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Insensatez humana


Se comenta que en Estados Unidos aumentó exponencialmente la venta de armas en las últimas semanas, por la extraordinaria propagación del coronavirus en ese país. El temor de muchos ciudadanos norteamericanos que hasta ahora no se habían armado por razones de inseguridad, es que la pandemia termine desatando oleadas de violencia y asaltos a centros comerciales, en el marco de un agravamiento de la crisis sanitaria y eventuales situaciones de desabastecimiento.

Sí, otra vez el debate sobre el armamentismo civil en la gran potencia bélica del planeta. Sin embargo no es el único caso en que un tema tan delicado aparece en escena. Durante el gobierno de Mauricio Macri, su ministra de Seguridad llegó a decir que “el que quiera estar armado (en la Argentina), que ande armado”, aunque luego se vio obligada a bajarle el precio a las especulaciones referidas a la posible liberalización en la tenencia de armas. Bienvenida la aclaración.

La preocupación por este tema se extiende a Brasil, donde Jair Bolsonaro decidió flexibilizar la tenencia de armas en un país que tiene, junto a Japón y Gran Bretaña, una de las legislaciones más restrictivas del mundo en esa materia. Lo curioso es que en Brasil no existe libre portación de armas como en algunas jurisdicciones de Estados Unidos, por lo que el anuncio presidencial fue entendido como un doble mensaje: el Estado no puede defender a los ciudadanos, pero les damos las herramientas para que lo hagan por sí mismos.

Lo que pareciera estar haciendo el COVID-19 es agravar esta preocupante tendencia en algunos países cuyas autoridades simpatizan alegremente con la proliferación de armas aun entre los civiles.

Pero hay más elementos a tener en cuenta. Por ejemplo, como la violencia es un fenómeno creciente contra el que se estrella el cortoplacismo de casi todos los gobiernos -hoy, encima, acorralados por la coyuntura del coronavirus-, el apuro lleva a cada uno a encuadres minimalistas en los que participan, con igual ceguera o ligereza, los garantistas y los partidarios de la mano dura.

Por más controles que hagan falta por la cuarentena, por más hechos de inseguridad que puedan ir apareciendo hasta que la situación se normalice, no serán ni los militares, ni los policías, ni mucho menos los civiles armados los que puedan con el problema. El virus que azota a la humanidad cuenta con armas invisibles pero mortales: el contagio fácil y silencioso, la displicencia de algunos gobiernos, la falta de prevención de muchas personas. No parece una idea sensata tratar de enfrentarlo a los balazos.

Confiando en que la curva de contagios se irá aplanando hacia mediados de año, con lo cual -como esperan los especialistas- para fines de 2020 el desastre sanitario estaría superado, hay deudas de largo plazo que siguen latentes: calidad educativa, llegada del Estado allí donde todavía brilla por su ausencia, proyectos de integración, promoción de la olvidada cultura del trabajo, acceso a una Justicia eficiente y confiable para todos y todas. Y mayor conciencia sobre el uso de armas en un contexto de inseguridad que podría agravarse.



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