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Virtualmente perdido



A días de finalizar el primer ciclo lectivo virtual de la historia educativa argentina, la conclusión es que el coronavirus dejó al descubierto graves problemáticas en el sistema, las cuales han dado como resultado un año virtualmente perdido.

En todo el país, las clases presenciales se suspendieron antes inclusive de que se decretara la cuarentena preventiva obligatoria. Y, aunque la mayoría de las actividades laborales fue saliendo del parate y recomponiéndose desde mayo o junio, las escuelas permanecen cerradas, con excepciones recientes en zonas sin circulación viral comunitaria que no alcanzan a cambiar la impresión generalizada que tiene la sociedad argentina de ocho meses de aulas vacías.

Las autoridades educativas nacionales implementaron al principio una medida provisoria, que terminó extendiéndose mucho más tiempo del esperado: la educación a distancia. Las y los docentes siguieron trabajando desde sus casas y los alumnos/as recibieron guías para desarrollar en sus hogares. Pero, a pesar de las mejores intenciones y de los mayores esfuerzos de las partes, quedó en evidencia una enorme desigualdad social y educativa.

Aunque no todas las escuelas de gestión privada del país estuvieron en condiciones de brindar educación virtual de lunes a viernes, sus alumnos y alumnas corrieron con una enorme ventaja este año al disponer de más herramientas tecnológicas que los establecimientos públicos, lo cual hizo que se estirara la brecha entre unas y otros.

En muchas provincias, por no decir en todas, se advirtieron de entrada las dificultades de estudiantes de escuelas públicas para acceder a las plataformas virtuales. Algunos hicieron el esfuerzo necesario por mantenerse comunicados con sus docentes; otros, no tanto. Pero hay un tercer grupo cuyos miembros se pasaron el año literalmente desconectados de sus educadores, aun teniendo la posibilidad de recibir las consignas por celular.

Por otro lado, la experiencia virtual 2020 vino a confirmar que los niños, las niñas y los adolescentes no estudian solos/as: necesitan de un mediador o mediadora. Empero, la emergencia encontró a no pocos maestros/as y profesores/as sin acceso a Internet en sus casas o sin la capacitación mínima para producir contenidos para la Web.

Paralelo a eso, muchos madres y madres no tuvieron ni el conocimiento ni la predisposición indispensables para sentarse con sus hijos/as y oficiar como un docente virtual. Una cosa es supervisar la realización de una tarea -cosa que ni siquiera algunos hicieron- y otra, muy distinta, interactuar con el material que envía el docente, leer, interpretar, analizar y explicar.

Otro aspecto pasa por el Estado en sus tres niveles y todas sus jurisdicciones: faltó infraestructura digital suficiente como para que todas las escuelas de gestión pública, incluidas las más remotas, pudieran operar simultáneamente en una plataforma. Tampoco, como se dijo, se capacitó a la docencia para la virtualidad.

La pandemia expuso una brecha educativa que urge achicar ni bien pase la emergencia sanitaria. De lo contrario, seguirá creciendo.



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