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En la pobreza, doblemente oprimidas

Por: Heliana Guirado, periodista y licenciada en Comunicación Social


La ONU (Organización de las Naciones Unidas) da una definición completa acerca de lo que significa la pobreza, cuya aplicación global habla de que no "sólo se trata de una cuestión económica", sino que es "un fenómeno multidimensional que comprende también la falta de ingresos y de capacidades básicas para vivir con dignidad".

Este problema que afecta directamente a los derechos humanos de las personas, encuentra uno de sus orígenes en el Estado, estructura acompañada por sectores económicos, que tiene responsabilidad en la perpetuación de la pobreza a lo largo del tiempo. Por acción u omisión el Estado deja fuera del sistema a quienes viven en esta situación, creando una enorme contradicción al manifestar públicamente su intención de terminar con el flagelo.

Con este contexto como base, ¿es real que la situación de las mujeres es aún peor cuando su entorno es pobre? Sí. Según explica la ONU en su declaración de Principios Rectores sobre la extrema pobreza y los Derechos Humanos, ellas tienen mayores dificultades para acceder a bienes y servicios al igual que los adultos mayores, las niñas y niños, personas con discapacidad, personas que viven con VIH/SIDA, las minorías, refugiadxs y pueblos indígenas.

En todos los casos, los prejuicios y estereotipos son claves a la hora de entender por qué se discrimina a estos grupos.

Feminización de la pobreza

Este término comenzó a ser utilizado en la década del '70, y sigue vigente hasta hoy. Básicamente se trata de una expresión que sirve para describir el empobrecimiento material de las mujeres, que deriva en un empeoramiento de sus condiciones de vida debido a la vulneración de sus derechos.

A modo de ejemplo, se plantea una situación que se replica diariamente en Argentina y otros países:

Natalia tiene 14 años y vive con su familia compuesta por su papá, mamá y dos hermanos, uno de 16 años y otro de 3. La situación económica del grupo es pésima: ambos padres trabajan, pero en condiciones informales y el dinero que juntan alcanza apenas para comer lo que se pueda a lo largo del mes. 

La mamá de Natalia trabaja como empleada doméstica (según datos de ONU Mujeres, el porcentaje total de trabajadoras domésticas en el mundo es de 83%) en una casa y cobra 0 cada vez que la llaman para solicitar sus servicios. No hay horarios fijos ni seriedad por parte de sus "contratantes".
Teniendo en cuenta este panorama, la mujer decide hacer lo mismo en otras casas, pero le plantea a Natalia que debe cuidar a su hermano menor, ya que de otra manera sería imposible.

Por este motivo, la adolescente tiene que dejar el colegio, cuidar al menor y encargarse exclusivamente de la limpieza del hogar cuando su madre no está (ellas son las únicas que realizan esas tareas). Esto supondrá que le cueste mucho más retomar sus estudios teniendo en cuenta que la situación económica podría seguir igual. Así, en un futuro su exclusión del sistema educativo la condenará a no poder encontrar un trabajo calificado, ya que su tiempo se encuentra dedicado a las tareas domésticas. 

Se entiende que es un derecho de los menores el no verse obligados a dejar de estudiar para trabajar y en un mundo ideal, nadie debería dejar de hacerlo. Sin embargo, en muchos hogares la fuerte costumbre de designar responsabilidades dependiendo del sexo que tenga una persona, deriva en situaciones como la nombrada anteriormente.

Los estereotipos y prejuicios respecto de las niñas, adolescentes y mujeres derivan en prácticas culturales que las oprimen y ubican en un lugar de inferioridad, dejándolas como desmerecedoras de por ejemplo acceder a un título universitario, porque un sistema machista ya decidió cuál será su rol social.

En el caso de aquellas que viven otra realidad social y pudieron estudiar una carrera universitaria, esos mismos estereotipos serán los que jugarán un papel fundamental a la hora de reforzar los conocidos "techos de cristal" que les impedirán acceder a puestos jerárquicos. En cifras concretas, se muestra que en todo el mundo sólo un 24% de las mujeres ocupan lugares de alta dirección (ONU Mujeres).

Algunos datos a escala mundial

Fuente: ONU Mujeres (citas textuales).

• Sigue siendo desigual la participación de las mujeres en el mercado de trabajo con respecto a la de los hombres. En 2013, la relación entre hombres con empleo y población se ubicó en un 72,2 %, mientras que esa relación entre las mujeres fue del 47,1 %.

• En todo el mundo, las mujeres ganan menos que los hombres. En la mayoría de los países, las mujeres en promedio ganan sólo entre el 60 y el 75 % del salario de los hombres. 

• Las mujeres dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas; entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados (a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas), y entre 1 y 4 horas diarias menos a actividades de mercado.

• El aumento de la educación de las mujeres y las niñas contribuye a un mayor crecimiento económico.

Múltiples investigaciones demuestran que las mujeres pobres son doblemente oprimidas. Las dificultades que afrontan cuando necesitan de la protección de la Justicia para frenar esa opresión, es otro factor que las vuelve a discriminar.

Entendiendo a la problemática de la violencia de género como social y cultural, es imprescindible un cambio de paradigma, sobre el que se insiste continuamente. 

Los Estados son responsables de ejecutar políticas públicas y promover el desarrollo de las mismas en el sector privado, para garantizar a las mujeres la eliminación de prácticas discriminativas, la igualdad de oportunidades y la máxima protección de su integridad física y psicológica en un contexto hostil. Esto se podría comenzar a trabajar sólo teniendo a la perspectiva de género como elemento imprescindible en cada planificación.


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