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Una familia unida por el amor a su tierra convirtió una chacra en una finca que atrae a viajeros por su belleza

Se llama "Doña Carmen" y está ubicada a la vera de la ruta provincial 2. Un bello parquizado encierra una historia familiar de generaciones de trabajo duro


Por Valeria Díaz de Vivar -periodista-Gustavo Aguirre -reportero gráfico-. Padres, hijos, nietos y bisnietos, cuatro generaciones de una familia que es ejemplo de trabajo duro y por sus valores. A la vera de la ruta provincial Nº 2, a pocos kilómetros del empalme con la ruta nacional 86, es imposible que pase desapercibida una preciosa finca, apodada "Doña Carmen".En un entorno rodeado de naturaleza y tranquilidad, en el año 1963, la familia Chaparro/Pietkiewicz sentó las bases que marcarían a generaciones.Uno de sus 9 hijos, Hilario, es el dueño actual, junto a su esposa. Hilario Chaparro nació el 13 de octubre de 1948 en Laguna Blanca. Su padre del corazón se llama Segismundo Pietkiewicz, de origen polaco. Su madre se llamaba Carmen Chaparro y era paraguaya.Realizó la primaria en la Escuela Nacional Nº 22 (hoy Escuela de Frontera Nº 6), en Laguna Blanca. Luego comenzó a trabajar en la producción con su padre.En el año 1963 se mudaron a un campo que en el '99 fue bautizado "Finca Doña Carmen", en honor a su madre.Nidia Alicia Caballero, su esposa, es de Laguna Naineck. Se conocieron en la cancha de una iglesia, mientras jugaban un partido de voley, hace 48 años. Ella tenía 19 y cursaba la carrera de Ingeniería Agrónoma; él, 22 y trabajaba en la producción en su chacra.Dos años después se casaron. Fruto de esa unión nacieron 4 hijos: Hilario Guido, Rodrigo Gabriel, Claudia Mabel y Alicia Itatí. Tienen tres nietos: César Ignacio Francisco, Gerónimo Gabriel y Clara Agostina. Trabajo duro Hilario recuerda que en los primeros tiempos de la finca, todo el trabajo era "a pulmón", con tracción a sangre, mediante la utilización de mulas y caballos. "Mi padre, de origen polaco, era muy trabajador, progresista y emprendedor, así como mi madre. No había descanso, la meta era salir adelante. Al conseguir un préstamo, papá logró comprar un tractor y ahí cambió el trabajo. Ya no era tan pesado, pero de todas maneras nos esforzábamos de sol a sol", relató.Cuando se casaron Nidia e Hilario, además de trabajar en la producción, gestaron un sueño: que la finca sea un lugar hermoso, digno de admiración.Su esposa se recibió de Agrotécnica y consiguió trabajo. Hilario continuó en la producción. Así sacaron adelante a su familia. "Antes de tener el asfalto, la vida era mucho más difícil. Se inundaba un gran tramo con las lluvias y las complicaciones eran muchas. Es notorio el gran cambio que experimentó la provincia en los últimos años", recordó la pareja."Con el paso de los años, mis suegros se pusieron más grandes y tenían muchos problemas de salud. Años después, Doña Carmen falleció y los hermanos se pusieron de acuerdo para vender la chacra, pero Hilario no quiso desprenderse de ese suelo que tanto trabajó y de todos los recuerdos que encierra, así que les compró su parte", contó Nidia.Además de su trabajo como productor, Hilario cumplió funciones en el Instituto de Comunidades Aborígenes -ICA-.El matrimonio Chaparro comentó que en la actualidad, a pesar de que Hilario ya no trabaja por problemas de salud, producen 8 hectáreas de banana, 400 plantas de una variedad de mango "tommy atkin", varias hectáreas de mandioca y maíz.Hace 20 años que compró la finca, lo que coincidió con la jubilación de su esposa. Así que juntos aprovecharon ese tiempo libre para cumplir su sueño de convertirla en un paseo hermoso, lleno de flores y árboles frutales. Un espacio de reunión familiarMás allá de que cada uno de sus hijos formó su propia vida, trabaja y vive en Formosa capital, los domingos son de reunión familiar. "Nuestros hijos vienen casi todos los fines de semana para disfrutar del lugar y de la compañía. El canto de los pájaros, el sonido de las hojas al moverse, el aire que se respira, es un imán para todos los que crecimos en esta tierra... No hay mejor manera de descontracturarse", expresaron.El deseo de Hilario y Nidia es que la finca permanezca en la familia por muchas generaciones más. Es una herencia de mucho trabajo, que viene de los abuelos, que les ofrece un espacio para encontrarse con uno mismo. Cada uno de esos árboles es testigo de miles de anécdotas de la familia: de risas, de llantos, de emociones humanas que perdurarán en el tiempo.


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