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Al gran pueblo argentino, salud… y muchas gracias

Columna de Mario Brignole


En los momentos de crisis, se ve con claridad meridiana cómo somos en lo individual, pero también cómo somos como sociedad.

Confrontados a un desastre de proporciones bíblicas, aflora lo peor de nosotros, pero también se hace patente lo mejor que tenemos.

Como bien ha dicho el papa Francisco, de esto nadie se salva solo.

No alcanza con lo que hace cada uno, dependemos de la conducta colectiva para enfrentar esta plaga.

Los medios de comunicación social nos bombardean 24 horas con los efectos de la pandemia.

Los conductores de la TV se enfurecen con algunos irresponsables que no asumen la magnitud del problema; pero corremos el riesgo de ignorar algo mucho más valioso.

Somos 44 millones de argentinos en un país con profundas desigualdades sociales, con muchos hogares humildes donde no hay comida ni recursos para el día, donde no hay TV ni Netflix, ni patios para recrearse; y se escapa resaltar que la inmensa mayoría, más del 99%, pese la difícil situación económica, se mantienen firmes en su hogar, en una difícil cuarentena, aportando su granito de arena para salir de la situación.

Resaltar tanto a los pocos, inmensamente pocos irresponsables, puede llevarnos al error de no valorar que son eso mismo: unos pocos sin códigos sociales.

Irresponsables como los que vemos en los medios han existido y existirán siempre. Lo bueno es que son una ínfima minoría.

Que el árbol no tape el bosque.

Valoremos al gran pueblo argentino, que en condiciones muy duras, cumple su compromiso social y se queda en casa.

Después de décadas de divisiones (alentadas por medios de comunicación y partidos que han logrado resultados electorales con ello), la sociedad argentina nos está dando un ejemplo de civilidad, de cultura ciudadana, y la mayoría de sus dirigentes, un ejemplo de trabajo mancomunado. Aplausos para ellos.

Que ello por sí solo no soluciona la crisis, es verdad; pero ciertamente es un punto de partida para enfrentar con éxito esta crisis sanitaria; y, sobre todo, es el presupuesto de base para luego de la pandemia, reconstruir un país más justo e inclusivo.

Ya nadie discute la necesidad de un Estado fuerte: cuando las papas queman, sólo el Estado activo nos puede sacar de la crisis.

Queda claro que el “dios mercado” tiene en esta pandemia su certificado de defunción.-

Aún aquellos irresponsables que se iban de vacaciones en medio de la pandemia, cuando quedaron a merced del mercado, clamaron la ayuda de ese Estado, que muchos de ellos defenestraron durante años.

Y ni hablar del mañana, cuando haya que reconstruir la devastación económica que sobrevendrá sin duda alguna.

Otra vez, será el estado populista, el que tendrá que salvar a las empresas, inyectar dinero a la economía, auxiliar a los humildes y, sobre todo, y ahora sí o sí, invertir generosamente en fortalecer los sistemas de salud pública para evitar que esto se repita.

Para suerte nuestra, lo tenemos a Alberto de presidente.

Firme al timón de este barco en medio de esta tormenta, ha tenido la firmeza de tomar decisiones dolorosas y difíciles, de priorizar la vida por sobre el mercado liberal; y de poner castigo a los antisociales que propagan la pandemia, pero también para confrontar al empresariado que intenta lucrar en medio del apocalipsis.

Como responsable de gestionar mi patria chica, me toca a diario percibir la grandeza de mis vecinos, y las pequeñas miserias de algunos pocos.

Me siento bien, por la actitud y la acción de la Nación y la Provincia. Tanto Alberto como Gildo toman decisiones que ayudan a transitar estos momentos con mayor tranquilidad.

Los resultados están a la vista: mientras el mundo estalla, nuestra patria mantiene números bajos de infectados y, por ende, que la estructura sanitaria pueda ayudar; y en la patria chica, Gildo ha logrado que a la fecha no haya casos confirmados (que seguramente los habrá a mediano plazo) con una gestión firme y activa para potenciar el sistema sanitario.

Sí me preocupa un problema que no es menor: a diario, recibo pedidos de vecinos y presión de los medios para que cierre el ingreso de proveedores a la ciudad.

Me toca ver más allá del día a día, y aunque entiendo el miedo, se que el pánico es aun peor que el coronavirus.

Ya tenemos faltantes de provisiones en varios campos.

Hay 17.000 vecinos que cada día necesitan que las panaderías hagan el pan, que las carnicerías provean lo suyo y los supermercados y farmacias mantengan provisto el sistema. Sería infinitamente peor quedarnos sin los insumos básicos para nuestra comunidad, sobre todo por la probable extensión de la cuarentena, ya que de ocurrir, la gente no se quedará en sus casas sin comida, los enfermos sin sus remedios, los vehículos sin combustible.

Son momentos difíciles, y como líder comunitario debo equilibrar las decisiones, porque sino el remedio será peor que la enfermedad.

Que, como dice el refrán…en la cancha se ven los pingos.



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