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Retos educativos



La educación será, junto con la salud y la economía, una de las víctimas centrales que dejará la pandemia el día de mañana. El impacto en el sistema educativo argentino es difícil de dimensionar, ya que el daño se va agravando con cada día de clases presenciales perdido. Y aunque algunas jurisdicciones hayan abierto total o parcialmente sus escuelas, igualmente los alumnos/as tardarán en adaptarse a los cambios implementados.

Mientras las autoridades nacionales y locales siguen analizando cómo hacer para que los chicos y las chicas vuelvan a las aulas físicas dentro de una “nueva normalidad” que reduzca al mínimo los riesgos sanitarios, circulan datos alarmantes sobre el desastre que va dejando el prolongado congelamiento de las actividades escolares tal como se venían desarrollando hasta los primeros días de marzo del año pasado.

Ya durante la primera ola de coronavirus, el año pasado, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) estimaba que a nivel nacional cerca de un millón y medio de estudiantes se verían desvinculados/as de la escolarización en los diferentes niveles educativos, tanto en la gestión pública como privada, y de zonas urbanas y rurales. Es de suponer que tal cifra será peor después de los obstáculos que le puso la segunda ola al regreso de las clases presenciales en varias jurisdicciones, entre ellas Formosa.

Varios interrogantes al respecto. ¿Estarán las escuelas públicas en condiciones de diseñar alternativas para mitigar ese impacto? ¿Qué piensan hacer (o están haciendo) las autoridades del área para evitar que más educandos abandonen sus estudios? ¿Cómo pueden colaborar otros sectores para mejorar la educación en cada lugar?

Si algo dejará de positivo esta crisis es la capacidad de los equipos directivos y docentes para reconfigurar una nueva experiencia de escuela, muy distinta a la simplemente presencial. Muchas instituciones desarrollaron nuevas intervenciones creativas capaces de vehiculizar la enseñanza y el aprendizaje en un contexto dinámico marcado por la incertidumbre. Y eso es bueno.

Imaginar otro modelo escolar, diferente del tradicional, es posible. La pandemia apuró un cambio cultural que llama a tender redes y, con creatividad, construir soluciones colaborativas y plurales, porque lo que está en juego es el presente y el futuro del sistema.

Es necesario pensar la educación pospandemia como algo nuevo que dé respuestas a los desafíos globales que se han profundizado desde aquel 16 de marzo en el que las escuelas se trasladaron a los hogares y las aulas se volvieron virtuales.

Todos/as somos testigos del compromiso social de la mayoría de los educadores para que sus alumnos/as sigan aprendiendo en estos duros meses. Pero si el objetivo es promover experiencias que brinden la posibilidad de desarrollar las habilidades y los aprendizajes necesarios para la vida, en el marco de una cultura colaborativa, abierta y digital, el esfuerzo no lo deberá hacer sólo la escuela.

El sector privado y la sociedad civil deben también involucrarse para dar respuestas a los retos educativos del COVID-19.



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