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Turismo embrionario



La inminente apertura del principal paso fronterizo entre Formosa y Paraguay forma parte de un largo proceso de flexibilización de las medidas sanitarias adoptadas oportunamente con motivo de la pandemia de coronavirus. La “nueva normalidad” -si es que así puede ser llamada sin caer en el peligro del autoengaño que nos haga volver inconscientemente a la realidad previa al COVID-19- despierta entusiasmo en varios sectores económicos, entre otros el turismo, fuente aún no explotada por nuestra provincia en la medida de las posibilidades.

Abrir las puertas de Formosa a vecinos paraguayos en Clorinda, como ya se ha hecho sobre el río Bermejo y en la Línea Barilari, le vendría muy bien al castigado comercio formoseño en general. Pero hoy nos interesa hacer hincapié en el aspecto turístico propiamente dicho, que en la provincia atraviesa una situación todavía más desoladora de lo que ha sido el panorama nacional el último año y medio.

Por culpa del coronavirus, el sector turístico en la Argentina atravesó la crisis más profunda de su historia, devastando empleos y economías en cada punto del país. A la frustración de ver destinos cerrados, aviones en tierra, hoteles y restaurantes con actividad nula, se sumó la impotencia de convivir con el cierre de fronteras, externas e internas (los límites provinciales se convirtieron en eso) que atentó contra la supervivencia de esta industria vital.

Lo de Formosa es un caso aparte, no porque nos haya ido mejor sino porque la actividad turística en nuestra provincia sigue en estado embrionario, y no por culpa de un virus en particular. De hecho, el turismo local ya era imperceptible antes de la pandemia. Pero lo que más preocupa es la indefinición de una política que rescate a la actividad de esa postración. Esto se volvió a percibir recientemente, durante el último fin de semana extralargo, cuando nuestros bellos paisajes ni figuraron en el mapa de la reactivación que se dio a nivel nacional.

El turismo es mucho más que una “fábrica sin chimeneas” que complementa a otros quehaceres; hoy es, en todo el mundo, una actividad central e irreemplazable en términos económicos. Una vez que se superen las últimas restricciones a la libre movilidad de las personas, Formosa necesita poner en marcha políticas proactivas en esta materia. Después de décadas de intrascendencia, el desafío de las nuevas autoridades del área es comenzar a jugar en las grandes ligas. No compitiendo con destinos con los que no nos podemos comparar, sino poniendo en valor nuestros recursos naturales, ideales para el turismo de estancia, las actividades de aventura, el avistaje de aves, la navegación de ríos, riachos, bañados y lagunas, la pesca recreativa; en fin, el solaz en su máxima expresión.

No podemos ni debemos conformarnos con repetir eslóganes como “Formosa hermosa” o “el Imperio del Verde”. No alcanza con eso; debemos trabajar para que personas foráneas se sientan atraídas por nuestra exuberante geografía. Si desde hace años hay un Ministerio competente, es tiempo de sacarlo de su prolongado letargo y ponerlo a la altura de las circunstancias.



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