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Sin excusas


Tan absurdos como los terraplanistas, y mientras el mundo entero ruega por el pronto descubrimiento de una inmunización eficaz contra el coronavirus, distintos grupos continúan haciendo campañas en contra de las vacunas, negando o desconociendo la importancia de éstas en la prevención de distintas enfermedades.

Las vacunas, en sus amplias gamas, deben ser revalorizadas en tanto le ponen una barrera a la propagación de males que, de otra manera, seguirían causando estragos en la población. Sin ir más lejos, los especialistas han podido determinar que la falta de cumplimiento del calendario anual de vacunación ha llevado a la Argentina a una suerte de recaída respecto de enfermedades que se consideraban erradicadas de nuestro suelo.

La prueba inequívoca es que la alerta epidemiológica que se activó el año pasado por la reiteración de cuadros de sarampión en niños/as de entre 11 meses y tres años en la provincia de Buenos Aires tuvo un común denominador: en ninguno de los casos las criaturas habían sido vacunadas.

Con ninguna excusa y bajo ninguna circunstancia alguien puede objetar la relevancia de la vacunación como sistema sanitario decisivo para salvar vidas y en bien de evitar la expansión de las distintas afecciones por contagio. En este sentido, y sobre todo cuando de menores de edad se trata, es determinante el papel de los padres y de los adultos en general en el cumplimiento de los esquemas recomendados.

Hoy más que nunca, en plena carrera por una vacuna contra la pandemia que conmueve al planeta, debemos insistir en refutar las teorías y las culturas de los grupos que se oponen a este soporte inmunológico indispensable. Para ello basta con remitirnos a los estudios y a las conclusiones de entes internacionales como la Organización Mundial de la Salud, según la cual, completar las coberturas aconsejadas por los expertos evita aproximadamente tres millones de muertes al año, sobre todo de niños y de adultos mayores.

A pesar de ello, en ciertos sectores de la sociedad argentina se verifica un cierto desapego por completar el menú de dosis. Datos oficiales permiten saber que, en algunas provincias, las coberturas descienden sustancialmente después de los 12 meses. En esos casos, el segmento de bebés de 15 meses pasa a ser el más desprotegido. Un efecto que alcanza, también, a los niños/as de 11 años y a las embarazadas.

Al analizar los registros, saltan altas coberturas en las primeras dosis, por lo que el problema se presenta en vacunas que necesitan más de una aplicación y, con ello, más visitas a los centros sanitarios. Para cambiar esto es fundamental la responsabilidad de los padres, como así las campañas de difusión para que la gente cumpla con el cronograma de vacunas en toda su extensión. Y si los contextos de precariedad social y de pobreza lo demandan, acudir a las regiones más distantes de los dispensarios.

A la insensatez de los colectivos antivacunas debe oponérsele una fuerte convicción social y del Estado que permita ir corrigiendo las fallas que, por ejemplo, hacen posible que todavía haya escolares con esquemas de vacunación incompletos.



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