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Pérdida de valor


La preocupante devaluación que se observa en el valor del peso, a través de un proceso iniciado en abril de 2018 y que hoy se mantiene con algunos matices, parece ser el reflejo de una serie de depreciaciones que se observan en nuestro país en muchos otros aspectos, que merecen ser tenidos en cuenta para comprender el contexto actual.

Varios economistas vienen advirtiendo sobre la baja demanda de pesos y el sostenido requerimiento de billetes norteamericanos, incluyendo aquellos que se ofertan en el mercado oficial y con un impuesto del 30%. También, se señala que los incrementos que se observan en las cotizaciones de los mercados “paralelos”, como el dólar “blue” y el Contado Con Liquidación, reflejan el verdadero valor del dólar y la auténtica caída de la apreciación de la moneda nacional, en un escenario de elevada emisión monetaria, escasez de dólares y baja consideración de la moneda nacional como reserva de valor.

Cabe recordar que hace algunos años, cuando el Estado nacional era conducido por Cristina Kirchner, un conocido analista había dicho que el billete de 100 pesos iba camino a su “muerte” y que la depreciación de la moneda era antes un problema social y político que económico, porque representaba una manifestación de la incapacidad que tiene el país para cumplir contratos, mantener políticas de Estado, conservar inversiones, preservar el ahorro público y privado, brindar certidumbre a la ciudadanía y transmitir confianza en el Gobierno.

Además, se resaltó el vínculo del dinero con la fiabilidad, así como su rol de garante del orden económico y social para posibilitar el equilibrio entre crédito y deuda, asegurando previsibilidad en las transacciones. Por ello, puede decirse que la situación actual es resultado de numerosos desaciertos que fueron erosionando la credibilidad de la dirigencia política y de otros sectores a lo largo de los años.

Por lo expuesto, es conveniente enumerar algunas de las otras “devaluaciones” que se registran a diario. Una de ellas es la del valor de la palabra. Hoy en día, los mensajes de los funcionarios públicos y de muchos otros referentes parecen no tener peso debido a la dificultad que evidencian esas personas para generar confianza o cumplir compromisos de toda índole. Esto hace que la “palabra empeñada” se encuentre prácticamente en vías de extinción.

En este sentido, hay muchas otras áreas “depreciadas” que merecen ser analizadas en varias ocasiones y con mayor profundidad, como la educación -que antes de la cuarentena, ya estaba en crisis por los problemas de aprendizaje y la alta deserción en algunos Niveles- y el trabajo -por el desempleo masivo en algunas áreas y la precarización de diversos sectores-.

En síntesis, es tiempo de dejar de lado las cuestiones partidarias y generar aquellos ámbitos de diálogo que sean necesarios para hallar soluciones a los problemas actuales y recuperar, de manera lenta pero sostenida, el valor y el sentido de aquellos elementos que componen la existencia cotidiana, como la palabra, la moneda y las instituciones. No hay que permitir que los efectos de la pandemia terminen generando un daño irreparable a los vínculos entre los partidos políticos y entre diferentes sectores de la sociedad, porque ello afectará aún más a nuestra “devaluada” democracia.



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