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De esto no se habla: Cómo Sanar la Envidia

Una columna de Tona Galvalíz


Todos podemos ser grandes; y grande es quien para brillar no necesita apagar la luz de los demás.

¿Qué lleva a un individuo a envidiar a otro?

  1. Desear para sí, lo que otro tiene, lo que otro significa, o es.
  2. Compararse, competir, rivalizar con otro.

Un envidioso es un ser humano doliente, sufriente, triste, inadaptado, atrapado por sentimientos destructivos y negativos, esto afecta su mundo de creencias, autopercepción y emociones.

Atravesado por heridas silenciosas y ocultas del alma que deforman la manera de valorarse, dañándose, disminuyendo su estima y amor propio.

Engendrando complejos de inferioridad, invalidando la posibilidad para captar y conectar con el lado luminoso y poderoso de sí mismo; no pudiendo ser lo que el sujeto está llamado a ser.

La envidia es una “enfermedad emocional” muy nociva y estresante, que enferma el cuerpo y el alma. Es una peste social invisible.

El alma también enferma. Alma =Ánima = lo que da vida.

Hablar de un alma enferma por envidia, es hablar de una persona lastimada en el amor; entre otras tantas cosas, significa que no puede confiar, que vive a la defensiva, controla, preso de miedos, carencias; vive con peligros anticipatorios, no puede proyectar o construir vínculos, relaciones saludables, profundas, duraderas y verdaderas.

Es importante recordar que somos creadores de realidad, lo que creemos de creencia, creamos, le damos forma y materializamos.

Henry Ford afirma: “Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, estás en lo cierto”.

Puede que las vidas con sus escenarios te trajeron situaciones que te han afectado, o a alguien de tu entorno; circunstancias que han alterado el curso de bienestar, del bien vivir, del buen sentir, del bien decir, del bien mirar.

¿Y cómo saber si esta enfermedad hirió tu alma?

La envidia es una emoción negativa, disfuncional, difícil de reconocer, fácil de negarla. Genera mucha tensión. Con impulsos que predisponen al malestar, al malvivir, al mal sentir, al mal mirar, al maldecir, a la insatisfacción.

Personas afectadas por este mal, están re-sentidas, sintiendo una y otra vez malestar espiritual, tienden a la burla, a la crítica, a descalificar, desmerecer, a traicionar, a mentir, a engañar, se vengan, son codiciosos, incoherentes, falsos, inclinados a apropiarse de lo ajeno. Manifiestan dificultad para reconocer, admirar o sentir inspiración por otros.

El envidioso no puede mirarse, aprobarse, ni ahondar en sí; su foco de atención siempre está fuera de sí mismo; posee bloqueos en la capacidad para identificar sus talentos, cualidades, su valoración personal para desarrollar su potencial que espera por él.

Por eso: te observa, te critica, te envidia, te imita y quiere ser como vos.

Lamenta tu pena, te desea el bien, pero cuando te va bien le molesta y se amarga.

Se siente opacado con tu brillo, tu luz, tu logro lo vive como amenaza.

Celebra tu logro falsamente, pero en realidad, envidia y le molesta.

No se puede ser feliz y envidioso al mismo tiempo.

Un viejo refrán dice: “Quereme cuando menos lo merezco y más lo necesito”. Dicho de otro modo, esto invita a empatizar con el dolor y sufrimiento; habilitarnos para pasar por el corazón la miseria propia y la ajena.

MISERICORDIA: Miseria + cordis = miseria/carencia + corazón.

Se puede estar condicionado por hechos dolorosos, pero no se está determinado. No está dicha la última palabra.

Existen caminos de recuperación, liberación y sanación.

En la Biblia dice: “Todo es posible para el que cree”, palabra de Jesús en Marcos 9:23.

En las terapias de acompañamiento y desarrollo personal que brindo a mis clientes, trabajamos juntos para remplazar creencias limitantes por otras poderosas, desbloqueo traumas emocionales, se refuerza la estima, valoración y confianza personal, se reduce el estrés, recuperándose el bienestar, satisfacción, tranquilidad y paz.

Es posible sanar y recuperar la luz propia que vive en tu interior, para eso hay que mirar para adentro. Te mando un beso inmenso.



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