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Bestias puras


La sociedad argentina en general y la formoseña en particular lucen anestesiadas ante la masacre diaria que se vive y padece en calles y rutas de todo el país.

Los denominados “hechos de tránsito”, que no son otra cosa que colisiones, despistes, vuelcos o caídas, en el caso de los motociclistas, muchas veces trágicos, se han convertido en una pandemia cotidiana y sistemática que hace que numerosas familias lloren la irreparable pérdida de una vida todas las semanas.

Resulta alucinante ver cómo la gente se mata en la vía pública a bordo de un vehículo de dos, cuatro o más ruedas. Pero lo dramático es la sensación de que muchos conductores parecieran condenados a morir ellos mismos, cuando no dispuestos a matar a otros, ante una indiferencia social inexplicable.

No es una exageración. Basta salir y mirar con atención lo que pasa a nuestro alrededor. Las imprudencias abundan en calles, avenidas, rutas y autopistas, convertidas en una gran “ruleta rusa” de la que todos participamos, aun los más cautos, ya que nadie está libre de ligar de rebote las consecuencias de una mala maniobra de otro chofer.

Si bien son las carreteras las que se cobran más vidas, las ciudades exhiben de cerca los comportamientos viales temerarios. Cualquier vecino, sentado en la vereda de su casa, puede asistir diariamente al morboso “espectáculo” de conductores que aceleran, encaran, frenan, vuelven a encarar, se cruzan o adelantan peligrosamente.

El muestrario se nutre también de encerronas, violaciones de semáforos en rojo, giros prohibidos, irrespeto por los peatones, desatenciones por uso indebido del celular. En fin, una amplia gama de actitudes demenciales que permite afirmar que la batalla para modificar hábitos, generar conciencia y promover un cambio para el futuro está definitivamente para la actual generación, ya que la inseguridad vial seguirá matando a gran escala por mucho tiempo más.

Lo que resulta inexplicable es el grado de locura que llegan a alcanzar muchos al volante de un auto o al comando de una motocicleta. Personas capaces de saludarse cordialmente en una oficina, o de ceder el paso al entrar o salir de un lugar, luego se desconocen brutalmente a bordo de un vehículo, y hasta se agreden verbal o físicamente, pudiendo llegar a matarse, inclusive, por la vía de un ataque con armas.

Es como si de pronto perdieran el raciocinio y se transformaran en monstruos dispuestos a cometer cualquier bestialidad con tal de ganarle un segundo a un tránsito que, dicho sea de paso, no contribuye a apaciguar el caótico trajinar sobre el asfalto.

Expertos que siguen con enorme preocupación el tema coinciden en que ya no se puede hablar de negligencias o imprudencias. “Subirse a un coche o a una moto, saber que se puede matar o dañar y, pese a ello, no aflojarle al acelerador, es una temeridad que muchas veces se torna criminal”, sostienen.

Por ende, no alcanza con echarle la culpa a un Estado que no controla, ni a la levedad de la Justicia con los dramas viales. Para que las próximas generaciones tengan alguna posibilidad de ganar esta durísima batalla, el cambio debe empezar por cada uno.



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