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Incorporar y sostener


Aunque todavía no está tomada la decisión, es probable que el mes que viene se reanuden las clases presenciales en áreas rurales de nuestra provincia; esto es, en zonas del interior con baja densidad poblacional. No así en la ciudad de Formosa ni en otras localidades importantes de tierra adentro. Todo dependerá de la situación epidemiológica local en los próximos días. El propio ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, hizo esta aclaración durante la teleconferencia con el gobernador Gildo Insfrán y mandatarios de otras ocho provincias donde no existe circulación comunitaria de coronavirus.

La posibilidad cierta de un regreso escalonado a las aulas físicas en el país, y rogando que en ningún caso se repita la mala experiencia de una provincia vecina que tuvo que retroceder por la aparición de nuevos casos de COVID-19, después de haber sido la primera en reabrir las escuelas, vuelve a poner en debate aspectos cruciales del sistema educativo que quedaron congelados durante la cuarentena como ser los niveles de escolarización y de repitencia.

Una pregunta clave es si la educación argentina puede considerarse exitosa por el simple hecho de presentar una matrícula que crece mientras baja la cantidad de repitentes; situación que, según fuentes oficiales, se venía dando hasta el año pasado en casi todo el país. A propósito de ello, ¿cuáles son los indicadores que marcan que las y los estudiantes secundarios aprenden y están en condiciones de egresar con los conocimientos necesarios para acceder a una universidad o conseguir un empleo en blanco?

El presente período lectivo arrancó con más alumnos/as en las escuelas que el ciclo anterior. La noticia, en sí -dejando de lado la suspensión de las clases presenciales que trajo aparejada la pandemia-, es buena; sin embargo, las cifras, en el nivel medio, esconden una vieja realidad: hay más chicos/as en las aulas, pero muchos/as no se sostienen en el sistema.

El promedio nacional de adolescentes que terminan en seis años el secundario ronda el 60 por ciento. El resto van quedando rezagados por repeticiones o por abandonos temporarios de la escuela. Aunque el dato muestra una situación grave, el índice es mejor que hace unos años, ya que la permanencia aumentó. El tema es que la tasa de titulación no se mueve del 50 por ciento. Esta realidad se hace evidente en cualquier institución, en especial de gestión estatal. Los cursos de primer año son numerosos, pero las divisiones de sexto suelen ser de pocos alumnos. Es decir que, en algún momento, los estudiantes se esfuman.

El problema, por lo tanto, no es el acceso, ya que el sistema se viene expandiendo en los últimos años, fruto de políticas públicas. La piedra en el zapato es la permanencia y el aprendizaje. Un desfasaje educativo a tener en cuenta en la post pandemia, para que la capacidad de sumar más alumnos/as no vaya de la mano de una dinámica de expulsión involuntaria, pero real, a lo largo de su trayecto.

De lo que se trata, en definitiva, es de aprender a conjugar a la vez dos verbos trascendentes para el aprendizaje de nuestros jóvenes: incorporar y sostener.



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