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Primer paso


La reactivación de la Autovía 11 -entre el puente San Hilario y la Cruz del Norte- representa para nuestra provincia una nueva esperanza de contar con al menos un acceso vial seguro a su ciudad capital. Una nueva esperanza, aclaramos, porque las expectativas de los formoseños, en este sentido, se han visto varias veces defraudadas en las últimas dos décadas y sobre todo después de que el Gobierno nacional anterior decidiera paralizar los trabajos en el tramo mencionado.

El Plan Nacional de Seguridad Vial constituyó un paso alentador en la dirección correcta para mitigar el flagelo de las muertes por hechos de tránsito. Sin embargo, Formosa no recibió sus beneficios. Mejor dicho, los recibió a cuentagotas y con interrupciones que impidieron finalizar las obras. Así quedó inconcluso el Acceso Sur y no se pudo ensanchar -hasta hoy y a pesar de los largos reclamos de la Provincia a Vialidad Nacional- el Puente Blanco, en el Acceso Norte.

Después de tantas postergaciones cabe esperar que la terminación de la Autovía 11 entre Tatané y Formosa sea el comienzo de un cambio estructural de la red vial en nuestro territorio, surcado por cuatro rutas nacionales, todas ellas con un papel protagónico en la región, sea por su importancia en el marco del Mercosur, sea por conformar ejes estratégicos de la conexión bioceánica.

La seguridad vial es un trípode que se asienta en la educación vial, el efectivo cumplimiento de las normas de tránsito y una adecuada infraestructura. Esta última cuestión reviste la máxima prioridad a poco que se advierta que la mayoría de los “accidentes” mortales se producen en las vías de tránsito que la sabiduría popular ha denominado con propiedad “rutas de la muerte”.

Como ya se ha dicho en esta columna, desde 1930 hasta nuestros días el parque automotor ha crecido más de 25 veces, pasando de 300.000 a cerca de diez millones de vehículos. Entre tanto, la mayoría de las carreteras siguen siendo prácticamente las mismas. Hay más kilómetros pavimentados, por cierto, pero conservan las mismas características de diseño de antaño: angostas, con tránsitos enfrentados, pasos a nivel sin barrera y curvas peligrosas; atraviesan los cascos urbanos, están abiertas a la invasión de animales sueltos y carecen del equipamiento de seguridad que hoy es de norma en el mundo.

No alcanza con mejorar las actuales carreteras tapando baches, agregando carteles de peligro o incluso renovando la carpeta asfáltica. Es necesario modificar la estructura de las carreteras transformando las “rutas de la muerte” en modernas autopistas inteligentes. Entre sus beneficios pueden citarse las calzadas divididas para separar los flujos opuestos y para conjurar el fatídico choque frontal, hoy responsable de los dos tercios de las muertes en ruta en la Argentina.

El breve tramo de 30 kilómetros de autovía entre Tatané y Formosa, cuya terminación se anhela, será apenas el primer paso rumbo a materializar ese sueño de ahorrar vidas en nuestras carreteras. El segundo, de urgencia no menor, aguarda con impaciencia su turno entre la Rotonda de la Virgen y el populoso barrio Namqom.



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