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Un mal endémico


La muerte de Hermes Binner, médico y político que fuera intendente de Rosario, gobernador de la provincia de Santa Fe, diputado nacional y candidato a Presidente de la Nación, sirvió para recordar las virtudes humanas de este referente del socialismo argentino, pero también encendió alarmas sobre cómo una enfermedad marcó su debacle.

En pocos años, Binner pasó de una lucidez envidiable -de la que supo haber gala en discursos, entrevistas y debates hasta principios de la década pasada- a las primeras sombras del Alzheimer, que obligó a su internación en un establecimiento especializado en el que transcurrió sus últimos meses, entre pérdidas cognitivas severas y otras afecciones, como la neumonía aguda que terminó de apagar su vida.

Aunque tampoco tiene cura por el momento, el Alzheimer no mata a personas mayores en poco tiempo como COVID-19, ya que es un trastorno degenerativo progresivo. A medida que avanza, va provocando un grave deterioro de la memoria y el paciente va perdiendo la posibilidad de realizar sus tareas cotidianas.

No es una pandemia el Alzheimer; sin embargo, la OMS sí la considera una de las epidemias del siglo XXI, dado que cada tres segundos una persona es diagnosticada con esta enfermedad. Actualmente, constituye alrededor del 70 por ciento de los casos de demencia y afecta a uno de cada ocho adultos mayores en todo el planeta.

Haciendo una comparación odiosa -como todas las comparaciones-, el coronavirus produjo hasta ahora más de diez millones de contagios en el mundo, de los cuales 63 mil corresponden a la Argentina. En tanto, una proyección internacional calcula que el número global de pacientes de Alzheimer llegará a 74,7 millones en 2030 y a 131,5 millones en 2050. En nuestro país, se estima que son más de 500 mil las personas afectadas, y que en 2050 sumarán más de un millón.

Al contrario de COVID-19, el Alzheimer es de larga duración y empieza a producir daños cerebrales hasta dos décadas antes de que se manifiesten sus primeros síntomas. Es decir que Binner podría haber estado sufriéndolo, de forma incipiente, cuando apenas había pasado los 55 años.

La presentación típica tiene que ver con la pérdida de la memoria reciente, pero la evolución del Alzheimer hace que aparezcan otros síntomas mucho más graves, como las dificultades para moverse o para alimentarse. Por todo ello es considerada una “enfermedad familiar”, ya que muchas veces son los familiares los encargados de cuidar al paciente, lo cual supone un gran trabajo emocional y físico.

Las áreas sanitarias específicas deben brindar las herramientas para que los parientes o las personas a cargo puedan atravesar la enfermedad de la mejor manera posible (hay provincias que ya cuentan con “gimnasios cerebrales” que trabajan con adultos y realizan actividades con los familiares de pacientes con Alzheimer a través de “psicoeducaciones”). Pero, además, la trascendencia mundial adquirida por este mal obliga a proporcionar mayor información a la sociedad (si la gente sabe de qué se trata, direcciona la energía) y a buscar nuevas estrategias para abordar los distintos síntomas.



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