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Reparto de culpas


Cuando la economía argentina comenzaba a desbarrancar nuevamente, hacia mayo del año pasado, Mauricio Macri recibió a los gobernadores peronistas en Casa Rosada para plantearles el escenario crítico que se avecinaba. “Estamos gobernando todos, nos quedan dos años y todos queremos seguir. Nos hundimos todos si esto se desploma”, fue el eje argumental de la alocución presidencial.

El razonamiento de sus interlocutores fue el esperado, en un país en el que el reparto de culpas es moneda corriente y donde la dirigencia política cambia de opinión según sea oficialismo u oposición. “El que gobierna es usted. Usted toma las decisiones y debe hacerse cargo de los costos”, le respondieron.

Al final de aquel encuentro -que preanunciaba los meses difíciles que se venían, y que hoy estamos sufriendo- no hubo mayores precisiones. Los visitantes salieron de la sede del PEN sin pronunciarse oficialmente. Ni el respaldo explícito que el Gobierno nacional necesitaba después de acudir al “salvavidas de plomo” que, una vez más, terminó siendo el Fondo Monetario Internacional, ni declaraciones que pudiesen arrojar nafta a los focos ígneos de una situación financiera apremiante.

Fue claro el dilema en aquella oportunidad: dejar que los costos los pague sólo el partido de gobierno y sus aliados, o verse arrastrados por una profundización de la crisis. Especulación política pura: o esperar un desgaste de Cambiemos que le permitiese a un peronista retornar al poder este año -cosa que finalmente sucedió-, o correr el riesgo de que las llamas se los devoren a todos.

El macrismo sintió el impacto y ya no pudo recuperarse, a pesar del colosal endeudamiento en el que incurrió hasta último momento, en parte con fines meramente electorales. Así, el país desembocó en la crisis actual, la enésima que lo sacude en las últimas décadas.

La historia dice que las administraciones no peronistas suelen ser más frágiles para enfrentar las emergencias económicas. Macri cargó con ese desafío desde el día que asumió, lo está padeciendo y dejará un saldo negativo importante en prácticamente todas las áreas, aunque le quedará el consuelo de haber sido el primer Presidente no peronista que termina su mandato constitucional desde que Marcelo Torcuato de Alvear completó el suyo, en 1928.

No es poco, pero no es suficiente para escapar a la calificación de fracaso. Sobre todo porque algunos esperaban mucho más de Cambiemos y los CEOs que ocuparon los primeros planos del gabinete al inicio. Los vaticinios le auguraban fortaleza en lo económico y debilidad en lo político al por entonces nuevo gobierno. Pero, paradójicamente, fue el entramado político el que le permitió llegar hasta acá, a pesar de las graves falencias en lo económico que evidenció la gestión.

A 20 días del traspaso de mando, el panorama no mejora. Mientras, la política, con sus pequeñeces, sigue haciendo de las suyas. El concepto “herencia recibida” vuelve a sonar fuerte y el reparto de culpas no cesa. La vieja costumbre de no hacerse cargo que unos y otros practican, junto con la falsa creencia de que todo nuevo gobierno es “fundacional”.



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