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GÉNERO

Nacha Ríos, una mujer que se animó contar historias

Escritora de oficio pero formoseña de ley, recopiló relatos de mujeres de distintos lugares y contextos de América Latina. Sostiene que el feminismo no es lo contrario al machismo, sino un movimiento que brega por la igualdad de derechos. Su sueño es volver a su tierra natal


*Por Florencia Zanello

Nacha Ríos se fue de su Clorinda natal siendo una nena. Hasta hoy, con muchas experiencias encima, le cuesta el desarraigo. Habla rápido, con precisión y una sonrisa intacta. El tono de su voz es dulce, como su mirada verde y profunda.

Se sentó frente a la mesa, sacó y acomodó todos sus libros editados en orden cronológico, apagó el celular y se entregó a la entrevista. Y al recuerdo.

“Pido que no sea como muchos piensan que está de moda hablar de esto, no es así. Es una lucha y como todas, en algunos momentos hay exageraciones o enfrentamientos”, dice Nacha con seguridad.

Y agrega: “Feminismo no es la otra cara de machismo; es un movimiento que busca la igualdad de los géneros y de la mujer, de conseguir sus derechos que le fueron negados, ocultados o reprimidos. En cambio, el machismo es una acción violenta directa hacia la mujer, y este sistema patriarcal hizo daño también a los varones, así que acá no hay ninguna competencia”.

Además de Buenos Aires, vivió muchos años en Río Negro, donde nacieron sus dos hijos varones. Era un pueblo muy chico, entonces Nacha no tenía muchas opciones de entretenimiento: se volcó por la lectura y escritura.

Cuando volvió a Buenos Aires, cursó un taller literario y empezó a escribir cuentos por la noche. De día se encargaba de la crianza de los hijos.

Un día, en el ’97, se puso un límite: escribir un libro para determinada fecha o resignar su carrera de escritora.

Así nació Biopsia urbana, una recopilación de cuentos para adultos.

El resto de sus escritos los parió uno detrás del otro: Te recuerdo Clorinda, Corazones Clandestinos, Soy de aquí y de allá y Con el corazón en el norte.

“‘Mujeres que cuentan’ viene en un momento muy especial, donde todos tenemos una consciencia diferente”, dice la autora mientras cruza sus manos sobre el libro.

Y sostiene: “Quizás diez años atrás nadie hubiera hablado del libro, ni yo hubiera tenido la posibilidad de recorrer el país y presentarlo. Creo que todos estamos tomando una consciencia del hecho de contar, hablar, decir y trabajar para que esto no siga ocurriendo”.

En el 2014, Nacha pisó por primera vez un Encuentro Nacional de Mujeres. Fue en Salta. Hubo cerca de 40 mil mujeres que participaron de los casi 70 talleres de distintas temáticas que tenían que ver con el género.

La participación activa y democrática de las asistentes la enamoró.

“Ahí vi y escuché mujeres que con sólo contar sus experiencias me llevé un montón de vivencias y conocimientos”, hace memoria.

Dos años después, hizo un largo viaje a Colombia pero también pasó por Chile y Paraguay. En esa época escuchó distintas historias relatadas por mujeres que tenían que ver con violencia doméstica, incesto y violación.

“Me pareció que había mucha similitud entre nuestro norte, Colombia y Paraguay, entonces fui grabando y tomando notas de las historias”.

De vuelta en Buenos Aires, se encontró en varias ocasiones, dialogando con mujeres que les vomitaban sus relatos como desahogo. En los colectivos, en las plazas, en los bares. Mujeres que necesitaban ser escuchadas, y ella, más que dos oídos para prestar.

“Las mujeres tenemos la capacidad de contar en cinco minutos algo recontra fuerte que a lo mejor no lo pudimos hablar hace mucho tiempo y de repente fuiste al baño en un restorán y le contaste a algo a alguien y después quizás volvés a tu mesa y a tu estructura, tus vínculos, y no se lo podés decir”, explica Nacha con extrañamiento.

Así le dio vida a Mujeres que cuentan.

“Son historias reales ficcionadas para preservar la identidad de las mujeres”, aclara la mujer. Y relata que no es un trabajo de investigación, ni de testimonio, sino de charlas y confesiones de pasillo. Por eso no le pareció correcto narrarlo “tal cual era”, ni dar nombres reales. “Traté de contar utilizando elementos de la literatura como la metáfora, porque me pareció acertado tratar al dolor de cada situación sin golpes bajos”.

“Punto atrás”

Es un punto en la costura, que reconstruye la historia de dos mujeres que comparten un momento de tejer pero también de confesión con una vuelta al pasado.

Convivían hace un montón de tiempo, pero nunca, hasta ese momento, una se animó a contarle a la otra el acoso que sufrió desde chica por parte del marido de su prima. Y cómo no le creyeron. Y que seguro serás vos que lo tentás. Y que pobre tu prima, que si hacemos algo se puede quedar sin marido.

“Todas esas culpas que tiene que cargar siempre la víctima”, grafica Nacha. Y hace énfasis en romper el miedo a contar, porque no “somos responsables”, ni “nos debe dar vergüenza o deshonra”. Fue el sistema patriarcal el que nos educó para la culpa.

Artemisia también cuenta

Artemisia Gentileschi es la artista que retrató la tapa de Mujeres que cuentan, cuatro siglos atrás. La encontró una noche en Google, buscando desesperada, porque el tiempo de edición le pisaba los talones.

“La primera que salió fue esa imagen, muy fuerte y significativa porque ella está expuesta y cuando contamos nos desnudamos de alguna manera, está desprovista de toda seguridad y ayuda, y con estos dos hombres que están secreteando, y cómo nuestra historia está teñida de esta incomprensión y de cómo cuando contás sentís que sos la peor de todas”, analiza, muy acertada, Nacha.

Diecisiete años tenía Artemisia cuando el socio de su padre la violaba. También era su maestro de arte y quien mejor conocía los manejos y horarios de su casa. Con esa edad, en los años 1600, tuvo que enfrentarse a un juicio delante de un montón de personas que no le creían y, para colmo, la juzgaban y torturaban para que abandone el proceso.

Le ofrecieron como solución casarse con su violador, bajo la ley de matrimonio reparador, que decían “remediaba el daño social”. Pero no se pudo porque el hombre ya estaba casado.

Finalmente, su padre, se la dio a un pintor con quien se tuvo que casar y se exilió.

Estudiaba Bellas Artes, con Miguel Ángel; sin embargo, nunca pudo vender ni un cuadro, ni un encargo para instituciones religiosas por el estigma con el que cargaba.

“Y acá viene la cosa mágica en la que creo: me di cuenta de que Artemisia quería ser otra de las mujeres que cuentan”, sonríe, satisfecha, la autora.

Volver a las raíces

Nacha tiene en mente algunos proyectos, pero aún no los definió bien. Su deseo urgente es estar más en contacto con la provincia que la vio nacer, porque “cuando una está lejos es muy difícil establecer lazos”.

Pero su gran sueño, es poder trabajar con nuestra cultura en Buenos Aires.

“Siento que es un gran pendiente de los formoseños. No tenemos un espacio físico donde encontrarnos, como una casa donde se puedan hacer eventos culturales, presentaciones de libros”, revela.

Durante la exposición del jueves por la tarde, en un Galpón G repleto de personas, Mujeres que cuentan fue declarado patrimonio cultural de la provincia.

Nacha recibió el nombramiento entre aplausos y lágrimas.

“Al fin soy profeta en mi tierra”, dijo por el micrófono y mostró todos los dientes.



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