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La pobreza sigue ganando terreno en nuestro país, y, dentro de ella, avanza la indigencia, su cara más dura.

Los siguientes datos ilustran sobre este verdadero drama social: cuatro de cada diez argentinos/as padecen necesidades básicas, y uno de esos cuatro no tiene ni para comer. Por si fuera poco, más de la mitad de las y los chicos está por debajo de la línea de pobreza.

El flagelo se extiende a lo largo y ancho del territorio nacional y tiene particular impacto en la región noreste, donde el Gran Resistencia (Chaco) se alza con los peores registros, pero donde también se ubican Formosa y sus carencias. Lo dijo sin vueltas el director de Cáritas Diocesana a La Mañana: “No damos abasto ante las necesidades de las familias que se acercan todos los días a pedir ayuda”.

Si analizamos el dramático mensaje que contienen las últimas cifras del INDEC (más de 18 millones de pobres) es necesario realizar algunas consideraciones. En primer término, que la pobreza sería muchísimo mayor si no fuera por los planes y las ayudas económicas que otorga el Estado.

En segundo lugar, que si no fuera por la Asignación Universal por Hijo (AUH), la cantidad de menores sumidos/as en la pobreza sería todavía más escandalosa. Tercero, aclarar que los registros dados a conocer esta semana se corresponden con una realidad social previa a la devaluación reciente, que agravó la crisis al encarecer la canasta básica de alimentos.

Haciendo foco en la población infantil debemos señalar que la AUH, creada en su momento con el fin de disminuir la pobreza, no ha logrado ni siquiera frenarla. Este es el primer mensaje que la sociedad en su conjunto, no sólo las autoridades y la dirigencia política, debería saber leer.

El segundo mensaje, por lógica, es que se requiere un abanico de políticas que no se centren en la mera transferencia de dinero, sino que apunten a cuestiones estructurales relacionadas con el hábitat, por ejemplo, junto con otras que, centradas en lo educativo y lo laboral, se proyecten al mediano plazo y se pregunten por el futuro de estos niños, niñas y adolescentes. Porque estamos frente a una pobreza que limita las posibilidades de acceder y permanecer en el sistema educativo; y sin una educación básica, es imposible acceder hoy a casi cualquier puesto de trabajo.

Vienen entonces las preguntas: ¿cómo harán para sobrevivir, en pocos años más, quienes atraviesen la barrera de los 18, sin educación, sin trabajo y ya sin el beneficio de la AUH? ¿Dónde, si no entre las y los adolescentes pobres, se ha multiplicado en los últimos años el fenómeno de los “ni-ni”, es decir, los/as que ni estudian ni trabajan? ¿Dónde, si no entre las jovencitas pobres, se ha multiplicado en los últimos años el fenómeno del embarazo adolescente?

Finalmente, ¿qué futuro productivo le espera a la Argentina dentro de unos pocos años si un segmento importante y cada vez mayor de su población económicamente activa no puede acceder al mercado del trabajo por falta de preparación?

El tejido social de la Argentina está hecho jirones. Y, lo peor, puede llegar a sufrir más daños si no se acierta pronto con políticas para reconstituirlo.



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