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Sensatez y paños fríos


A pesar de las diferencias políticas de entonces, hace 204 años un grupo de patriotas fue capaz de coincidir en declarar la Independencia de nuestro suelo de la monarquía española. Más lejos en los actos que en el tiempo de aquella gesta, hoy la política argentina se muestra incapaz siquiera de independizarse de los vicios que arrastra y que han sumido al país en la decadencia hace ya varias décadas.
Una de las preguntas más frecuentes que se hacen los especialistas en “marketing político” está relacionada con las razones que impulsan a los/as ciudadanos/as a votar por alguien en especial. Aparecen entonces dos motivos centrales: la esperanza y la sanción. Sin embargo, las actitudes de no pocos dirigentes han logrado transformar la vida republicana en una campaña electoral sin solución de continuidad en la que chocan permanentemente el ejercicio de la alegría y la ilusión con la desazón y la bronca.
La grieta política enturbia las mejores intenciones de oficialistas y opositores, quienes, como ha dicho ayer un columnista de un importante medio nacional, se “revolean cadáveres”, echándose las peores culpas en el peor momento sanitario, económico y social de la Argentina.
Los niveles de exigencia ciudadana han descendido tanto que ya nadie pide acuerdos patrióticos como el del 9 de Julio de 1816 sino, simplemente, que se respeten los valores principales de la República. Como nunca, imaginar un futuro más promisorio ante un presente tan doloroso sería lo más deseable, porque refleja la ansiada movilidad social ascendente, cosa que hoy suena a quimera.
Si buceamos en nuestra historia, pocas veces se expresó el voto esperanzador. Podría decirse que buena parte de la sociedad votó con esperanza al cumplirse el primer centenario de la Declaración de la Independencia, en 1916, cuando, después de la sanción de la Ley Sáenz Peña, Hipólito Yrigoyen garantizaba que los sectores medios, conformados por jóvenes bien formados e hijos de inmigrantes, llegaran a puestos encumbrados en la conducción del Estado y pudieran participar en el diseño del país del futuro. Otro tanto ocurrió con Juan Domingo Perón en 1946, en particular por la incorporación de derechos sociales y laborales que respetaran la dignidad del hombre en su trabajo. Otro momento fue en 1983 cuando, después de una etapa negra de nuestra historia, la ciudadanía sufragó con esperanza para salir de la oscuridad y comenzar a ver, con Raúl Alfonsín, la luz que se mimetizaba con la recuperación del sistema democrático.
Luego, las cosas fueron cambiando para mal y se instaló con fuerza el voto “sanción”. Lejos de elegir por un candidato que generara esperanza, se optó por aquel que pudiera garantizar que no llegara el “otro”. Se volvió a reabrir así la herida que se expresa en la grieta, cuyo origen data de 1810, pero que hace 204 años no impidió que rompiéramos formalmente vínculos con la realeza española.
Si aspiramos a vivir en paz, urge recuperar parte de aquel espíritu de consenso. De lo contrario, y ojalá nos equivoquemos, Argentina lamentará mucho el no haber puesto una cuota de sensatez y algunos paños fríos.



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