la escasez de recursos.

En los años noventa, con la tardía difusión del marketing cultural en la Argentina, se creyó que la ecuación economía-cultura les abriría los ojos simultáneamente a quienes sólo quieren leer la realidad a través de los números y a quienes sólo perciben en los fenómenos artísticos expresiones humanas desvinculadas de sus modos de producción y de distribución.

Esa tendencia quedó sepultada a medias con la llegada del nuevo milenio, tal vez porque se la asociaba al neoliberalismo, tal vez porque generaba demasiados malentendidos. Lo cierto es que con ella también quedó enterrada la utopía de mercado que la sostenía. Tenía muchos defectos, pero una gran virtud: la simpleza con la que comunicaba la ilusión de que la cultura puede ser un gran motor de la economía.

Hoy, los problemas relacionados con la cultura son otros, abren un abanico mucho más amplio que incluye las políticas de género, las diversidades, las multiculturalidades, las reivindicaciones civiles, las nuevas tecnologías y hasta los aspectos sanitarios a tener en cuenta para luchar contra el coronavirus. Por eso la cultura es y seguirá siendo prioritaria en cualquier parte del mundo.

Lo importante, entonces, es que autoridades y hacedores de cultura asuman los desafíos de la época y tracen juntos, sin descuidar ningún protocolo, un glosario de actividades realizables en la emergencia.



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