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"Entre Cronopios" - Noveno Encuentro



LILIAN GÓMEZ

Nació en Clorinda, pero vive hace 36 años en Formosa. Profesora en Matemática y Cosmografía, recibida en la UNaF, Licenciada en Organizaciones Culturales y Sociales por la Universidad del Salvador y Especialista en Docencia Universitaria, posgrado de la UNaF. Entre otros cursos de posgrado, el de Neuroeducación, dictado por la Universidad de la Cuenca del Plata. Ama el arte en todas sus expresiones, admirando a todos sus creativos exponentes humanos.

El mejor sueño

De todos mis sueños, el mejor que haya soñado fue conocer el secreto de la inmortalidad. Los sueños me hacían un superhombre, todo lo podía en ellos. En un momento me pregunté si soñar era morir unas horas o si morir era soñar eternamente.

Mi casa era pequeña. Amigos y familiares me visitaban con poca frecuencia. La televisión y los libros eran mi compañía diaria. Una señora hacía la limpieza doméstica una vez por semana. Un día leí sobre la vida después de la muerte, todas elucubraciones. Una vez me encontré cara a cara con la muerte, y no la quise ver más. Sí, aunque no la podía evitar. Me perturbaba la finitud de la vida. No me entusiasmaba vivir para desaparecer mañana. Pensando en esto, soñé un día con un anciano, quien se acercó a mí. Nunca lo había visto, pero él actuaba como si me conociera. Estaba sonriente. Y desperté.

Al final de uno de los días de los tantos vividos dormí mirando una postal de la Torre Eiffel, y soñé que estaba allí, con mi pareja en el puente de los candados. Mis estudiantes aparecieron también, a quienes les decía que no podía atenderlos, pero que cumplieran sus tareas, y de nuevo apareció el anciano. Se acercó y sólo se sentó a mi lado con una mirada amigable. Ya estaba amaneciendo.

A la noche siguiente, después de un día agotador, quería descansar y liberar mi mente. Y soñé. El anciano estaba a mi lado nuevamente y se dirigió a mí:

- Si fueras inmortal, ¿qué ganarías?

- No sé. Sólo sé que no quiero morir. Por ahí sólo no quiero tener la sensación de correr contra el reloj de la vida- contesté.

- ¿Y si te dijera que conozco el secreto de la inmortalidad?

- ¿Por qué me lo diría? - pregunté incrédulo.

- Te lo diría para que no padezcas tu vida- insistió el anciano.

- Y si fuera inmortal, capaz me aburra- dudé.

- La vida terrenal es un pasaje a otra vida aún mejor. Tus sueños te muestran un poquito de esa vida.

- ¿Quiere decir que morimos un poquito cuando soñamos?

- La muerte es un sueño- afirmó el anciano.

- Tuve una experiencia con la muerte, la sentí en mi cuerpo. Ella estaba en la irrealidad de sentirme atrapado en mi propio cuerpo- expliqué.

- La muerte es un sueño bello, que tiene ingresos y travesías diversas, a veces trágicos.

- Quiero saber el secreto de la inmortalidad- insistí. El anciano me miró con cariño y explayó su conocimiento.

Sentí que me elevaba y veía el mundo con otros ojos, veía todo y a todos. Era un sueño indescriptible, pleno ¿Dónde estaba? Había mucha luz. No estaba en mi casa, tampoco en mi cama. Quise volver, quería despertar, no podía.

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Regalo de Navidad

Todo el pueblo olía a Navidad. Don Segovia andaba buscando personal para su estancia. Anselmo, muchacho de unos veinte años, estaba esperanzado de trabajar en lo de don Segovia. Le prometieron buena paga diaria. Él conocía bien el trabajo rural, nunca salió del lugar donde nació. Tampoco sus pretensiones eran grandes, pues tenía pocos estudios.

Ese primer día trabajó afanosamente pero al final de la jornada el capataz le pagó poco y dijo que el que tuviera queja vaya a hablar con el patrón. Desilusionado, Anselmo fue el único en ir a verlo.

- Buenas noches patrón, vengo a hablar con usted, me dijo el capataz que podía- dijo Anselmo cabizbajo.

- ¿Qué querés? ¿Vos sos uno de los nuevos che?

- Sí señor. Me va a disculpar pero quiero preguntarle algo.

- ¿Reclamos? Preguntá- exhortó el patrón.

- Me dijeron que me pagarían quinientos pesos por día, pero me dieron cien nomás, ¿mañana me van a dar lo que falta?- insistió Anselmo.

- ¿Quién te dijo que mañana te van a dar los cuatrocientos que faltan? Se paga según lo que trabajaste en el día. Mañana dale más duro y se te van a pagar los quinientos- dijo el patrón.

-Entonces, le prometo que mañana trabajo más duro-dijo Anselmo entusiasmado- necesito la paga porque llega Navidad- estaba diciendo cuando el patrón le dejó hablando solo.

Con cien pesos para la cena, y algo que sobre para el día siguiente, llegó a su casa pequeña pero limpia. Allí vivía con la Ruth, su novia de toda la vida. Ella le contó que el Juancho se cayó del caballo y se rompió el cuello, y que lo velaban en la casa. Anselmo se preparó para ir, vistió su mejor pantalón, una camisa a cuadros y su infaltable pañuelo al cuello. Estaba muy triste.

Como buen amigo y vecino lo acompañó al Juancho toda esa noche, y también en el cementerio en la mañana. Allí se sacó el pañuelo del cuello, porque sentía que la garganta se le cerraba. Con el pañuelo en la mano se acercó a la fosa donde yacía su amigo, pero sin querer éste se desprendió de su mano y cayó sobre el cajón que estaba en la fosa. No tenía manera de recuperarlo, enterraron el pañuelo sobre el cajón del amigo. Ruth se asustó, decía que no era buen presagio.

Anselmo perdió la noción del tiempo entre la tristeza, recuerdos y despedida. Estaba tarde para el trabajo y en el camino se culpaba por su irresponsabilidad, aunque se justificaba que no todos los días se le moría a uno un hermano y que tendrían que entender.

- Buen día señor, me disculpa la tardanza, tuve un- decía Anselmo cuando lo interrumpió el capataz.

- Te espera el patrón, está en la caballeriza- le exhortó el capataz.

- Patrón- dijo Anselmo al entrar a las caballerizas.

- Necesito empleados fuertes y que trabajen duro. Si no cumplís con tus obligaciones laborales te despido. Como llegaste tarde, hoy me vas a trabajar gratis. O tenés la puerta- dijo el patrón señalando el portón de la estancia.

Anselmo no tenía opción. Ese día trabajó gratis, y con poca paga los días siguientes. Ya no se acercaba al patrón, éste era un hombre insensible, que hacía fortuna a costa de ellos.

El día de Nochebuena fue diferente para Anselmo. Tenía trabajo pero casi nada en su mesa para compartir, y eso que la Ruth era muy buena administradora. Tampoco estaba su amigo el Juancho con quien compartía todas las navidades. Después de cenar salió a recorrer el pueblo, con muchas emociones a flor de piel. Pasó por la estancia de don Segovia, vio jolgorio y alcohol, escuchó risas y música. Él seguía perdido en sus pensamientos.

En la mañana de Navidad, la estancia de don Segovia aún ardía cuando amaneció, los cuerpos de los invitados yacían quemados, incluido el del patrón. Anselmo estaba allí, sentado y esperando que llegue la policía. En su declaración dijo que el Juancho lo ayudó a hacer justicia contra ese mal hombre.

Después del suceso, Anselmo fue juzgado a vivir encerrado de por vida en una celda como su pañuelo, que estaba enterrado en la tumba de su amigo.

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VÍCTOR ZÁRATE

Poeta Qom nacido en Clorinda (Formosa) en 1983. Es estudiante del Profesorado en Letras en la Universidad de Formosa e integrante del colectivo literario “Alquímico”. Sus obras han sido publicadas en antologías, blogs y revistas y traducidas a numerosos idiomas.

Invierno

Te expusiste ante el viento y la inundación

te sumergiste en aquellas penurias y carencias

sin embargo ahora pareciera extinguirse

has buscado entre ídolos e iconos

has buscado a nuestro pio?onack

buscaste a nuestros chamanes

pero recién te has dado cuenta

que la mayoría fueron extinguidos

por las fuerzas genocidas

aunque siempre te quejes

de que los pio?onaqpí

te buscan en tu cabeza de colono

te quieren exprimir

toda tu alma evolucionada

re resististe y al final

rechazas toda la magia

te has dado cuenta

que el payé no es amor

sino es una maldad

recuerdas cómo se curaba

a los enfermos recién llegados

pero sabías que el final estaba cerca

acaso correr al norte sur este oeste

te salvaría de la lluvia de sangre

por dual

de cuando es cuando

y aun no sabemos

cuándo va a terminar esto

negative

negativo

julcall

sombra

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Pensamientos diarios

Un día parecía tan fácil

dejarte de lado

pero nunca me pude hacer a un costado

me habías demostrado otra sensación de paz

de alguna manera

me sacaste de este cuarto indefinible

rompiste esta caja mental de indio

que siempre quiere enfrentarse

con los legendarios enemigos

aquellas huellas

parecen no ser mías

pero diste a entender que sí

hay una laguna inmensa

pero en ocasiones te encuentras

diciéndome déjame

y tal vez tu corazón se ablande un poco.

Es adverso pero lo intento

y aun sigo siendo salvaje

te veo sonriente

entre esa cortina de lapacho

en cambio tú me ves

soltando nombres criminales.

Tuviste tanto miedo como yo alguna vez

me decías que tantas cosas

se parecían entre nosotros

aun estando lejos

después de una reunión cerrada

quisimos estar distanciados

y como truenos zigzagueando

entre esas nubes de palabras

te contradecías mucho

como aquellas abuelas

que lloran cuando los nietos e hijos

tienen hambre de triunfar

caminando entre esas calles

claras pero inclaras

mendigando y cosechando

buscando

que el corazón del impostor se ablande.

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TEDY DURÁN

Nació en Formosa en 1958. En 1995 inició entrenamiento teatral independiente, en distintas áreas, con maestros como: Mónica Núñez, Rubens Correa, Mauricio Kartum, Roberto Vega, Carlos Schwaderer, Analía Ortiz, Patricia Sayd, Jorge Pinus, Chiqui González, Rody Bertol, Néstor Tirri, Roberto Traferri, Luis Sáez, Aldo El-Jatib, Agustín Núñez, Alberto Drago, Daniel Luppo, Sabatino Palma, Luis Romero, Hugo Cardozo, Guillermo Elordi, Edmundo B. Candia, Aldo Cristanchi, Ricardo Halac, Pablo Bontá, Joel Cabello Sánchez, Paco Giménez, etc. Desde 1998 a la fecha, ha dictado numerosos talleres y participado en diversas obras como: actriz, dramaturga, ayudante de dirección, ayudante técnica, dirección de actores, dirección general y puesta en escena, jurado teatral, jurado literario, etc. y obtenido menciones como actriz, dramaturga, poeta y narradora. Es autora de numerosas obras teatrales.

Poema de la Gringa

Máscara inalterable llevas por rostro, ocultando tristezas y desalientos…

Ojos trasparentes colores de cielo, perdidos e inamovibles contra el horizonte…

Tersas y blancas manos acarician un vientre,

pequeña hinchazón que va creciendo luna tras luna, viento tras viento…

¡Ah, inocencia perdida! Mancillada niñez en las gramillas,

una siesta de enero al borde del Río Negro…

Gringo arriero, ¿qué prometiste?

¿Amor y progreso, casa y familia?

Hay sólo cardos y viento norte, soledad y tierra seca

que acogerán los hijos de otras siestas…

¡Suenan chicharras! ¡Arde la tierra!

Suspiros del alma que vuelan y se alejan,

se acomodan en el río, allá en otras tierras…

Juega niña, juega…

¡Mujer de 13 vuelve a ser niña! ¡Deja a tus ojos renovar la alegría!

Juega niña, juega…

Que tu madre con cocido espera… ¡ha quemado los palos y horneado las tortas!

No te ha dado permiso para el niño que esperas…

Juega niña, juega…

Acalla en tu almita de niña tierna,

el dolor de crecer y abrir los ojos y sentir la eterna ausencia,

de una mano cariñosa que te defienda.

¡Ahh, niña mujer, sueña sueña!

Al arroz con leche ya no se juega…

Viento norte, lleva sus penase

y acalla su almita de madre tierna…

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Una cuestión de fe…

El Juancito, uno de los tantos huérfanos del pueblo, cruzo atropelladamente, descalzo, el puente de madera, dejando sentir el taloneo sobre las centenarias maderas. Resortera en mano, venia atajándose los bolsillos medios descosidos, pero llenos de frutas de paraísos, su mejor artillería a la hora de la siesta, para jugar a la guerra en las barrancas del pueblo, con los monos y loros. Con el corazón apurándole en el pecho y la transpiración chorreándole por las mejillas coloradas y mugrientas, se detuvo contra el mostrador de la fonda y almacén de ramos generales de la joven viuda doña Rosa Pérez, y antes de que esta tuviera tiempo de sacarlo a la calle entre rezongos y falsas amenazas, grito:

Juancito: ¡alguien viene por el camino, con dos grandes bolsas colgadas a cada lado del `pescuezo de una mula!!!

Y la quietud de los parroquianos, en las eternas siestas de enero, que nada podían hacer para apaciguar las lenguas de fuego que bajaban del cielo, más que apurar algunos tragos frescos y jugar a las cartas, atisbando de vez en cuando, por costumbre, las casas chatas y las calles desiertas, esperando que las lluvias, con meses de retraso, aparecieran de golpe para justificar los rezos de las viejas, se quebró despacio, primero con desconfianza, y luego resorte de la necesidad de algo nuevo, distinto, como algo fresco.

Doña Rosa, sacándose el delantal, se asomó al primer ventanal, y retocándose el rodete dijo:

Rosa: …debe ser algún vendedor, ¿qué otro loco atravesaría esta siesta…? …mocoso he porra!!! (observando de reojo al Juancito) vaya a lavarse!!!

Bajo la atenta inspección de los parroquianos, el forastero ingreso al alero del almacén, se inclinó a saludar a rosa, y a la vez cerró un enorme paraguas negro.

Hombre: …Ala este con ustedes!!!… me podrían indicar donde podría encontrar refugio…? ¿Es decir, donde dormir, comer y trabajar…? (dijo arrastrando las palabras). Mientras el visitante, que tenía algunos años más que doña Rosa se sacudía el polvo de sus pantalones blancos y de su larga camisa color tierra, Juancito, haciendo caso omiso a los rezongos de Rosa, triturando ruidosamente con sus muelas un caramelo, desafiante inspeccionaba las bolsas que descansaban lánguidas sobre la calle de tierra, para ver si encontraba alguna abertura para espiar su contenido, y si tenía suerte, apoderarse de algo de ellas.

Hombre: …soy reparador y fabricante de paraguas, y quisiera reparar los de este pueblo, y vender algunos también, para que estén preparados para las lluvias…

Al escuchar esto, y más, todos los parroquianos se miraron y pensando al unísono, sonrieron: (pobre turco… otro a quien le afecto el sol de enero…)

Doña Rosa lo miro en silencio, quedadamente, y lo invito a pasar, alejándolo de la resolana, instalándolo en una mesa entre la puerta del costado, que daba al patio, y la ventana del frente, para que aprovechara la briza caliente que absorbía a su paso cualquier humedad.

En ese mismo lugar, se lo vio al turco día tras día, después de recorrer el caserío y convencer a sus habitantes de que compraran paraguas o repararan los viejos. Todos a los que visitaba, más por miedo a los obscuros designos de su improbada locura o lastima a su delgadez, terminaban accediendo.

El turco disfrutaba entonces, después de largas horas de calor, en las siestas, de charlas con doña Rosa, y de las ventas también, porque esta le compraba, puntualmente cada semana, dos paraguas nuevos.

Intrigado, Juancito solía ayudar en el almacén hasta el anochecer en que espiaba a una Rosa fantasmal, que ataba los paraguas abiertos, como contrapestes anhelantes, a un enmarañado tejido de alambres que sostenía unos parrales centenariamente secos.

La misma rutina vespertina y nocturna se repitieron por meses.

Y un día, el turco anuncio ceremonioso, al anochecer, tras una ronda de caña para todos, menos para él, que justo antes de las lluvias, había terminado su trabajo, y que agradecía a los parroquianos su hospitalidad, pero que al amanecer partiría.

Doña rosa, a la que nunca le había `pesado su viudez, como en ese tiempo de idílicas charlas siesteras, abandono el mostrador, enjuagándose las penas.

Y al día siguiente, al amanecer, según lo anunciado, el turco pago sus cuentas a una Rosa congestionada y esquiva, se despidió de todos por sus nombres, agradeciendo que el pueblo se reuniera, curioso y expectante ante alguna nueva ocurrencia del turco, evitándole así el peregrinar casa por casa. Entre las mesas viejas de la fonda, que olía a pan fresco, al Juancito le entrego un paraguas chiquito, a su medida, y cargo sus grandes bolsas, vacías ya de telas negras y varillas, con cajas de té, quesos y panes caseros, y se enfrentó a la esquiva mirada de Rosa. Ninguno de los dos admitió nada en esas largas y silenciosas miradas, solo quedó en el aire un:

Rosa: …no se vaya…

Hombre: … soy del camino… tengo una misión… quizás algún día….

El Juancito lo siguió con la mirada, revolviendo en sus bolsillos algunos caramelos duros, regalos también del turco. Lo vio alejarse hasta perderse en el horizonte. Y encorvando una mano a la altura de cejas, protegiendo su visión, observo el cielo. Nada anunciaba que llovería, las nubes no existían. La tierra le quemaba los pies y el sol, empezaba a quemarle la nuca. Busco con la mirada a Rosa. Estaba en el patio de la vieja fonda. Amorosamente, guiada por una indiscutible fe, besando cada uno de los mangos de sus paraguas, abiertos como enormes murciélagos descansando para por la noche volar. La vio mirar al cielo y sonreír al sentir como unas gruesas gotas chocaban contra su rostro caliente y sudoroso, apaciguando una antigua sed en su solitario corazón, que por fin se disparó en un resumido grito de: aaallllaaaaahhhhhh!!!

Todavía hoy Juancito, adoleciente repartidor de leche y hortalizas, recolector de botellas vacías, hoy maduro encargado del mostrador de la fonda, observa hacia el patio, al salir el sol, las varillas destrozadas de los paraguas entre las abundantes ramas y hojas de vid.

De vez en cuando sale al patio con Rosa, ya muy anciana, y pasean bajo el parral murmurando entre sonrisas: aaalllaaahhhh!!!



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