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Bolsillos desvalidos


Las grandes cadenas dedicadas a la venta de alimentos son las que, en términos comerciales, menos sufren el agravamiento de la situación económica que trajo aparejado el coronavirus. Paralelamente, la crisis social en alza repercute de manera directa en el presupuesto de los hogares de menos recursos, sobre todo a la hora de valorar los gastos para la compra de productos de la canasta básica. El panorama se completa con planes oficiales que no terminan de concretarse y con una suba de precios sin pausa que -aun en plena recesión y mientras se pierden empleos y se reducen salarios- sigue carcomiendo los bolsillos de millones de argentinos.

En momentos tan sensibles para la población, es de suma utilidad aguzar el ingenio y buscar gestiones imaginativas que colaboren no sólo en brindar al público una información veraz en materia de costos, sino también respecto de la calidad del variado menú de comestibles. Algo así como la idea que tuvo el año pasado la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), a través de la Red Alimentaria: el lanzamiento de un portal digital con referencias actualizadas sobre precios de artículos de consumo diario.

Una loable iniciativa que no sólo aporta consejos oportunos sobre alimentación saludable, brindados por profesionales nutricionistas, sino, lo más importante, compromete la intervención activa de la universidad pública en un entramado socioeconómico difícil, a partir de una herramienta que plantea la defensa y promoción de una nutrición saludable y la búsqueda de precios accesibles. Estos objetivos -trazados como dijimos en 2019 por la UNC- deberían estar más vivos y presentes que nunca en circunstancias como las que atraviesa la Argentina por culpa de la pandemia de COVID-19 y la cuarentana consecuente.

La comunidad universitaria nacional está llamada a colaborar, por ejemplo, en el cotejo y el relevamiento periódico de costos -tarea que podría estar a cargo de expertos de todas las facultades de Ciencias Económicas-, para facilitar a los consumidores la compleja tarea de comparar precios y calidad entre los centros de compras de las principales ciudades del país.

En un escenario socioeconómico cada día más complicado, de carencias que afectan sobre todo a los grupos más vulnerables, un paso determinante sería poner a la universidad pública al servicio de la sociedad a la que pertenece de distintas maneras. Igualmente plausible sería que otros sectores sumen gestos de sensibilidad comunitaria, por ejemplo, aquellos que mueven la gigantesca rueda de formación de precios que hoy sigue girando a un ritmo que no se compadece con las penurias ciudadanas.

Como se ha dicho en esta columna en crisis anteriores, el esfuerzo no puede caer siempre sobre los acotados bolsillos de los consumidores, menos aún si se toma en cuenta a los miles de familias que ya no tienen acceso al sustento alimentario elemental y que, según las estadísticas oficiales, van sucumbiendo bajo la línea de pobreza por falta de trabajo y por recortes en sus haberes que no tienen forma de compensar en un mercado laboral profundamente deteriorado por la emergencia.



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