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“Heroína. La guerra gaucha” (fragmento)


I

Creo que fue después de ese sueño. Sí, ese sueño me traumó, como dijo el doctor. Ay, qué chongazo. Bueno, era lo del sueño. Tendría unos pocos años, viste. No sé, cinco… seis. Y viene a pasar que sueño que yo estaba recostada sobre la falda de Dorita. Ah, Dorita es mamá, anotate ese nombre porque es importante. Dios la tenga en su divina gloria. Pará, vos que venías acá a escuchar mi historia, ¿todo no escribas, eh? Mirá que hay cosas que no pueden salir de estas paredes. Bueno, sigo, ya sé. Estaba recostado en las faldas de Dorita, le digo así porque queda más serio, y entonces ella me acaricia la cara y de un momento a otro, viste que los sueños son así de turros, me veo dele chupar y chupar las tetas de Dorita. Y de golpe, no sólo las chupo, sino que las muerdo como una vampiresa enloquecida. La loba aúlla que te aúlla y yo le clavo todos los dientes en los pezones. Sangra la pobre Dorita, sangra. Pará, hijo de puta, grita. Y ahí me desperté. Ese sueño, un montón de veces lo tuve. Infinidad de noches. Y siempre le hacía mierda las tetas a Dorita y la peregrina meta lloriquear. Esa palabra me encanta, anotá eso. Lloriquear. Es monona. Suena raro. La escuché en una telenovela no sé si de Venezuela o de dónde mierda. La actriz principal, una yegua sufriente, le decía a la hermana: ¡No ioriquees! Viste que no dicen lloriquees, con la elle, así, remarcando como yo, alta princess que te clavo un yegua en cualquier lado. Como te decía, es que me voy por las ramas. Hay tanto para contar. Para mí ese sueño tiene algo que ver con esto que soy. Porque algo iba intuyendo de chica ya. Algo de lo que sería. Y también intuía que Dorita era la persona más triste del mundo. Es muy feo darte cuenta de tan chica de que tu mamá es infeliz. Lo corroboré cuando lo escuché al hijo de puta padre hablando con el doctor después de que la pobre santa se ahorcara, lo escuché decir… una cosa que ni te digo. Ni me hagas acordar. Un nudo acá se me hace. Sí, al pedo abrí la boca. Ahora querés saber. El morbo que le dicen, ¿no? Como las películas de terror: la rubia re divina. Vos la ves y pensás con esta me caso y le encajo cuatro pibes… vos pensás eso, claro. Bien, la rubiecita entangada, con una remera de esas de fútbol americano del machito, escucha un ruido en el sótano. Está sola. Vuelve a escuchar el ruido y de pronto, pum, se apaga la luz. La rubia meta buscar el botón de la luz. Nada. Oscuridad. Agarra una linterna y como es yegua tremenda pero no se come una, encara para las escaleras que van al sótano. Vos decís: ¡No, pelotuda; no, Jenny, no vayas a bajar! ¡¿Quién carajo baja a un sótano sola y a oscuras?! Y ahí va la rubia creisi, escalón a escalón, la enfocan de atrás: el culo firme, firme… Una vez abajo se escucha un forcejeo, la cámara enloquece y se ve una sombra que se abalanza y se le mete por la boca. Había una película, se llamaba El ente… por favor, era terrible. Mirá, se me pone la piel de gallina. Lo que le hacían los demonios esos a la pobre mujer. No sabés. Me fui. Después lo cortás si no queda. Sigo: te decía que el hijo de puta padre dijo que desde mi llegada al mundo, su mujer se había venido abajo. Que no me podía enderezar porque se daba cuenta cómo era el hijo. Y yo, la peor de todas: Dorita entraba a su pieza y yo en vez de agarrar los botines de trabajo del hijo de puta padre, meta entretenerme con unos tacos que había ahí. Destino de diosa tenía ya. Igual, Dorita era una aburrida. Una ropa espantosa tenía la cristiana. Después de la guerra gaucha yo pensé mucho en Dorita. En su vida, en lo poco que sabía de ella, porque nunca más volví a la casa esa. Cuando se mató yo era muy chica, imagínate. Eh, ¿para qué volver? Igual me enteré cosas de ella porque empecé a averiguar, no es que me dediqué de lleno a investigar su vida, pero algo encontré. ¿Qué sabían esos dos de la terrible Lady que se venía? No sabían nada. Igual, haya paz. A Dorita nunca le deseo el mal.

II

Son los chilenos. Esos chilenos de mierda. No me asombra que esos traidores de brazos cortos estén armando semejante lío. Siempre les tuve un odio terrible. Tranquilo, una princess como yo no se amotina por cualquier cosa, estos son rencores viejos. Igual, no son todos los que me molestan, el peor es el enano mierda ese, te juro que el día que lo crucé en la canchita de fútbol y lo reconocí, al toque lo fui a ver al Ciriaco para que me lo sirviera en bandeja. Me iba a salir un par de pijazos largos, gruesos y venosos, pero valía la pena con tal de ver al roñoso con el culo bien roto. El otro, el gordo tetas de grasa me hace subir la presión. Es asqueroso. Yo lo vi cagando. Transpiraba que daba miedo. Cada vez que apretaba los cantos, se le hinchaba la vena del cuello. Cerdo. ¿Vos podés creer? Se agarraba del inodoro y se le inflaban los músculos. Qué manera de desearle el mal. Me daba migrañas de tanto desearle una muerte dolorosa a ese indio. Qué vas a hacer, es así. Te dejó loca la guerra, Heroína, dice el pastorcito, con esa voz de pito que tiene. Yo le conté, creo, que me acuerdo de la Zulema cada tanto. La pobre vieja odiaba a toda la familia. Estuvo cuatro días tirada al lado del sillón. Se hizo bosta la cadera y quedó tiradita ahí. Muertita. Parece que como no la visitaban, nadie se dio cuenta de lo que le había pasado. Y así estuvo varios días la viejita. Después de muerta, le entraron unas hormigas medio voraces y se la comieron toda. Dicen que cuando llegaron los bomberos, la encontraron llena de hormigas. Por todos los agujeros le entraban y salían los bichos. Qué inmundicia. Allá no hubiese pasado eso. A la vieja se la hubieran morfado los soldados zombis. No, yo nunca estuve tan de acuerdo pero… pero había algunos que sí lo hacían. Le daban al diente que daba miedo. Es más, a veces, me parecía que estaban esperando que se la dieran al que tenían al lado para sacarse el hambre. ¿Conmigo? Yo era una privilegiada. A mí no me tocaban ni un pelo. En realidad, me tocaban bastante más que el pelo. Medio fue un sueño en algunas cosas, te digo. Nunca volví a sentirme tan codiciada. Acá dentro un poco, sí. Es más tranquilo esto. Más ordenado, digamos. Allá era la selva. Siempre dije que yo por la patria, puse hasta el culo.



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