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Niñas en peligro


La salud pública es un ámbito que no permite distracciones, ya que no sólo las amenazas se renuevan día a día -como el estallido de coronavirus en China-, sino que viejas enfermedades están listas para volver apenas encuentran una barrera baja. Es el caso del sarampión, que se creía erradicado pero que ha reaparecido.

Las victorias en este campo, por ende, son siempre transitorias y deben ser sostenidas con acciones concretas y permanentes. Con más razón, cuando se trata de males mucho más graves como el Sida, instalado hace más de cuatro décadas a nivel planetario y siempre al acecho.

Conviene recordar que el Síndrome de inmunodeficiencia adquirida ha significado, a lo largo de todo ese período, una catástrofe sanitaria mundial por la cantidad de vidas perdidas o irremisiblemente dañadas. Además, claro, de los perjuicios económicos derivados, de una magnitud que pocos se atreven a estimar.

Por suerte, la ciencia ha dado en los últimos años con un efectivo “cóctel” de fármacos contra el VIH. Sin embargo, la batalla aun no puede darse por ganada ni mucho menos. Juegan en contra, lamentablemente, posturas religiosas dogmáticas y hasta afirmaciones temerarias como las vertidas hace poco más de un año, en el mismísimo Congreso de la Nación, acerca de la “inutilidad” del preservativo. Esto es, toda buena práctica en la materia corre el riesgo de tropezar con obstáculos que personas con un manifiesto desprecio por la ciencia y el sentido común, se empeñan en poner en el camino.

Mientras esto todavía sucede en la Argentina, la UNICEF advierte que es alarmante el impacto del Sida sobre las niñas, al punto que desde hace un tiempo se contagia una cada tres minutos. Un dato que debería llamar a reflexión a quienes insisten en pronunciarse livianamente sobre un tema que cuesta muchas vidas.

Volviendo al inicio, la pregunta es si no habrá distracciones en la lucha contra el VIH en el país. Si la respuesta fuera negativa, nos interesaría saber cómo marchan los supuestos “esfuerzos mancomunados” de autoridades sanitarias, de científicos, de investigadores, de profesionales de la salud y de educadores para concienciar sobre un problema al que de alguna manera se ha conseguido acotar en sus consecuencias, sin por ello erradicarlo, y qué razones llevan a su nueva propagación cuando tanto se había avanzado sobre su control.

La miseria crónica de vastas regiones no es ajena a la cuestión, del mismo modo que tampoco lo son la frecuente abulia oficial y los descuidos particulares. Sin embargo, debe observarse que ya no se está hablando de una enfermedad contraída por adultos imprudentes en sus contactos sexuales o adictos a drogas duras, sino de la propagación entre menores de edad por factores diversos. Y condenar a quienes recién se asoman a la vida es de una crueldad aborrecible.

De ahí la necesidad perentoria de retomar las campañas de divulgación y prevención contra un virus que no ha sido vencido, y que se retroalimenta todavía gracias a la cerrazón de algunos o a la irresponsable imprudencia de otros a la hora de hablar sobre las prácticas sexuales y sus posibles consecuencias.



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