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ORLANDO VAN BREDAM

“Hay que poner piedad al mundo, porque está en llaga viva”



Por Héctor Washington

El docente y escritor Orlando Van Bredam brindó algunas precisiones acerca de las circunstancias que traza la pandemia a nivel social y además ponderó el ejercicio de la escritura como terapia de sanación ante los embates emocionales que suponen los acontecimientos presentes. En este sentido, graficó: “La literatura es una terapia, porque lo que se escribe y lo que se habla es una forma de sanación. Yo toda la vida he dado talleres literarios y me encontraba con mucha gente que llegaba por recomendación del psicólogo o los amigos. Y contar una historia, confesar un delito, es también una forma de sanación. Hay un personaje de Dostoyevski que cuando puede contarle a la Policía lo que hizo, alcanza a curarse, aunque va preso. Si contamos lo que nos está pasando, tal vez ayudemos y colaboremos para nosotros y para los demás”, aseguró, además de enfocarse en las nuevas herramientas de comunicación que suponen las redes sociales: “La gente necesita decir: narraciones, anécdotas, pequeños relatos, poemas, la forma que le quiera dar. Nosotros podemos leer hoy en los posteos de Facebook, por ejemplo, que la gente escribe lo que siente. Es una época confesional a través de los medios con que contamos, que son hermosos porque permiten hacer esas confesiones. Las redes sociales hacen que todo esté ahí: está el amor, el odio, la piedad… todos los sentimientos humanos están en Facebook. Lo digo porque es el más completo, están también los otros. Yo trato de escribir siempre posteos amables. Si vamos a hablar de un tema complicado, hagámoslo con un poco de humor. Hay que poner piedad al mundo, porque está en llaga viva”.

Desde la localidad de El Colorado, donde pasa sus días, pondera la necesidad del encuentro con uno mismo desde la lectura y la escritura: “Yo me he sumergido gracias a esta desgraciada pandemia y nunca he escrito tanto ni he leído tanto. No siento tanto el aislamiento. Aquí, en El Colorado, salgo muy poco, nada más que para lo necesario. Pero no me siento aislado del mundo. Escribir es pensar el mundo también”; y apunta a la necesidad del cuidado y el respeto por las normas sanitarias, más allá de la fe: “Confiemos en lo que sabemos y además en la fe. Pero no en la fe o en la ciencia en el sentido absoluto. La ciencia sin Dios es un acto de soberbia humana, diría yo. Y a su vez, la fe sin la inteligencia humana es una tontería. Entonces yo trato de equilibrar las cosas a veces en este momento. El barbijo ya es un icono del cuidado. No sé si cuida o no, pero es un modo de decirle al otro: ‘Me cuido y te cuido’”.

En tanto, reflexionó acerca de los efectos psicológicos que la nueva normalidad va trazando en una pequeña comunidad como Formosa, además de las tensiones que despierta la dualidad individuo/Estado: “Muchas veces hay una autocensura, una censura social. La gente no quiere saber que el vecino tiene el problema y a su vez quiere saberlo. Es una cuestión un tanto morbosa. El Estado da nombres y no da apellidos. Pero después en Facebook sabemos todo: quiénes son y qué les pasó. Entonces toda esta extraña forma de discusión entre el yo -entre el individuo- y el Estado plantea tensiones, hay tensiones entre el individuo y el Estado. Cualquier política que adopta el Estado siempre va a ser mala para el individuo. Si libera mucho, está mal; pero si ajusta mucho, está mal también. Queremos la libertad pero a su vez queremos, por una cuestión psicológica y familiar, que nos pongan límites. Entonces ese equilibrio entre el límite y la libertad es lo que está en juego en estos días. Yo lo hablo objetivamente, sin intereses políticos, porque cuando mezclamos los intereses y las conveniencias políticas, todo se pudre”, aseguró.

En cuanto a la tarea de escribir como recurso terapéutico aprovechando el tiempo libre y la posibilidad de explorar las nuevas circunstancias que nos rodean, Van Bredam recomiendó: “No se trata necesariamente de estar ligado al mundo de la literatura, se trata de contar lo que necesitás contar. Yo creo que se escribe bien cuando se escribe desde el corazón, con las palabras necesarias, sin alambicamiento, de la manera más directa, como si estuviéramos contándole la historia a un amigo, a una amiga, a un familiar, a un hijo lejano… Yo me imagino una carta. Si tu­viera que escribir una carta, le escribiría una carta al futuro, le contaría lo que estamos pasando justamente. Yo estoy trabajando en Literatura Europea con mis alumnos las pestes. Siempre existieron las epidemias. Entonces buscamos textos literarios en los que se habla de la peste. Y como en cada época de la humanidad Europa superó esas pestes, es un consuelo”. Y agregó: “Yo dicté talleres toda mi vida. Y siempre digo: ‘¿Cómo le contarían esto a su mejor amigo?’, ‘¿Có­mo le contarían que su mujer es in­fiel?’, ‘¿Por dónde em­pezarían?’. Yo creo que la gente tiene que contar, porque contar es fácil, es lo que hacemos todo el tiempo. No se necesitan herra-mientas literarias para contar. Todo el tiempo estamos contando: el niño que cuenta y de­lata a su compañerito ante la maestra, por ejemplo. Tiene que ser sencilla y progresiva la historia, de­jar lo me­jor para el final pe­ro al principio tratar de interesar”, finalizó.



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