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Miércoles 03 de Marzo de 2021

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EMERGENCIA CULTURAL EN FORMOSA

¿Quién resistirá cuando el arte ataque?



Por Héctor Washington

La convocatoria virtual unos días atrás encendió esta vez una mecha cuya chispa venía en sostenido crecimiento desde hace unos once meses, avivada sobre todo por los sectores de la danza y la música. No es un reclamo nuevo, como argüían algunos detractores. Desde el inicio de la pandemia, la cultura formoseña -vale decir, los trabajadores formoseños de la cultura- pasó a ser un mero anecdotario de burócratas en la sala de espera de las flexibilizaciones. Los pedidos de apertura de los espacios -con las correspondientes medidas preventivas, claro- se repitieron hasta el cansancio, la reactivación de la actividad era ya una necesidad imperiosa, los protocolos presentados fueron desoídos casi de manera sistemática. Mientras, la industria cultural local agonizaba tras bambalinas.

Detrás de escena, el descontento iba in crescendo.

Como una suerte de pasaje de comedia de lo más disparatada, mueve a risa que a estas alturas, la apertura al diálogo con los representantes del pueblo deba solicitarse por escrito de forma sostenida durante meses. Sin embargo, las consecuencias que genera esta realidad en los trabajadores de la cultura son rayanas a lo trágico.

No es que no se tome conciencia del desmoronamiento económico que la pandemia ha ocasionado en todo el mundo ni de los riesgos sanitarios aún latentes. Justamente por ser parte de esos escombros es que la realidad que atraviesa el sector es por demás acuciante y drástica: no pueden trabajar.

La movida inició en las redes con una petición a la comunidad en general, solicitando su firma y adhesión a la causa, y la invitación a asistir a la intervención y movilización de artistas locales, que iniciaría en la plaza San Martín en horas de la mañana y culminaría con una nueva presentación por escrito en Casa de Gobierno. El documento es claro. Y solicita:

* Habilitación de espacios cerrados para formación, capacitación y preparación, respetando protocolos.

* Exención de impuestos para los espacios culturales.

* Puesta en marcha de un programa de reactivación y asistencia económica.

* Mesa de diálogo con las autoridades competentes.

La intervención artística congregó a los sectores de teatro, audiovisual, danza, artes visuales, músicos, escritores, gestores culturales y organizadores de eventos y espectáculos, que danzaron, cantaron, desempolvaron sus vestuarios e instrumentos y los desplegaron al calor de la mañana. Los manifiestos fueron también parte del itinerario, los petitorios, los textos que a viva voz apelaban a la exhortación de quienes toman las “decisiones importantes”: “¡La cultura / es sana y segura!”.

La tracción colectiva echó a andar la movilización a media mañana, esta vez multitudinaria, que recorrió la avenida entre música, cánticos, consignas y el vitoreo incesante de los artistas y el público que se dio cita, hasta la parada final en Casa de Gobierno.

Franqueadas las vallas y los efectivos policiales, el petitorio fue entregado -como en otras muchas ocasiones- por un grupo de artistas. Afuera, las intervenciones continuaban: canciones y discursos espontáneos eran de la partida: “¡Todos somos esenciales a la hora de llevar un plato de comida a nuestra casa!”. Habrá que seguir esperando respuesta.

“Paguen el Azul — Devuelvan el azul que robaron y embotellaron y distribuyeron en cuentagotas de droga — Devuelvan el azul que robaron para sus uniformes de policía — Devuelvan ese azul al mar y al cielo y a los ojos de la Tierra”, resonaba William Burroughs y se impregnaba en las paredes macizas del edificio.

Alguien se asoma por una de las ventanas pisos arriba, se acomoda los lentes, se pregunta acaso qué quieren allí afuera, qué reclaman. Y sigue con lo suyo, en su escritorio abarrotado de papeles. Una viva imagen que pinta como un fresco nítido lo que ocurre -o no- allí dentro, detrás de esas ventanas, siempre herméticas, siempre oscuras. Detrás de un edificio cuyas vallas también son azules, como los efectivos que custodian el color robado del cielo, del mar, de los ojos de la Tierra. Y del hecho artístico.



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