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Doble fin



Entre tantos problemas de orden global, la obsolescencia programada de los equipos tecnológicos -que acelera su renovación- ha venido a agregar uno relativamente nuevo: la generación vertiginosa de desechos electrónicos.

Miles de toneladas de dispositivos en desuso marchan a la basura cada día en todo el mundo, agravando la situación de un medio ambiente que, en líneas generales, no soporta más deterioro.

Existen, en la Argentina, comunas que trabajan en el reciclado y/o procesamiento de esos componentes electrónicos. La Municipalidad de Córdoba, por ejemplo, lanzó en 2013 un sistema de recolección que dispone de varios puntos de recepción, y desde entonces lleva colectados cientos de kilos de residuos tecnológicos (el 80 por ciento aparatos y el 20 por ciento pilas y baterías).

Según datos de la Subsecretaría de Ambiente municipal de la capital mediterránea, sobre el tipo de equipos que se arrojan, el 65 por ciento corresponde a computadoras y sus periféricos. La otra categoría con alta incidencia es la de los teléfonos celulares.

Lo interesante de la experiencia cordobesa es todo lo que se puede generar a partir de la basura electrónica. Los desechos son procesados por una operadora habilitada para el desarme y la recuperación de piezas. Lo que no se puede recuperar -como las pilas y las baterías- recibe el mismo tratamiento, que consiste en la inertización con tachos y cemento.

Pero hay más: las plaquetas se envían a Europa para la recuperación de los metales preciosos. Por cada tonelada de celulares en desuso se pueden recuperar 300 gramos de oro.

No obstante el mencionado sistema de recolección, en Córdoba se recupera apenas el uno por ciento de los miles de toneladas de basura electrónica que se generan anualmente. ¿Dónde van a parar los demás residuos? Muchos se acumulan largo tiempo en cada casa, y muchos más terminan en vaciaderos clandestinos, dañando el ambiente.

Un televisor de tubo de vidrio tecnología CRT puede contaminar 80 mil litros de agua. Una pequeña pila de mercurio, de las que utilizan los relojes, hasta 600 mil litros. Por eso, los denominados “residuos de artefactos eléctricos y electrónicos” (Raee) están considerados dentro de la categoría de desechos peligrosos y necesitan ser gestionados de manera correcta para evitar que perjudiquen nuestro hábitat.

Así como algunos municipios se ocupan de la problemática, hay en la Argentina PyMEs que trabajan recuperando y proveyendo las partes recicladas a industrias metalmecánicas y plásticas. Se trata, en algunos casos, de proyectos familiares, siempre bajo la premisa de ayudar a combatir la contaminación ambiental.

Un municipio por sí solo no tiene la capacidad de gestionar estos residuos que tienen componentes peligrosos que deben tratarse de manera particular. Por eso, el trabajo debe arrancar con campañas de difusión y charlas de concienciación en las escuelas.

De una mayor conciencia ecológica dependerá que este tipo de emprendimientos crezcan en el país. La retribución vendrá por el lado ambiental, pero también en términos sociales, porque son fuentes de trabajo.



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