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Efecto ambiental


El siglo XXI comenzó con nuevas inquietudes ambientales, algunas de las cuales fueron bien recibidas en la Argentina. Una de ellas, la de limitar el uso de bolsas plásticas, como una medida de protección al ambiente. Varios municipios del país pusieron en marcha medidas al respecto, mientras que importantes comercios decidieron por cuenta propia dejar de entregar dichos elementos, o empezaron a cobrarlos.

En Formosa, una cadena de supermercados picó en punta hace una década, pero su ejemplo no cundió lo suficiente, ya que hoy la mayoría de los comercios y tiendas locales sigue repartiendo bolsitas de polietileno de baja densidad, polietileno lineal, polietileno de alta densidad o de polipropileno (todas no biodegradables), muchas de las cuales terminan siendo utilizadas para acondicionar la basura doméstica. Es decir, todo va a parar al vaciadero municipal o a sitios clandestinos.

Los plásticos -derivados del petróleo- están entre los desechos que más tardan en degradarse. Pero, además, los restos de bolsas generan el mayor impacto visual cuando vuelan en los alrededores de los basurales y plantas de tratamiento. Son, de algún modo, el residuo que más ve la gente, aparte de ser uno de los que mayor daño le ocasiona al medioambiente.

Al cabo de poco más de diez años de las primeras experiencias en contra de la distribución de bolsas de plástico, un repaso por los centros urbanos del país permite observar avances, tareas pendientes y algunas contradicciones. La primera conclusión es que la prohibición total hasta ahora no funcionó, dado que en todas las ciudades sigue habiendo bolsas entre la basura.

Las mejores intenciones y las propias normas se atascan, por ejemplo, contra una realidad evidente: los vecinos retiran sus residuos hogareños en bolsas, que siguen siendo plásticas. Pero hay matices en los resultados: la reducción depende del nivel de control que ejerce cada municipio. En muchos casos -conviene aclarar–, la restricción se aplica casi exclusivamente en los supermercados. Por lo tanto, aunque resulte eficiente en esos ámbitos, es siempre parcial: la mayoría de los comercios restantes no están involucrados.

Otro punto: algunas localidades admitieron el uso de las denominadas “oxodegradables” u “oxibiodegradables”, que en realidad no se degradan. También son de polietileno y sólo se despedazan más rápido que las clásicas. Por ende, el efecto ambiental es el mismo, aunque en lo visual impacten algo menos.

En países desarrollados circulan las bolsas realmente biodegradables: aquellas que se descomponen mucho más rápido porque son de materia orgánica. Su fabricación no tiene como insumo los derivados del petróleo, sino el almidón vegetal de maíz o de papa.

La apuesta por este tipo de material es un camino que debe empezar a recorrerse seriamente. Las bolsas plásticas son una parte -y no la principal- del irresuelto problema del destino de la basura. Incluso, representan el menor volumen entre los plásticos que se desechan. No obstante, aunque haya otras prioridades ambientales, el problema que generan merece mayor atención.



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