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Juan Rulfo, a 34 años de su muerte



Por Washington

El pasado 7 de enero, se cumplieron 34 años de la muerte de uno de los escritores latinoamericanos más importantes. Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, más conocido como Juan Rulfo, logró posicionarse, aun con una obra literaria sumamente limitada, en un sitial indiscutible a la hora de abordar la narrativa hispanoamericana, debido a la importancia cabal que revisten sus obras: “El llano en llamas” (1953) y “Pedro Páramo” (1955) y “El gallo de oro” (1980).
Nacido en Jalisco, México, un 16 de mayo de 1917, pudo nutrirse durante largos años de la lectura de los libros que un sacerdote conocido del pueblo guardaba en casa de sus abuelos paternos en San Gabriel, con quienes pasó gran parte de su infancia.
Más adelante fundaría la revista literaria “Pan” y contraería matrimonio con Angelina Aparicio Reyes, con quien tuvo cuatro hijos.
Gracias al otorgamiento de una beca en 1952, pudo costear la publicación de sus dos primeras obras literarias, “El llano en llamas” (1953) y “Pedro Páramo” (1955), que lograrían alcanzar significativa trascendencia y una gran influencia en los escritores que lo siguieron, aún hasta hoy.
Influenciado por la obra del estadounidense William Faulkner, Rulfo generó un impacto indiscutible en los escritores de su generación adscriptos al denominado “boom latinoamericano”, inmediatamente posterior, lo que facilitó el reconocimiento internacional y la expansión de la literatura en lengua hispana durante los años ‘60 y ‘70.
También dedicó horas de su vida a su rol de fotógrafo aficionado, lo que le valió exposiciones en espectros culturales importantes de México. Falleció el 7 de enero de 1986.
En esta oportunidad, Cronopio quiere resignificar su figura a través de la importancia que reviste su obra literaria, para lo cual contó con la colaboración de sus lectores: el escritor formoseño Jorge Manuel Aponte nos dio su mirada particular de la obra de Rulfo, y estudiantes de la cátedra Literatura Iberoamericana del Profesorado en Letras de la UNaF, quienes aportaron sus ensayos escritos desde una mirada crítica de la novela “Pedro Páramo”, obra maestra del autor.
Los textos de los alumnos forman parte de un ejercicio de escritura de la cátedra en el que debían apropiarse del texto literario y exponer una experiencia de lectura que resultara ‘novedosa’ o ‘seductora’ para destinatarios lectores de la novela, con pequeños toques de teoría y crítica literaria. Su objetivo era socializar o difundir de alguna forma sus producciones ensayísticas, por lo que las compartieron a Cronopio.


LIBRE E INAMANSABLE - Por Jorge Manuel Aponte

Aunque leamos de nuevo los dos libros de Rulfo que ya leímos, vuelve a ocurrir el milagro; quedamos fascinados ante la maravilla del movimiento perpetuo de su obra, que siempre cambia y nunca es la misma. Pensamos entonces que somos nosotros los que cambiamos; y es cierto. Sin embargo, existe algo extraordinario que nutre su ecosistema literario y que está más allá de nosotros, porque es parte de su configuración; la arquitectura viva de su textualidad está diseñada para variar. En la estructura virtuosa de su literatura, el espacio, el tiempo, el silencio y la muerte se constituyen rompiendo sus propias reglas, no son límites para definir cómo, cuándo y hasta dónde debe moverse su autor. Contrariamente, es Rulfo quien obliga al espacio, al tiempo, al silencio y a la muerte a deformarse para reinventar nuevas referencias. En ellas se juegan el mito y la revolución del lenguaje, pero también la subjetividad y las profundas contradicciones de la condición humana. En la obra de Juan Rulfo está México, puede estar Formosa, cabe Latinoamérica y existe la Humanidad. Podemos intuir realidades sin la necesidad de descifrar por completo el misterio del simbolismo rulfia­no, podemos reinterpretar sus sentidos y poner de nuestra cosecha en cada pasaje, podemos jugar con una temporalidad circular para abandonar los carriles del tiempo lineal y recorrer las fronteras entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, entre voces pasadas atrapadas en un presente que se actualiza en cual­quier momento dentro de enormes bucles sin bordes. Y es que la vida de Juan Rulfo está cifrada en su talento, contiene su timi­dez, sus sufrimientos, su pasiones, su preparación artística, su oído finísimo, sus mie­dos, sus silencios virtuosos cargados de armonía poética. El escritor se ha dedicado a mentirnos, a embaucarnos, a me­ternos el perro de sus combinaciones que se apoyan en la realidad para transformarla y trascenderla, para que vivamos la in­tensidad de sus viajes extraordinarios. No necesitó acrobacias expresivas ni artificios trambólicos, sus palabras se simplifican de un modo magistral y son portadoras de complejidades profundas; como diría Wagensberg, “evocan lo máximo con lo mínimo”. Es poesía y música compuestas con una creatividad inexplicable que nos conmueve y cree ciegamente en nosotros, seamos quienes seamos sus lectores.
¿No les parece extraño conmemorar 34 años de la muerte de quien ha burlado la muerte haciéndole un lugar entre noso­tros? Sus muertos aún no mueren, están ahí y seguirán estando acá. La interpela­ción es permanentemente artística y profundamente humana. Al decir de Juan Villoro, su paisano, “Pedro Páramo es la gran parábola de los excluidos. Son los despojados de la historia. Y esto es cierto, es una gran metáfora sobre quienes han sido excluidos del acontecer. Ahora bien, ¿cuál es el papel del lector? ¿Qué podemos hacer nosotros? Y esto es muy im­portante porque pocas novelas han conferido tanta importancia a sus lectores como ésta, que es una novela donde los lectores tienen que establecer puentes de sentido. Entonces, ¿qué nos dice Rulfo?, ¿desde dónde leemos, desde dónde fisgamos?, ¿por qué rendija nos asoma­mos? Nosotros, los que leemos, estamos en el mundo de la historia, estamos en el mundo de los hechos. Nosotros estamos en el mundo del acontecer, del decurso de las cosas y observamos a los expulsados. La gran pregunta es qué hacemos por ellos. Con su humilde religiosidad nos piden que recemos, nos piden que los rescatemos, que ayudemos a redimirlos. Más allá de que esto pudiera ser posible, la gran responsabilidad ética que confiere Rulfo a sus lectores es: qué hacen uste­des por los otros. Han leído esta historia. ¿Acaso harán lo suficiente para que esto no se repita...? Yo creo que ahí tenemos nosotros un alto desafío ético en donde Juan Rulfo nos convierte también en sus personajes. Si no respondemos a este de­safío, si no hacemos algo, es que también nosotros pertenecemos a la legión de los fantasmas”.
Aunque no hayamos visto la chispa que en Don Juan encendió la llama que arde hace sesenta años, nos animamos a desparramarla y quererla porque nos humaniza y nos sensibiliza, nos conmueve y nos prepara para escuchar los murmullos y los silencios (los nuestros y de los otros). Tan rica en significaciones es la vida y obra de Juan Rulfo, que nos quedamos cortos y encarnizados al momento de recorrerlas. Despojado de adornos innecesarios, de sobrecargas retorcidas, Juan Rulfo es libre e inamansable, lo es en sus silencios y en la refundación de los límites de la muerte y el tiempo. La potencia y la fecundidad simbólica de “El llano en llamas” y de “Pedro Páramo” son un motivo de goce estético (que resuena como un sapucay en el torrente desprolijo de nuestro psiquismo), una oportunidad de reflexión que nos compromete como lectores a no guardarlos y a compartirlos con quienes queremos en este territorio formoseño en el rincón del mundo, casi tan cálido como Comala.


EL UNIVERSO ESPECTRAL DE COMALA - Por Lionel David Crozy

Pedro Páramo, una cicatriz en la historia del género fantástico

La Comala de Rulfo en “Pedro Páramo” (1955) es el infierno, un infierno demasiado confuso y asfixiante para una joven alma como la de Juan Preciado: él es hijo de Do­lores Preciado y por pedido expreso de ella iniciará un viaje pseudodantesco para conocer a su padre y poder así cobrarle lo que estuvo obligado a dar pero jamás lo hizo. Es­ta novela exige la más delicada atención para leerla (yo recomiendo hacerlo un do­mingo, por ser el día más adecuado para disfrutar del entretenimiento de un buen li­bro, y la compañía de algo para beber); exi­ge que nuestros sentidos estén alerta de­bido a los saltos temporales y los cambios narratorios. Además, la belleza eufónica de sus palabras eleva aun más los picos de incertidumbre y rareza en la novela. To­das las historias y/o voces cohabitan un lu­gar que parece pequeño ante la numerosa cantidad de vidas que allí residen y se cruzan.
Con esta novela, además de reflejar en esencia la idiosincrasia del pueblo mexica­no -a través de una realidad quebrada por el onirismo-, Rulfo no escatima en sensaciones y metáforas cuando se trata de re­presentar escenas trágicas y oscuras o cuadros ambientales finos de belleza: Al recorrerse las nubes, el sol sacaba la luz a las piedras, irisaba todo de colores, se be­bía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándoles brillo a las hojas con que jugaba el aire.
Ahora bien, Pedro Páramo no sólo es realismo mágico, es fantasía, es una ex­centricidad de la narrativa latinoamericana, es un capricho quimérico de la vida y la muerte, es una cicatriz en la historia del género fantástico. De este modo, como explica Juan Villoro (2016) -valiéndose de la tesis de Augusto Monterroso-, Rulfo logra de manera auténtica y legítima una nueva rama de la literatura fantástica sin los artificios comunes del género. Del mismo modo, podría decirse que esta novela es un vanguardismo del género fantástico; y he aquí la razón que me lleva a coincidir con Villoro: Comala es el infierno mismo y no un simple purgatorio de almas. En la escena inicial del texto literario, las palabras del propio Abundio Martínez a Juan Preciado dan cuenta de ello:
- ¿Adónde va usted? -le pregunté.
- Voy para abajo, señor.
- ¿Conoce un lugar llamado Comala?
- Para allá mismo voy (…)
Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno.
En Comala, las voces y memorias que allí habitan lo describen como un lugar demasiado caliente, con sabores a desgracia y desdicha, “viviendo” bajo las órdenes de Pedro Páramo. Lo fantástico de esta idea descansa en la posibilidad que tiene Rulfo de instalar una visión novedosa y paranormal de un desierto -o del infierno- que junto con sus matices logrará sobrepoblar paradójicamente de fantasmas un vasto pedazo de tierra seca y silenciosa.

Los muertos pesan más que los vivos

La novela transita entre elementos reales y elementos extraños, dejándole al lector una inexplicable sensación de perplejidad ante la manifestación de un tiempo desordenado y caótico, generando así una cadena de sospechas y confusiones que no encuentran justificación. Pasa cierto tiempo hasta percibir que los hechos no forman parte de la realidad, aunque provoca dudas, porque no hay explicaciones lógicas para lo que sucede en la historia. En “Introducción a la literatura fantástica”, el crítico búlgaro Tzvetan Todorov define lo fantástico como “la vacilación que experimenta un ser que sólo conoce las leyes naturales, ante un acontecimiento al parecer sobrenatural”. (Todorov, “Introducción a la literatura fantástica”,1981). Aquí, la vacilación se hace presa tanto del lector como de Juan Preciado:
- Entonces ¿cómo es que dio usted
conmigo?
- ...
- ¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!
“Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que mostraban sus adobes revenidos.
- ¡Damiana! -grité-. ¡Damiana Cisneros!
Me contestó el eco: “¡...ana... neros...! ¡...ana... neros!".
En Rulfo, lo fantástico está ahí, a cada paso de lectura que damos, en esas breves licencias que se toma la lógica para descansar, en ese respiro de la causalidad del tiempo, del espacio inamovible, para sacudir todo lo establecido y hacerlo cambiar. Hay pequeños paréntesis en la realidad que -a veces no y a veces sí- está preparada para ese tipo de sensibilidad que tan bien este autor supo plasmar, con la pre-sencia de algo diferente: de eso que llamamos “lo fantástico”.

LA MELODÍA DEL SILENCIO - Por María Florencia Luján

La dinámica del contraste

En “Pedro Páramo” (1955), Juan Rulfo fue un gran ejecutor del silencio como un poderoso instrumento de expresión de sentidos. Así como el ilustre pianista y compositor John Cage nos demuestra en su obra “4,33” (1952) que el silencio es en realidad algo imposible de lograr, si se lo concibe como la ausencia completa de sonido, Rulfo también quiso expresar este revelador pensamiento en sus escritos, donde no sólo se describe la realidad mexicana con gran detalle y ahínco, sino también se demuestra cómo incluso en el silencio, en medio de la nada misma, el sonido se manifiesta, aun donde la esperanza y la vida parecen ya no reinar. La vida no es algo que pueda ser callada simplemente, y las voces de los que menos fuerzas tienen aún pueden resonar como ecos de algo que no se puede olvidar, ni siquiera en el más allá.
En “4,33” el intérprete tiene instrucciones de no ejecutar ni una sola nota por 04:33 minutos, dando espacio a la creación espontánea de la melodía, compuesta por el murmullo del público y demás sonidos del ambiente. Si bien esto parece descabellado, la idea de un silencio imposible de lograr se manifiesta en muchos artistas del siglo XX, entre ellos, desde el campo de la literatura. Rulfo quizás es el mejor de todos en cuanto a su intención. El autor de “Pedro Páramo” juega con el contraste entre el silencio y el sonido de una manera magistral, volviendo al campesinado mexicano en una pieza musical sin precedentes. En la novela, los breves brotes de vida y los ecos de voces (que ya no suenan) se realzan e iluminan en medio de un vacío abrumador -materializado en un desierto desolado-.
La quietud y el estado de espera y desesperanza de Comala se contraponen a la gran vida y sonoridad de los pueblos vecinos, como es el caso de Sayula. Al pasar Juan Preciado por allí, puede oír una gran cantidad de sonidos tan distintos a la calma espectral del pueblo de su madre, donde cada minúsculo movimiento resuena en el enorme vacío y donde incluso las voces de los que alguna vez estuvieron allí divagan, eternas. Rulfo también introduce, en medio de tantos silencios y vacíos, una serie de fragmentos de cánticos populares mexicanos que resaltan y alertan al lector por sus grandes contenidos de vida, amor y aromas exquisitos, que parecen sumamente distantes a las descripciones que le siguen, dando de esta manera una muestra muy clara del juego dinámico de contrastes:
“Vi pasar las carretas. Los bueyes moviéndose despacio. El crujir de las piedras bajo las ruedas, los hombres como si vinieran dormidos. ...Todas las madrugadas el pueblo tiembla con el paso de las carretas, llegan de todas partes… Rechinan sus ruedas haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente. Es la misma hora en que se abren los hornos y huele a pan recién horneado. Y de pronto puede tronar el cielo. Caer la lluvia. Puede venir la primavera. Allá te acostumbrarás a los “derrepentes” mi hijo.
Carretas vacías remoliendo el silencio de las calles. Perdiéndose en el oscuro camino de la noche. Y las sombras. El eco de las sombras”.

Juan Rulfo y la melodía latinoamericana

La obra de Juan Rulfo es más que una simple descripción y representación del paisaje y la cultura mexicana. Se puede apreciar una postura ante la realidad, una forma particular de presentarla ante la mirada ajena, que absorbe al lector y lo envuelve en un mundo que no le resulta ajeno, sino que encuentra en él parte de su propio mundo. Es una mirada tan particular y a la vez tan universal que abarca asuntos míticos como el origen del hombre y la búsqueda de la identidad, entreverado con las creencias y concepciones, no sólo del pueblo mexicano sino de la cosmovisión latinoamericana en general.
Esta obra mágicorrealista presenta un mundo en que la magia y la realidad coexisten, donde lo inverosímil y lo posible se fusionan, creando un dualismo entre realidad y misterio que se siente sin verse. El autor, de una enorme sensibilidad y sentido humanístico, nos revela mediante una estructura compleja, sumamente realista y a su vez que traspasa los límites de lo posible, un mundo de imágenes sensoriales, de aromas y sonidos, transportándonos de repente a aquel espacio desolado, saturado de murmullos que cuentan sus historias y narran sus desdichas.
En esta historia de la precariedad y el silencio, los sonidos más simples y cotidianos se realzan y cobran importancia en medio de tanta soledad; como la esperanza, que sobresale y perdura en un eterno estado de espera. En síntesis, Rulfo nos demuestra, al igual que John Cage en la música, que el silencio es algo imposible de concretar y que aun aquellos pueblos marginados y excluidos de la historia son imposibles de silenciar. Las voces de los que menos se escuchan pueden ampliarse con el eco y llegar al más remoto lugar. Este autor componiendo no sólo la “parábola de los excluidos” que sostiene Juan Villoro, sino también una hermosa sonata latinoamericana de los pueblos en espera.



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