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"Entre Cronopios" - Séptimo Encuentro



JORGE MANUEL APONTE

Nació en el barrio San Juan Bautista de la ciudad de Formosa. Estudió Psicopedagogía en la Universidad Nacional de Formosa. Es miembro fundador de la Biblioteca Popular “Santiago Renevot” y Coordinador del Área de Estudios e Investigación de la misma. Integrante del Equipo de Investigación en Psicología Educacional Facultad de Humanidades (UNaF). Según se define, es “macaneador amateur” y forma parte del grupo literario “Alquímico”. Asegura haber ejercido diversos oficios (cartero, vendedor, estibador, carpidor, almacenero, administrativo, encuestador, changarín, leñador, coordinador en procesos de incubación de caimanes, bibliotecario, tallerista, sereno, etc.).

Monasterial

Aguardo en silencio,

aún oigo tu voz

en los pasillos de mi cuerpo.

Tu aliento de lluvia permanece.

Se queda en el aire

moja mis sombras

fragua las columnas

unidas a la base

de la obra incompleta que soy,

un templo vacío en un monte sin senderos

Recuerdo,

veo los arcos de mi memoria

cargando el peso

de tu ausencia cardinal.

Tu calor horizontal

a plomo perfecto

cierra la entrada,

florece en las orillas de mi boca

puertas adentro.

La obra total renace en tu piel

del cálculo curvo en tu cintura

del plano espacial de tu deseo

del río profundo tus ojos.

Tu espalda se tuerce

tensa por dentro

el acero subcarnal de mi estructura

unida con tu savia

argamasa concreta.

La arquitectura de tus pechos

compone un altar nocturno

sin ornamentos

sin cruces

libre de dioses

y de miedos

en el centro de todas partes.

Tu voluntad desnuda

alza las vigas de mi tiempo

músculo por músculo

sin fracciones

ni límites

y afirma en la cumbre

su fuerza interminable.

Las dimensiones de tu piel

que no se pierde

no deja que me pierda

mientras me busco

suspendido

de nuevo hacia atrás

y un pasado siempre actual

me vuelve un fantasma

por ahora

La carne maderosa de mi espalda

une sus trabas con dolor y sangre

guayacán y tiempo.

Camino;

siento los bloques simétricos de piedra

de un suelo firme y pulsional

en los pasillos de este cuerpo quieto

que me guarda

y me condena.

En los altos salones de este templo oscuro y solitario

Gruesas paredes se levantan a mi paso

ladrillo por ladrillo en plena sombra.

Se abren puertas vivas

con tu nombre,

la memoria del fuego hace el milagro.

Arden los techos sin quemarse.

Grandes ventanas con tu voz

se abren de par en par.

Y otra vez

cruzando los umbrales

bebiendo relámpagos del cielo de tu boca

estoy afuera

porque llegaste

comiéndome a bocados

dándote a mí

para que coma y no muera

hasta que vuelva a salir

de mi propia casa.

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El portón

“Aquello está sobre las brasas de la tierra,

en la mera boca del infierno”

Juan Rulfo

- Ahí está; desnudo y llorando como todos. Él no sabe desde cuándo anda vagando en este lugar caliente, tanteando los pasos, moviéndose apenitas. Yo creo que llegó hace unos días. Acá sopla siempre este viento feo, fuerte como el viento norte, diría yo. Es seco y pesado, ruge grueso como si saliera de una gran boca podrida que se emperrara en soplar con un ruido que asusta y desanima. Así es, porque un miedo venenoso se te va metiendo por los oídos y no sale más. La polvareda del aire te pega con este ventarrón sin pausas. El suelo duro y liso es también caliente. No hay árboles chicos ni grandes, ni plantas, ni yuyos de ninguna clase, pero tampoco hay pozos o piedras de ningún tamaño. Por lo menos desde que estoy yo, no encontré nada parecido. Todo es una sola planicie. Y capaz por eso tampoco existen los rincones para acovacharse. Acá no hay donde esconderse. Fijensé nomás, ahí está el que les digo, trae los ojos cuarteados sin dormir desde hace mucho, los tiene abiertos hasta donde puede y no es mucho lo que ve, un poco por esta arenilla picante que le azota la vista. Pero no es sólo eso, es que acá no hay luz y la oscuridad tampoco es del todo negra, no sé por qué es más bien rojiza. Eso; rojinegra sería la palabra. Y ahí anda él. Se siente mal, le duele todo, como si lo hubieran molido a garrotes. Pero, aunque no ve mucho, distingue unas figuras que se mueven, contornos, bultos como de gente desgarbada o animales grandes y flacos que deambulan en esta penumbra roja. Y así está; aguantándose el miedo. Y parece que el hombre está bastante acostumbrado a aguantar, digo yo. Y sí, es que además del viento lamentoso que suena todo el tiro, se escuchan gruñidos, gritos de tormento, llantos lastimeros que recargan el aire de este gran horno y hacen que uno lo respire. Como decir algo; nada o nadie dice nada. Desde que está acá, tampoco él escuchó una sola palabra, ni la va a escuchar, porque sólo hay quejidos, voces carnosas deformadas. Ni siquiera él pudo pronunciar nada desde que llegó. Se cansó de intentarlo, quiso preguntar qué es todo esto, qué son estas cosas que se mueven a su alrededor, a veces más lejos, a veces muy cerca hasta que lo atropellan y el susto le pone los pelos de punta, una y otra vez. Quiere hablar, pero no le sale, quiere preguntar si hay alguien que entienda algo, que le diga alguna cosa, pero no puede; y porque acá no se puede. Así nomás. Es como si las palabras se armaran en la cabeza y una vez cerca de la garganta quedaran atoradas y salieran rotas en un grito amargo y lastimero como el de una bestia que sufre. Y eso lo pone mal, lo angustia y lo desespera. Lo aflige, diría yo. Siente la cercanía de los bultos que se le van arrimando, que lo huelen y el cuero se le chupa de miedo, la carne de todo el cuerpo se le traba. Así mismo está. No sabía que se podía tener tanto miedo por tanto tiempo, y la verdad; no sé cómo la acidez que tiene no le agujerea el estómago. Acá nos pasa a todos. Ya es hora de que se entregue. Ojalá que se entregue pronto, pobre muchacho, le vendría bien no tener esperanzas porque no se van a cumplir, digo yo. Acá, de todo lo que hay, la esperanza es la peor tortura. Trae la quijada dura y la boca como un ladrillo bayo; como si el miedo y el calor le hubieran secado hasta la última gota de su saliva. Se toca los labios estropeados, fijensé, ¿ven? Siente sed y parece que a veces se acuerda de su mamá y llora. Llora como puede. Me da pena el pobre infeliz. Yo ya no le tengo miedo al miedo. Estoy acá hace rato. Pero esperen un poquito, ¿ven? Desde hace un rato, no sé. Algo está pasando, algo le pasa a éste. Miren ¿no ven o qué? Yo estuve atento y es muy raro, no sé. Porque paró de moverse. ¿Ven? Miren, fijensé nomás. Por qué se quedó tan quieto, éste…

Una pizca de un silencio que sólo él siente va mermando el tormento. Y enseguida, es como si sobre su rostro, en su boca negra y en el fondo del pecho le naciera una pequeña frescura. Como si le empezara a lloviznar por dentro. Va llegando un alivio. De a poco, aquél condenado para la oreja porque cree que escucha algo, es eso. Cierra los ojos bien apretados, quita sus manos de encima de las orejas y atiende, escucha; porque ahora algo escucha; primero son murmullos lejanos y al final son palabras, tienen sentido, esta vez no son sus propias ideas, son voces de mujeres que lo han estado buscando y llegan por él. Lo sabe y lo siente porque comienza a tener algo parecido a la calma, al consuelo. Y una paz le va creciendo.

-Dale Señor el descanso eterno

-Que la luz perpetua lo ilumine

-Que descanse en paz

-Que así sea.

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MARÍA FLORENCIA LUJÁN

Nacida en Corrientes en 1995, creció en Formosa y actualmente está cursando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Formosa. Su primera experiencia con la literatura la tuvo a los 16, en el colegio secundario. En el 2018, formó parte del “Taller de lectura y escritura creativa” del escritor y profesor Orlando Van Bredam, persona a quien admira. En 2019, formó parte de la antología “Taller de Miércoles” y “Ecos Literarios: Nuevas Letras y Voces Formoseñas”. En el 2020, se sumó al proyecto “Clandestinas”, obra que se encuentra en vías de ser publicada, y en septiembre del mismo año ganó el Concurso de Microrrelatos del Programa de Cultura del CFI, para la región NEA, con su obra “La sopa con bolitas”.

La sopa con bolitas

No sé en qué estaba pensando mamá cuando decidió que era buena idea hacer mi comida favorita justo el día que viene la tonta de Sarita. Yo detesto a Sarita porque siempre dice que la abuela la quiere más a ella. Una vez le hizo un bizcochuelo de naranja por su cumpleaños, y como el mío había sido de limón, dijo que la quería más a ella. Mamá dice que Sarita es mayorcita y por eso sabe mucho. Pero lo que ella no sabe es que la abuela y yo guardamos secretos en la sopa. ¡Secretos que esa tonta nunca sabrá!

La sopa con bolitas es mi comida favorita en todo el mundo mundial. Primero no me gustaba mucho, pero un día la abu Susana me dijo que si le susurramos a la masa un secreto o un deseo, al comernos la bolita se puede volver realidad. También me dijo que eso mismo era un secreto, por lo que tuvimos que guardarlo y comerlo después. Hoy viene Sarita, así que voy a decirle a las bolitas que no la quiero y la pobre boba se las tendrá que comer después.

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Catalina y el catalejo

- Fue cuando el cometa estuvo a punto de barrer la tierra con su cola de fuego.

De allí solía arrancar. Él decía yvja-ratá, con lo que la intraductible expresión fuego-del-cielo designaba al cometa y aludía a las fuerzas cosmogónicas que lo habían desencadenado, a la idea de la destrucción del mundo, según el Génesis de los guaraníes.

Augusto Roa Bastos, Hijo de Hombre.

En la noche del cometa no había nadie fuera, nadie más que Catalina. Ni siquiera una estrella adornaba el cielo negro de su jardín. Las luciérnagas parpadeaban entre las parraleras, mientras una polilla errante se golpeaba contra el cristal del ventanal.

La pequeña Catalina sabía que sería la noche del cometa, aunque no sabía cuánto tiempo exactamente tendría que esperar para verlo. El kerosén de la lámpara caía en grandes gotones y el fuerte olor le provocaba comezón en la nariz. Aun así eso no fue suficiente para hacer que se rindiera Era la noche del cometa, la noche en que por fin vería aquella línea de fuego en el cielo, de la cual muchas veces su abuelo le había hablado.

El pueblo, mientras tanto, era un alboroto. Todos se congregaron en la estación del tren emocionados y alzando cánticos que deseaban buenos augurios a los responsables de la misión. Catalina no entendía eso de las misiones de los adultos, por lo que poco y nada captó lo que su mamá le dijo antes de dejarla sola en el caserón.

– No me vayas que a salir mitacuñaí, que sé bien que te gusta cazar ranas con los Goiburú.

Pero como Catalina de casera tenía lo que de buena rezando el Salve, olvidó todos los recados y corrió directo hasta el gallinero, trepó por los horcones para llegar a lo más alto y se quedó junto al gallo dormido, con su catalejo verde y un puñado de maní.

Permaneció quietita, en aquel silencio soñador, respirando apenas para no despertar al Karaí. Puso su ojo bueno en el catalejo y miró un largo rato, pero el aburrimiento le agarró desprevenida, hasta que por el cansancio los dos ojos se le terminaron por cerrar.

Era la noche de la partida del convoy. El pueblo desprendía vida al ritmo del ¡Tierra y libertad!

El tren sonaba a la distancia y se mezclaba con los sueños de Catalina. Sin embargo lo que la despertó no fue aquella conmoción sino el estruendo de algo parecido a una explosión. En ese mismo instante la pequeña extendió su catalejo, moviendo sus piernas todavía adormecidas, mientras buscaba entre los postes del gallinero los rastros de aquella señal.

Una aureola naranja teñía ahora el cielo negro, y a la distancia, por el visor, pudo ver aquel hilito serpenteante que dibujaba un tren de fuego, casi fugaz.

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LUIS ALBERTO BENÍTEZ

Reside en Formosa desde 1983. Es periodista deportivo con antecedentes profesionales en varias emisoras del medio. Ha escrito más de doscientos poemas y cuentos, gran parte de ellos publicados en las redes sociales. Su tema predilecto es el amor de pareja. Asegura que la vida tiene muchas facetas y experiencias, pero amar es la emoción que nos permite disfrutar de las horas más felices.

Para que tú me escuches

te hablo con el lenguaje de mis noches

denso como un beso...

tenue como una melodía.

Eres mi melancolía...

frágil como un cristal...

Puedo modelar tu cuerpo

con las caricias de mis manos de alfarero.

Te amo mi dulce amor de primavera

amo tu cuerpo desgastado por la pasión desgarradora de mil noches...

Amo contemplar contigo

el fresco rocío en las mañanas

mientras disfruto tu mirada de hembra en celo.

Amo todo de tI mi amor...

tu voz, tus palabras...

tus silencios...

Amo el deleite de tu entrega pasional...

amo el recuerdo de tu triste despedida.

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Si mi alma errante

Recordará un día

el viejo camino

de regreso a casa…

¡¡¡Cuánto de mi vida

valdría el anhelo

de encontrar de vuelta

mi infancia perdida!!!

Si Dios me brindará

el milagro incierto

de volver de nuevo

a ser niño un día

¡¡¡Que asombro tendrían

mis ojos de infante

contemplando un mundo

por delante mío!!!

No sabría entonces

que la vida es bella

pero que en la penumbra

acecha el dolor.



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