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IMALAQ, COMPAÑÍA DE DANZA

La Matria Argentina



Por Héctor Washington

“Hicieron historia. Igual que muchos hombres. Pero a ellas se les mezquinó la memoria de sus actos. Estuvieron a la altura de una revolución que luego las arrumbó en un costado. Mujeres valientes, arriesgadas, audaces, capaces de ir contra lo que su época decía que había que hacer. Necesitamos desempolvar la historia de manual que nos contaron, y socializar de una vez y para siempre las vidas de estas mujeres-símbolo, comprometidas con su tiempo y la identidad nacional”.

La propuesta nace de la mano de Imalaq, Compañía de Danza, que el pasado 9 de Julio se propuso revalorizar la figura de la mujer en tiempos de la Revolución, cuando la Independencia nacional estaba en sus albores. En sintonía también con el reciente Día de las Heroínas y Mártires de la Independencia de América, el pasado 12 de julio, en honor a la Teniente Coronel Juana Azurduy de Padilla, nacida el 12 de julio de 1780, la propuesta cobra aun mayor relevancia y trascendencia histórica en una coyuntura social y cultural que nos interpela de forma permanente.

En vista de que las actuales condiciones sanitarias no son propicias para llevar a cabo (determinados) espectáculos públicos, el grupo encaró la propuesta con una muestra fotográfica en sus redes sociales, con breves reseñas que destacan en esta ocasión a cuatro mujeres que han tenido un papel preponderante en la historia nacional: Manuela Pedraza (1780-1850), Martina Chapanay (1800-1887), Mariquita Sánchez de Thompson (1786-1868) y María Remedios Del Valle (1766 ó 1767-1847), personificadas respectivamente por Ady Martínez, Julieta Zanin, Cristabel Forte y Mariana Ríos. En tanto, el arte fotográfico estuvo a cargo de Belinda Martínez Vivero.

Como material bibliográfico de consulta, el grupo tuvo como base “Mujeres insolentes de la historia” I y II, que el historiador argentino Felipe Pigna editara en 2018 y en el que asegura: “La historia de estas mujeres que tanto han hecho para que la prepotencia no triunfe, que han aportado al progreso de la humanidad, no suele ser destacada, sino más bien puesta en segundo plano, como una subhistoria, una ‘historia de mujeres’ con el tono despectivo que siguen profiriendo ciertos sectores influyentes en la educación y la información”.

La profesora Florencia Leyes, directora de la Compañía de Danza Imalaq, dialogó con Cronopio y reflexionó acerca de la necesidad de remover el velo de la historia oficial para reconocer muchas de las líneas que no han sido escritas acerca de estas mujeres que han forjado también nuestra historia como Nación, como Pueblo, como Matria Argentina.


Detrás de escena:

- Dirección de Arte y Vestuario: Florencia Leyes.
- Fotografía y Edición: Belinda Martínez Vivero.
- Asistente de Fotografía: Ángeles Salas.

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MANUELA PEDRAZA

“Por aquellos días de agosto de 1806, las calles de Buenos Aires, capital del virreinato, ardían. Había que echar a los invasores ingleses y los porteños recurrían a todo lo que tenían a su alcance para conseguirlo: y también a las balas. Las mujeres del pueblo participaban en la defensa de la ciudad, luchando a la par de los hombres con idéntico fervor y heroísmo. Fue así por lo menos para Manuela la Tucumana, o Manuela Pedraza, como también se la conoce, cuyo coraje fue tal que su nombre y hazañas quedaron registrados en los partes oficiales. Aunque no hay datos precisos, las crónicas dicen que Manuela había nacido en la provincia de Tucumán y que estaba casada con un cabo, quien participaba de los combates por la reconquista. Tres días en los que se batalló sin parar para bajar la bandera británica, que ya flameaba en el fuerte de la ciudad, y echar a los usurpadores. En una de esas jornadas, más exactamente la del 10 de agosto, se combatía en la Plaza Mayor (la actual Plaza de Mayo). El batallón de Patricios al mando de Liniers luchaba allí a todo o nada para llegar a la Fortaleza (hoy la Casa Rosada), donde estaban atrincherados los ingleses. El marido de Manuela, que como dijimos antes era soldado, se marchaba para ese ‘frente’, es decir, a la plaza, el lugar de mayor peligro, cuando su mujer, la Tucumana, sin acobardarse por el fuego de metralla del enemigo, decidió acompañarlo para sumarse a la lucha. En los combates del 11 de agosto, el cabo fue fatalmente herido por el disparo de un soldado británico. A Manuela, que había presenciado todo, las lágrimas le atenazaron la garganta. Sin embargo, más decidida que nunca a vencer o morir por la patria, tomó el fusil que había dejado caer su marido y luchó cuerpo a cuerpo con el soldado que la había dejado viuda. Finalmente, logró darle muerte y como trofeo de guerra, le quitó el arma que luego le entregó a Liniers, el héroe de la reconquista. Al respecto, dicen que cuando los ingleses se rindieron, Liniers atravesó la plaza-campo de batalla para entrar en el fuerte de Buenos Aires. Tenía el uniforme hecho jirones y agujerado por tres balas, y estaba rodeado de milicianos que lo vivaban. Fue ahí cuando se le acercó Manuela y, llorando todavía la muerte de su marido caído en combate, le entregó el fusil del invasor. Por su bravura y para que su nombre no fuese olvidado, Liniers la declaró heroína distinguida y consiguió que el rey le diese el grado de subteniente de infantería con goce de sueldo de por vida, algo insólito para la época, sobre todo tratándose de una mujer y criolla. Pese a ello, después de la Revolución de Mayo, Manuela terminó viviendo en la miseria. En 1893, Buenos Aires, la ciudad que la Tucumana había defendido con tanto coraje, le rindió un merecido homenaje bautizando una calle con su nombre”.

MARTINA CHAPANAY

“Desde que era pequeña, Martina supo entenderse con los caballos, con los que trepaba sin miedo las cuestas más empinadas de su San Juan natal. También supo sacarle los secretos al lazo y al cuchillo, que se hicieron sus amigos. Es que esta niña nacida en 1800, en las lagunas de Guanacache, era hija de un cacique huarpe, Ambrosio Chapanay, y de una cautiva blanca, Mercedes González, una mixtura que le legó belleza, rebeldía y bravura. A los 13 años, su madre murió y a Martina la mandaron a San Juan capital para trabajar como criada. El trato que le daban no le gustó ni un poco y se escapó para volver con los suyos: los huarpes. La muchacha creció y fue ganando atractivo físico y coraje. Por eso, no dudó en presentarse para ofrecer sus servicios como mensajera apenas se enteró de que San Martín preparaba el cruce de los Andes. Conocía como nadie el terreno y fue un eficaz chasqui entre las columnas del Ejército Libertador. De aquella epopeya le quedó una chaqueta que lució orgullosa durante años. Tenía apenas 22 cuando conoció a Agustín Palacios en una pulpería. Él integraba las huestes de Facundo Quiroga, el caudillo riojano, y Martina ya era una chica de armas tomar. La muchacha se transformó en compañera de Palacios y se sumó a las fuerzas del ‘Tigre de los Llanos’ como guerrillera de caballería, para luchar codo a codo con Quiroga en las batallas más relevantes. En 1831, Palacios cayó en el combate de La Ciudadela de Tucumán, pero Martina continuó peleando hasta que dos años más tarde, Facundo Quiroga fue asesinado en Barranca Yaco. De regreso a San Juan, al descubrir que la mayoría de los suyos habían sido muertos o robados, se refugió en la serranía y se transformó en una ‘bandida rural’. Martina montaba potros indomables y al estilo de Robin Hood, robaba y se batía a duelo con los más avezados cuchilleros para compartir lo que recaudaba con los más pobres. Era además, buena baqueana y rastreadora de animales, y conocía las geografías de San Juan, Catamarca, La Rioja y Mendoza como nadie. Esto la ayudaba a escapar de la policía, amén de que en cada rancho tenía un aliado dispuesto a encubrirla. Así anduvo por valles y llanuras hasta que encontró otra causa federal y popular tras la que embanderarse, y abandonó el bandidaje para ponerse al servicio del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez, gobernador de su provincia. Las crónicas destacan su decidida actuación en el combate de Angaco y la energía de su lucha contra los unitarios durante el sitio de San Juan. Asesinado Benavídez en 1858, la muchacha vuelve por un período a sus robos y tropelías, hasta que nuevamente se suma a las milicias montoneras de otro caudillo riojano: el Chacho Peñaloza. Cuando las tropas de Mitre los derrotan, Martina, junto con otros montoneros, son integrados al ejército de línea. A ella le otorgan el grado de sargento mayor, pero el ‘oficialismo’ no se adecuaba a sus ideas ni carácter, por lo que al poco tiempo parte para luchar en los caminos polvorientos junto con el montonero Severo Chumbita, que respondía al catamarqueño Felipe Varela. Esta vez, los enemigos eran los mitristas que le habían declarado la guerra a los hermanos paraguayos y sus compañeros los de siempre: indios, mestizos, gauchos y olvidados que luchaban por un país más justo. Cuando en el cuerpo ya no le entraron más combates, Martina se instaló en su ranchito en Mogna, en San Juan, donde siguió ayudando a sus vecinos y curando animales con las medicinas que había aprendido de su padre, hasta que murió en 1887. La tumba de esta mujer que calzaba bombachas de gaucho y cuya vida y luchas se hicieron leyenda, sigue recibiendo velas y flores a modo de ofrenda”.

MARIQUITA SÁNCHEZ DE THOMPSON

“El primer signo de rebeldía de Mariquita fue negarse rotundamente a casarse con Diego del Arco, el candidato que le habían elegido sus padres. Para entonces, la niña tenía nada más que 14 años, y el rico comerciante español con el que querían casarla, 50. A Mariquita, ese Del Arco no sólo no le gustaba ni un poco, sino que además estaba enamorada de su primo segundo Martín Thompson, que era oficial de la Marina. Sus padres se negaron por completo a la relación con Thompson, pero los dos jóvenes siguieron encontrándose en secreto, para lo cual el marino se disfrazaba de mendigo, campesino o pescador. Hasta que los descubrieron y los Sánchez movieron sus influencias para que el joven fuese trasladado de Buenos Aires a Montevideo. Después les pareció que para separar a los enamorados era necesario poner más agua de por medio y lo mandaron a España. Esto no detuvo a la audaz Mariquita, que no sólo siguió negándose a casarse con el comerciante, sino que se presentó ante las autoridades para dejar por sentado que quería casarse con Thompson. Hartos de tanta insolencia y pensando que el encierro la iba a hacer cambiar de idea, los padres la recluyeron en un convento. Al poco tiempo, el padre de Mariquita murió y ella pensó que por fin iba a poder unirse a su amado. Pero no: Doña Magdalena, su madre, siguió firme en su negativa, argumentando que Thompson, como joven militar, iba a querer ‘pasear y gastar’, algo que no se adecuaba a la vida de su hija, que tenía que pagar ‘un cúmulo de cuentas abultadísimo’, sin tener con qué. En 1804, después de tres años en los que los enamorados habían intentado todo para lograr la aprobación familiar, Mariquita decidió contarle su caso nada menos que al virrey Sobremonte, que era la autoridad máxima. En la apasionada carta que le escribió, la rebelde joven le habló de sus ‘derechos’ y le pidió que hiciera justicia para que ella pudiera casarse con Thompson, ‘porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen’. Finalmente, el virrey dio su permiso para la boda. Con este triunfo, Mariquita reafirmó su fama de mujer valiente y ‘moderna’, y empezó a organizar tertulias en su casa, en ese salón donde se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino. A estas reuniones asistían los patriotas criollos, incluso algunos que eran enemigos declarados pero que ella sabía manejar con inteligencia. En los 14 años que estuvo casada con Thompson tuvieron cinco hijos, hasta que él murió en 1819. Al año siguiente, Mariquita volvió a casarse, esta vez con un comerciante francés del que luego, en otro acto de rebeldía, se separó. En aquellos años integró la Sociedad de Beneficencia, período durante el cual mantuvo buenas relaciones con Rivadavia, que era unitario, pese a que Mariquita se había declarado a favor del federalismo y era amiga personal de Rosas. Eso no impidió, sin embargo, que en 1839, para el segundo gobierno de Rosas, ella se fuera a exiliar a Montevideo junto con su hijo Juan, que era un activo opositor del gobernador. Cuando regresó al país, Mariquita dirigió nuevamente la Sociedad de Beneficencia, lo que le permitió ocuparse de la educación de las niñas, asunto que había sido una de sus grandes preocupaciones. También mantuvo activo su salón como centro de la vida social porteña hasta que murió en 1868”.

MARÍA REMEDIOS DEL VALLE

“En 1813, ya hacía tres años que María Remedios del Valle luchaba junto al general Belgrano y otros valientes en el Ejército del Norte. Se había sumado en Buenos Aires, donde había nacido, para participar en la expedición del Alto Perú junto a su marido, un hijo de la sangre y otro adoptivo. Desde entonces sí que esta afrodescendiente (o parda, como le decían), había visto cosas y soportado otras bien bravas. Ella, como muchas otras mujeres, acompañaba a la tropa alimentando a los soldados, curando heridos y también peleando junto a ellos, codo a codo. Así lo había hecho en Huaqui, cuando con sus compañeros de armas tuvieron que irse del Alto Perú y padecieron la tristeza del Éxodo Jujeño. En una de estas acciones, Remedios perdió a su marido y a sus dos hijos, sus tres hombres amados. Lejos de rendirla, el feroz golpe le dio tres nuevos motivos para seguir luchando, y eso hizo en Tucumán y Salta, donde con el ejército libertador conoció el dulce sabor de la victoria. Siempre junto a su general Belgrano, que le había hecho el honor de nombrarla capitana, siempre sacando fuerzas de donde ya no había. Hasta que se sucedieron las trágicas derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, en 1813. La capitana recibió una bala, fue capturada por los realistas y azotada públicamente durante nueve días. No se sabe cómo pero pudo escapar y volver a dar batalla, esta vez para hacer de correo, jugándose la vida cada vez que cruzaba el peligroso territorio ocupado por el enemigo para llevar noticias de un lado a otro. Siete veces estuvo María Remedios en ‘capilla’, o sea, a punto de ser fusilada, y seis fueron las graves heridas de bala y sable que recibió su moreno cuerpo. Sin embargo, de vuelta en Buenos Aires, no le resultó fácil que la reconocieran como capitana y que le pagaran su sueldo. Y cuando lo consiguió, fue por poco tiempo. La patriota que había hecho toda la campaña del Alto Perú, que se había jugado entera por su patria, fue abandonada a su suerte y tuvo que empezar a mendigar. Cuentan que el general Viamonte, que había estado al mando del Ejército del Perú, se la encontró un día harapienta y limosneando, y al reconocerla exclamó: ‘¡Es la Capitana, es la Madre de la Patria!’. Luego, desde su banca en la Legislatura bonaerense, insistió para que se hiciera justicia con la querida María. Lo mismo hicieron otros militares que habían sido testigos de todo lo que esta mujer había dado por la libertad de este suelo. Finalmente, en 1828 le concedieron un mísero sueldo de capitán de Infantería. Dos años después, Rosas mejoró su situación dándole el grado de sargento mayor, por lo que María Remedios decidió adoptar un nuevo nombre: Mercedes Rosas, que mantuvo hasta su muerte, en 1847”.

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¿Desde qué necesidad nace la idea de revalorizar la figura de la mujer en nuestra Revolución?

- “En ‘Imalaq’ desde hace tiempo buscamos desarrollar temática que ponga en valor el rol de la mujer en distintos aspectos, no sólo desde lo político, como ha sido en esta última ocasión, sino también en la danza folklórica misma, en donde la mujer siempre ocupó un rol secundario, de acompañante, destacando su delicadeza, su feminidad y características que hoy en día ya no necesitan ser puestas en valor. Incluso a veces son hasta contraproducentes, porque confirman estereotipos dentro de lo que es el folklore. Desde otras obras ya hemos intentado correr un poco el foco de esta visión tradicional que se tiene de la mujer en la danza, sobre todo en la danza folklórica porque es la que cuenta nuestra historia. Así que hace un tiempo, cuando se estaban acercando estas fechas patrias, surgió la idea de realizar una obra o algún tipo de intervención artística -todavía no sabíamos cómo iban a estar las condiciones sanitarias- y poder hacer un pequeño homenaje a estas mujeres, a través del videodanza, si podríamos juntarnos ensayar, o incluso quizás escénico. Viendo cómo se iban dando las condiciones, nos dimos cuenta que lo mejor iba a ser un proyecto fotográfico, porque no íbamos a poder completar el proceso que requeríamos para hacer una obra de danza, con coreografía y con muchos tipos de intervenciones artísticas más”.

Hay aún una deuda con el revisionismo histórico para desempolvar vidas de mujeres silenciadas por la historia nacional. ¿Lo creés así?

- “Sí, esta deuda es histórica con las mujeres. Y quizá desde la actualidad, desde los movimientos feministas que se están desarrollando -obviamente, ya vienen desde hace mucho tiempo- y con la tecnología, con las comunicaciones, con el auge de las redes sociales que hoy se está teniendo, está todo tan visibilizado, que todo tiende a ser cuestionado. Y esto ha venido logrando que muchos historiadores y/o personas que se dedican al revisionismo empiecen a desempolvar estas historias que no las aprendimos jamás en la educación tradicional. Creo que todavía falta sacarlas del ámbito de ocio en el que cada uno puede acceder solamente si le interesa y empezar a plantearlas en las escuelas”.

En el seno de la educación, estas mujeres libertarias ocupan un rol accesorio, si no invisible…

- “Creo que desde lo que es la educación formal, aún no se están trabajando estos relatos como contenidos de los espacios curriculares, tanto en Primaria como en Secundaria. Quizás en un Nivel Superior sí. Desconozco los diseños curriculares de los profesorados o las licenciaturas. Igualmente, para que llegue a ser algo masivo y que realmente se tenga conocimiento, debe estar implementado desde la Primaria. Y eso es una decisión política que se toma acerca de qué contenidos incluir como prioritarios en los diseños curriculares. Sería buenísimo que el cambio se vaya logrando desde ahí y no sólo dependiendo de lo personal: que cada docente elija o no contarlo, por ejemplo, en los actos del 25 de Mayo o el 9 de Julio. En vez de vestir a las niñas de dama antigua o de mazamorreras o de vendedoras de empanadas, sería buenísimo poder revivir estas historias, que ellas mismas las conozcan y también puedan identificarse con heroínas, así como los niños pueden identificarse con San Martín o con Manuel Belgrano. Sería buenísimo también dedicar un apartado a estas mujeres, porque lo que no se nombra no existe. Desde pequeñas, vamos creciendo con esta idea de que solamente podremos aparecer en la historia como unas damas muy arregladas y hermosas que acompañaban a los caballeros a los lugares donde pasaban las cosas importantes, siendo que hay un montón de otras mujeres que sí tomaron acción real. Sería buenísimo desde pequeños tener esos ejemplos para identificarnos realmente con personas que han sido importantes en la historia argentina”.

¿Desde qué lugar les aportó Felipe Pigna en la construcción de estas reseñas?

- “Felipe Pigna es un autor que a mí personalmente me resulta muy agradable de leer, porque además de lo histórico, él otorga como una cuota literaria en sus relatos y hace que todas las historias sean fascinantes, como estar leyendo un libro de aventuras. Ya lo ha hecho con las grandes historias de San Martín, de Manuel Belgrano… Y en 2018 sacó a la venta un libro llamado ‘Mujeres insolentes de la historia’, que a mí personalmente me fascinó. En este libro cuenta la historia de más o menos treinta mujeres diferentes de distintas épocas, incluso del siglo XX, sus vidas y cómo influyeron en la construcción de nuestra identidad. Además, es un libro que está ilustrado bellísimamente. Es una experiencia literaria, histórica y visual a la vez que no es necesario ser un estudioso de la historia para poder comprenderla. Es para el público común y corriente que quiere consumir algo interesante, pero no tiene absolutamente ninguna complejidad y no está orientada a personas que se dediquen a la investigación. Cuando empecé a leer ese libro, me voló la cabeza poder comprender cómo en esas épocas había mujeres que tenían tanta audacia para imponerse ante las cosas que estaban tan normalizadas. Si hasta hoy en día a veces da miedo ir en contra de lo que dicen que una mujer tiene que hacer, me imagino estando en esas épocas. De ahí también se empezaron a construir estas ganas de poder plasmarlo a través del arte que más me gusta, que es la danza. En este caso, buscamos la forma de llevarla adelante en este tiempo de pandemia con la fotografía, de la manera más segura posible pero sin perder la esencia de lo que queríamos contar”.

¿Cómo organizaron el equipo de trabajo?

- “El grupo de ‘Imalaq’ actualmente es un grupo mixto. Tenemos alrededor de doce mujeres y ocho varones. Siempre solemos ser un poco más en cantidad las mujeres, pero los proyectos los hacemos diferenciados de acuerdo con la historia que necesitemos contar y también proyectos conjuntos. Para esta ocasión, íbamos a trabajar exclusivamente con el grupo de las mujeres, y como lo tuvimos que organizar todo de forma virtual, fue un poco difícil porque yo traté de elegir de este libro, que tenía tantas personalidades, cuatro personajes que podamos destacar en un principio. Quizás esto también pueda continuar y que cada tanto vayamos mostrando más figuras. Primero hubo que hacer la selección de quiénes iban a ser las que íbamos a destacar para esta ocasión. Después también se hizo como una pequeña selección de grupos entre las mujeres que iban a participar, porque las sesiones las íbamos a realizar por turnos de cuatro chicas para que no exista ningún tipo de aglomeración, al margen de que iba a ser en espacios públicos. Luego, la investigación para conocer y entender cuál iba a ser la corporalidad que iban a desarrollar, porque eran perfiles muy diferentes. Había mujeres con descendencia huarpe, mujeres de la aristocracia, mujeres militares… Entonces también desde el cuerpo contar un poco de esa historia que cada mujer tenía de forma diferente. Para la producción de vestuario, la idea era no entrar en gastos sino ir resolviéndolo con vestuario que ya teníamos. Fijamos una paleta de color y ciertas prendas que debíamos conseguir, muchas prestadas de otros bailarines. Eso también habla de una gran unión en la comunidad de la danza”.

Y la sesión fotográfica…

- “Después de ir pasando esa revisión de cómo quedaría lo estético, nos pusimos en contacto con quien iba a ser nuestra fotógrafa: Belinda Martínez, que es una profesional súper brillante y también tiene este mismo concepto que buscábamos nosotras de revalorizar la figura de la mujer. Elegimos el Paraíso de los Niños, porque necesitábamos un espacio que sea neutro, porque históricamente no lo íbamos a poder situar en los lugares reales donde sucedieron las cosas. Seleccionamos algunas fotos para publicarlas el 9 de Julio y en un par de semanas más iremos dando a conocer las otras. Fue un proceso hermoso, acompañado con la información que había obtenido de este libro en las publicaciones. Fue muy lindo el recibimiento del público, que a través de las redes se prendió compartiendo y comentando. Ahora nos están pidiendo que lo transformemos en una obra de danza. Así que cuando la situación pueda volver a normalizarse un poco, seguramente será uno de nuestros próximos proyectos como compañía de danza”.



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