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Sociedad dual



Cuesta creerlo, sobre todo a más de mil kilómetros de distancia. Cuesta creer que el debate educativo más importante pase en estos momentos por la toma de colegios en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Un conflicto que, además del evidente trasfondo político, de última tiene que ver -en parte- con la comida que se sirve en las escuelas de la jurisdicción más rica del país que con la educación propiamente dicha.

La etapa democrática que felizmente venimos atravesando sin interrupciones no se distingue sin embargo por la estabilidad de las políticas públicas. Un derrotero plagado de urgencias y crisis nos acostumbró a un horizonte breve y a un pragmatismo complaciente, en medio de una enorme volatilidad.

Hace poco más de un lustro se lanzó el programa Argentina 2030. Proponía un paréntesis en ese vaivén frenético, para construir una visión plural y compartida del desarrollo del país a mediano plazo, a través de mecanismos de construcción institucional de consensos y diálogo iterado entre la sociedad y el gobierno.

Una idea inspirada en ejercicios similares que ya son comunes en la mayoría de las naciones desarrolladas y, crecientemente, en el mundo en desarrollo.

Para 2017, el programa tenía previsto centrarse en cuatro ejes esenciales: bienestar social (atención y reducción de la pobreza y la marginalidad, y movilidad social); desarrollo sostenible; ciencia, tecnología e innovación; y educación y trabajo.

Poco o nada se ha avanzado en dichas temáticas, por lo cual queremos hacer hincapié hoy en la cuarta: pensar la educación y el trabajo para el futuro, partiendo de algunas preguntas; ¿Cómo mejorar la calidad de la educación? ¿Cómo actualizar el modelo educativo y recuperar su rol de herramienta de movilidad social? ¿Cómo educar para el trabajo en virtud de las transformaciones en el mundo del empleo y las nuevas modalidades laborales? Inquietudes que van al meollo de la problemática educativa.

El diagnóstico es harto conocido: nuestro sistema de enseñanza tiene fuertes déficits de cobertura en niveles pre-primario y secundario, con altas tasas de deserción. Los resultados de pruebas estandarizadas nos ubican en posiciones muy rezagadas en términos de calidad, perdiendo terreno incluso con países vecinos. Con el agravante de que tanto la calidad como la cobertura muestran altos niveles de desigualdad regionales y económicos, en el marco de una deficiente asignación de recursos (escuelas públicas pobres que reciben proporcionalmente menos recursos que las públicas ricas y las privadas) y una creciente segmentación social (los pobres a la pública y los alumnos/as de familias con recursos a la privada) que reproduce la desigualdad de origen y conspira contra el ideal de la educación pública como igualador social.

Resulta urgente corregir esta situación porque de lo contrario el actual conflicto porteño será insignificante al lado del cuadro que podría presentarse en el resto del país, donde miles de escuelas ya dan prioridad a sus comedores antes que a la educación, abonando el riesgo de una sociedad dual, empobrecida y crecientemente injusta.



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