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Golpe de timón



No es ningún secreto que la Argentina sufre desde hace unos años un éxodo importante de personas que no encuentran futuro en el país. La interminable serie encadenada de crisis económicas y de otro tipo hace que hijos, hijas y hasta familias enteras se marchen en búsqueda de nuevos horizontes; fenómeno perfectamente palpable hoy en nuestra Formosa, donde también muchos hogares se están despoblando, sobre todo, de gente joven.

Esta emigración duele en general pero preocupa en especial por la inteligencia que se va perdiendo. La Radio y Televisión de Suiza alertó en estos días sobre “una fuga de cerebros sin precedentes” en la Argentina. El informe señala como causas “la falta de perspectivas, los salarios en constante caída ante la inflación, la inseguridad…”.

Entre los testimonios que recoge el trabajo audiovisual se encuentra el de un chico que hace alusión a un supuesto “nuevo dicho” entre la juventud argentina: “La única salida es Ezeiza”. No es una frase nueva por cierto; tiene por lo menos medio siglo. Lo impactante es que vuelva a estar en boca de profesionales jóvenes y altamente especializados.

La producción suiza señala que “200 argentinos dejan el país diariamente”, y que a partir de este hecho “varias empresas se han creado con el objetivo de asesorar a quienes buscan una oportunidad afuera”. Una de ellas realiza una cruda comparación: en la crisis de 2001, quienes querían irse eran personas desesperadas, hoy, más que nada son profesionales, formados.

Sea de la magnitud que fuere, la “fuga de cerebros” existe y pone en riesgo el futuro de la Argentina. La medida del desarrollo científico es, en la mayoría de los casos, la medida de un país.

Inútil es declamar -generalmente con fines electoralistas- la importancia de la ciencia si al mismo tiempo no se toma en serio la tarea de planificar y trazar líneas de política científica que contemplen las necesidades reales de la Nación. Inútil es repatriar “cerebros” brillantes -como se ha intentado esporádicamente- si éstos no van a ser insertados en un esquema que tenga sentido para la comunidad -que, en definitiva, es la que paga los sueldos públicos-, o no van a ser retenidos, o no se va a trabajar decididamente para evitar que nuevos “cerebros” se fuguen.

Los institutos públicos y privados de ciencia y tecnología de la Argentina demuestran, periódicamente, que el país cuenta con un importante capital de conocimientos, capaz de generar emprendimientos de excelencia. El acervo de este campo es, básicamente, producto de las inversiones realizadas hace décadas. Ese proceso generó una inercia que ha contribuido a mantener la transmisión de saberes y a mantener muchos proyectos en marcha, aun a pesar del desfinanciamiento y las bajas remuneraciones.

Hoy, lamentablemente, el sector vuelve a experimentar la pérdida de talentos que emigran y el deterioro de su capital de trabajo. La sangría no se detendrá si no media un golpe de timón que vuelva a poner a la ciencia en un lugar preponderante. De lo contrario, el país irá perdiendo capacidades y los logros científicos serán cada vez más débiles y esporádicos.



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