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Ejes del bien



La relación entre Argentina y Chile es una larga historia de conflictos que nunca pierde actualidad. Prueba de ello es el choque de esta semana por declaraciones de la ministra de Seguridad de nuestro país, Patricia Bullrich, señalado la presencia de Hezbollah en la nación trasandina, declaraciones que provocaron un fuerte rechazo chileno y un posterior pedido de disculpas de la funcionaria argentina.

Claro que estos roces diplomáticos no son nada al lado de lo que se vivió en 1978, cuando ambos países estuvieron al borde de la guerra en el Canal de Beagle por una centenaria disputa territorial. El problema es que esta “mala onda” permanente pone trabas al impulso que deberían tener los corredores bioceánicos, entre ellos el Eje de Capricornio, que pasa por Formosa.

A pesar de estar sustentada en valores muy arraigados desde los tiempos independentistas, distintas circunstancias e intereses, entre ellos las discrepancias ideológicas, siguen conspirando contra la esencia integradora regional. Esto, sin embargo, no desanima a quienes suman desde visiones más abiertas, modernas y acordes con los respectivos orígenes.

La interconexión, vial, ferroviaria, energética, comercial, turística, social y hasta deportiva entre Argentina y Chile, reconoce una historia rica, esforzada, añeja e intensa, desde ambos flancos de la cadena montañosa. Con avances y retrocesos como el experimentado en estos días.

No tiene sentido fortalecer vínculos con los lejanos Estados Unidos e Israel, y a la vez pelearse con Chile, Bolivia, Colombia, Brasil y otros países hermanos, dándole la espalda a la asociatividad regional que hoy el mundo evidencia en todos los continentes, donde antiquísimas diferencias empiezan a ser superadas por visiones integradoras, a pesar de puntuales conflictos bélicos.

La relación argentino-chilena debería dar vuelta la página de los desencuentros y fortalecerse decididamente a partir de la concreción de proyectos como los corredores bioceánicos. En plural, sí, porque el que atraviesa suelo formoseño no es el único en carpeta (está, incluso, la idea de un gran corredor Atlántico-Pacífico entre los puertos de Santos y de Iquique, que pasaría arriba de Formosa, por fuera del territorio argentino).

Si bien algunos pueden ver con malos ojos la posibilidad de que haya varios corredores interoceánicos a nivel sudamericano -por egoísmo, por interés especulativo o por celos vecinales-, la verdad es que a mayor número de puntos de contacto, mayor integración.

Los argumentos en contra, portadores muchas veces de viejos resabios y de hipótesis de conflictos, pierden vigencia ante los avances culturales, sociales y económicos de las sociedades limítrofes regionales y de comunidades afines.

Insistimos, la Argentina no tiene que pelearse con Chile ni con ningún otro país sudamericano. Al contrario, debería tender puentes integradores de este a oeste y de sur a norte; puentes por encima -allá y aquí- de visiones sectoriales corporativas, de celos ínter provincianos o de difusas incompatibilidades en estas obras continentales.



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