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Señales inequívocas



Todos los días se producen señales inequívocas de que las mujeres tienen todavía una larga lucha por delante para erradicar la violencia patriarcal que sufren.

A pesar de los avances ciertos logrados en los últimos años, la igualdad de género se ve todavía como una meta lejana cuando aparecen episodios aberrantes como el sucedido el fin de semana en un partido de la tercera división de la Liga Regional de Fútbol del partido bonaerense de Tres Arroyos.

La cobarde y traicionera agresión de un jugador a la árbitra Dalma Magali Cortaldi, a plena luz del día, a la vista del resto de las y los protagonistas del espectáculo (futbolistas y juezas de línea), policías, periodistas y público espectador -según las imágenes del video que tuvo amplia repercusión- pareciera haber trascendido todos los límites. Sin embargo, basta detenerse a pensar un segundo para tomar dimensión del infierno que viven aquellas mujeres que padecen violencia de género dentro de las pareces del hogar o encerradas en sus lugares de trabajo con “jefes” que las abusan y las silencian.

Y hablando de señales inequívocas de las trabas que encuentran en su camino los derechos femeninos no podemos dejar de mencionar, en el plano local, la flaca atención que suelen recibir algunas denuncias, tanto de parte de autoridades ejecutivas competentes, como de policías y de algunos jueces. Por lo general, a la mujer le cuesta más todo, desde que le crean la situación de violencia doméstica o laboral que atraviesa, hasta lograr una sentencia justa, pasando por las dificultades para mantenerse a salvo del agresor.

Como sociedad nos espanta el horror del femicidio, accionamos y salimos a la calle -aunque no todavía en forma masiva- a visibilizar y denunciar bajo la consigna: basta de violencia machista. No obstante debemos preguntarnos: ¿cómo llegamos a tamaño despropósito como el ocurrido en esa cancha de fútbol? ¿Por qué muchas denuncias de mujeres quedan en la nada y nadie hace nada, valga la redundancia? ¿De qué manera como sociedad estamos sosteniendo o incluso hasta, a veces, avalando las dinámicas vinculares que luego se traducen en violencias? ¿Qué papel juega el Estado en todo esto, cuando hay funcionarios denunciados?

Si bien no hay recetas, es imprescindible elaborar preguntas para problematizar acerca de aquello naturalizado que lastima. Las violencias que se descargan sobre las mujeres son producto de desigualdades históricas, de injusticias sociales y estructurales construidas por un sistema patriarcal difícil -aunque no imposible- de cambiar. Un sistema que se produce y se reproduce en las diferentes esferas de la vida social, política, económica y cultural.

Por ende, no basta simplemente con atacarlo desde políticas públicas con eje en derechos humanos, perspectiva de género y diversidad sexual. Es preciso pensar el tema como una problemática social compleja que requiere abordaje integral, en la que se hacen urgentes acciones de contención y asistencia, herramientas de prevención, recursos para investigación y continuidad en los procesos de aplicación de las políticas de Estado.



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