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Terca esperanza



Siendo arzobispo de Buenos Aires, el actual Papa Francisco dejó una frase que debería ser tenida en cuenta cada vez que autoridades públicas y sindicalistas entran en conflicto. “Donde hay un chico que va a la escuela hay una terca esperanza”, dijo el por entonces cardenal Jorge Bergoglio.

Valorar el sentido de esa esperanza es, hoy, más necesario que nunca frente a las inquietantes señales negativas de la realidad económica y social, y, especialmente, en vísperas del paro convocado en Formosa por un sector gremial docente en reclamo de mejoras salariales y una Ley de Paritarias provincial.

La situación, en un mes electoral, es ciertamente preocupante, por los intereses políticos en juego, pero también por datos objetivos de la realidad, como el hecho de que muchos trabajadores/as de la educación (“más de la mitad”, según la agremiación Voz Docente) perciben sueldos por debajo de la línea de pobreza.

Una medida de fuerza extrema como la anunciada, implicará otro día de clases perdido (al menos para aquellos estudiantes cuyos docentes adhieran) en el actual ciclo lectivo. Y decimos “otro” no porque haya habido un paro anterior este año, sino por la cantidad de horas que de por sí se vienen tirando por la borda entre feriados “puente”, asuetos, jornadas especiales y celebraciones por duplicado.

La semana anterior, sin ir más lejos, fueron sólo dos días a la escuela, pues el 23 de Mayo los trabajadores de la educación festejaron un nuevo aniversario de la Marcha Blanca, el 25 fue feriado nacional y el 26 un descanso para “favorecer el turismo”.

En este contexto, la falta de diálogo resulta inquietante, ya que muchos niños, niñas y adolescentes corren el riesgo de ver reducido nuevamente el tiempo de clases. El problema no atañe sólo a Formosa; muchas jurisdicciones pierden anualmente muchas horas de sus períodos escolares por distintos motivos. Y, lo más grave, pocas veces los intentos de compensar esas pérdidas dan resultado. En algunos casos se ha probado con utilizar el tiempo de vacaciones para dar clases complementarias, pero es muy difícil otorgarles a estos períodos extraordinarios las características deseables de continuidad y aceptación interior que son propias de los tiempos normales de actividad escolar.

En Formosa al menos, los paros docentes no son acatados de manera masiva. De igual manera ponen a la vista situaciones de disconformidad que deberían ser revisadas para que las y los alumnos afectados, por más limitado que sea su número, no sumen desventajas en el proceso enseñanza-aprendizaje con relación a pares cuyos maestros/as no adhieren a dichas protestas.

Autoridades y gremios autodenominados “combativos” deberían buscar alternativas de acción que no dejen a los niños/as sin clases ni les hagan perder tiempos fundamentales, que no se recuperan fácilmente.

La esperanza a la cual aludiera Bergoglio no puede desfallecer. El encuentro cara a cara entre maestros y estudiantes libera y engrandece, aunque los signos de la realidad sometan a menudo a la educación a difíciles pruebas.



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