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Magra civilidad


Pocas ciudades del país han alcanzado un nivel satisfactorio en la recolección, tratamiento y disposición final de los residuos domiciliarios. Ni hablar en lo que respecta a separación diferenciada y reciclado. Apenas aceptable en algunas localidades, estos servicios siguen provocando quejas por diversas falencias, entre ellas una que en los últimos años alcanzó también a la ciudad de Formosa: la mala utilización de los contenedores ubicados en la vía pública.

Buscando antecedentes sobre esta alternativa a los cestos domiciliarios encontramos que en 1982, antes de que se sancionara la primera ley de reciclado, se instaló en la plaza Sant Jaume, de Barcelona, el primer contenedor “verde” español. Sin embargo, no fue una idea ibérica: antes ya había experiencias exitosas en otros países europeos y también en ciudades norteamericanas.

Hacia fines del siglo pasado, la iniciativa llegó a la Argentina. Una de las primeras en experimentarla fue la ciudad de Córdoba, mediante contenedores que tenían forma de campana. Nunca se llegaron a usar mucho pero al menos no fueron vandalizados. Los que vinieron después, en cambio, sufrieron desde quemaduras hasta robos, pasando por choques y roturas. Hoy existen alrededor de cinco mil contenedores en la capital mediterránea, muchos de ellos nuevos, pero la vandalización continúa. Según un relevamiento realizado el año pasado, en apenas cuatro meses, más de 200 ya habían sido destruidos.

En otras ciudades ocurre lo propio, encontrándose cada tanto las autoridades municipales -o las empresas que prestan el servicio- con casos sorprendentes: comercios y hasta familias que se llevan los contenedores para usarlos dentro de sus locales o viviendas. Ergo, no se trata solo de actos vandálicos sino también de hurtos que terminan perjudicando a otros vecinos.

En Formosa, muchos de estos depósitos no son ajenos a hechos de similar factura que terminan representando una pérdida económica para el municipio. Como metaforizara un funcionario de una comuna extraprovincial, harto de la vandalización y/o desaparición de contenedores en distintos barrios, “duele ver como parte de la plata que se invierte en equipamiento termina tirada a la basura”.

Equipados con rueditas, fueron pensados para no quedar fijos en un sitio, pues la intención es que la propia convivencia vecinal les encuentre el lugar más conveniente. Sin embargo, en muchas ciudades argentinas lo que se observa son vecinos que los mueven de sus cuadras y los llevan rondando a otras, sacándose de encima el problema colateral que representan los desbordes de basura. No puede dejar de señalarse, asimismo, la actitud desconsiderada de aquellas personas que se trasladan a otros barrios a descargar sus desechos hogareños, o la de quienes tiran de todo en contenedores que no corresponden.

Se trata, en fin, de un problema cultural y de falta de educación, que no se solucionará con cambios tecnológicos como los que intentan algunas comunas del país. Tanto esfuerzo público dedicado simplemente a que no se rompan más contenedores funciona como signo de magra civilidad.



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