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Historia de vida

A fuerza de sacrificio y perseverancia, un maestro rural sembró su legado inconfundible en Formosa

Alfredo Caffa, lejos de dejarse vencer por la carencia de recursos e infraestructura, se hizo camino en una época donde la docencia en el interior ponía a prueba la vocación. Levantó escuelas, activó comunidades y creó proyectos reconocidos a nivel mundial. Escribe, canta y educa con el ejemplo… aquí su historia.


Alfredo Caffa, toda una vida al servicio de la docencia.

* Por Valeria Díaz de Vivar -periodista-. Martín Vera -reportero gráfico-

Mientras algunos lo llaman “destino”, la vida para otros es simplemente el resultado de numerosos acontecimientos que acomodan diferentes situaciones y que al final arrojan una linda historia de vida que muestra la vocación y el sacrificio de un maestro rural.

Alfredo Oscar Caffa nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, el 1 de diciembre de 1943. Se recibió de maestro en la Escuela Normal “Olegario Víctor Andrade” de su ciudad natal.

En abril de 1966, a la edad de 22 años, llegó a Formosa en el barco “Ciudad de Paraná”. Su carrera docente la realizó en esta provincia y ocupó todos los cargos del escalafón en el Nivel Primario. Fue maestro de grado, director en las tres categorías y supervisor escolar.

Su esposa se llama María del Carmen Martínez; se casaron en 1969. Tienen tres hijos: Javier Alfredo (ingeniero); Alicia Andrea (Prof. en Ciencias de la Educación) y Diego Martín (contador público). También tiene cuatro nietos: Maximiliano, María Paula, Nabila y Agostina.

Llegó en una época en donde en Formosa no había docentes, entonces se incorporaban personas que llegaban desde otras provincias del país. Así el primer destino de Alfredo fue la Escuela 152 de “La Soledad” (jurisdicción de Estanislao del Campo”), un paraje ubicado en el Km 503 Navegación Río Bermejo, a 42 km de esa localidad y San Isidro.

Esta experiencia está entre sus mejores recuerdos porque fue su iniciación en la docencia. Una de sus anécdotas de esa época fue el encuentro con una enorme curiyú cuando volvía en bicicleta por el kilómetro 503. “Pensé que era un palo largo atravesando la ruta de punta a punta, entonces bajé de la bici y cuando iba a quitar el obstáculo del camino veo que se mueve. Era una enorme serpiente que tenía una hinchazón en una parte de su cuerpo, como si hubiera terminado de comer un animal”, relató con nostalgia, evocando aquellas épocas donde aprendió a convivir con la naturaleza en medio de su labor docente.

Al año de estar en el interior de Formosa conoció, en Estanislao del Campo, a María del Carmen Martínez, docente también, quien sería su compañera de toda la vida. Luego de dos años de noviazgo, se casaron, un 24 de enero de 1969, en su Gualeguaychú natal.

Luego de la boda pidieron autorización para ejercer juntos la docencia en un destino en común. Fueron designados en una escuela rancho ubicada en El Estanque.

No fue fácil llegar, el camino era intransitable y tuvieron que recorrer siete leguas en un Unimog conducido por gendarmes. Al llegar, en medio de las casitas, divisaron una precaria “tapera”; luego los anoticiaron de que esa era “la escuela”.

Prendido de un palo borracho estaba el escudo provincial y abajo grabado: Escuela Nº 15. Así iniciaron su vida como docentes rurales, pero Alfredo y Carmen, que nunca habían vivido en esa situación, lo tomaron como un desafío.

La primera noche no fue fácil para el matrimonio, cuenta Alfredo, que recuerda con nitidez que el cielo estaba despejado y que miraron mucho las estrellas, en parte por gusto y en parte porque el techo estaba lleno de agujeros.

La escuelita era muy humilde. Tenía las paredes de barro, con grietas profundas, su techo estaba realizado con paja y tenía enormes hoyos. Tenía letrinas y no contaba con agua, ni siquiera con aljibe. Estaba prácticamente abandonada.

Trabajo conjunto

Al día siguiente convocaron una reunión con los padres y se organizaron para recaudar dinero para construir una escuelita nueva. “Antes las escuelas no tenían ayuda del gobierno, la vida del maestro rural era puro sacrificio y la comunidad estaba muy presente. Es por eso que hoy en día les pido a los chicos que valoren los edificios que tienen, que los cuiden y me siento muy feliz por todo lo que se avanzó en ese aspecto”, expresó.

Organizaron bailes y carreras de caballos, las cuales fueron suficientes para que en menos de un año, con la ayuda de Gendarmería en mano de obra, pudieran edificar la nueva Escuela Nº 15 de “El Estanque” de material.

En su libro “Mi vida en Formosa”, que fue presentado el miércoles pasado en la Feria del Libro, hay ilustraciones realizadas por él mismo, donde grafica los momentos más notables de su trabajo en esta provincia. También reconoce el apoyo incondicional de su esposa, a quien le brinda un reconocimiento exclusivo como compañera, madre, docente y amiga. “Sin ella nada hubiera sido posible, su sacrificio fue inmenso y me siento privilegiado por tenerla en mi vida, al igual que a mis hijos y nietos”, expresó.

Anécdotas

Otro de sus relatos anecdóticos se centró en la enorme culebra que vivía en el techo de la escuela, a la cual los niños le tenían cariño, pero que formaba parte de las pesadillas de su esposa mientras daba clases.

Los alumnos aseguraban que el animal era inofensivo y que sólo comía ratones, sin embargo, la impresión de tener una serpiente enorme recorriendo la escuela era fuerte.

Esta Historia de Vida es una reivindicación para la labor del docente rural. Su ánimo incansable, su dedicación, proyectos que generan hasta en la actualidad y su amor por la docencia, son admirables.

El día que llegó el supervisor zonal y vio el flamante edificio de la escuela pensó que se equivocó de lugar. El matrimonio Caffa y los vecinos le contaron cómo juntaron fondos y trabajaron para darles a los niños un lugar seguro donde estudiar.

Cuatro días después, cuando la noticia llegó al Ministerio de Educación de la provincia, recibieron la sorpresa de que les regalaban un viaje para conocer la ciudad.

“Por decisión del subsecretario de Educación, profesor Francisco Ramón Giménez, se realizó el acto de cierre del ciclo lectivo 1974 en nuestra escuelita, en honor a esa hermosa tarea materializada por la comunidad educativa del paraje. Quedamos gratamente sorprendidos y fue una movilización en todo el pueblo”, relató.

Ese fue un gran día y como broche de oro desde Educación obsequiaron a los docentes y alumnos un paseo de tres días por la ciudad. “Visitamos los lugares históricos y turísticos de la ciudad, nos dieron obsequios, tuvimos actividades de recreación, fueron días inolvidables para los chicos”, contó.

Como anécdota, recuerda que en el alojamiento durante su estadía en Formosa les llamaba la atención que los niños entraran muy seguido al baño. “Resulta que los chicos jamás habían visto salir agua de una canilla y eso les llamaba mucho la atención, fue maravilloso”, recordó.

Alfredo tiene la dicha de saber que muchos de los alumnos de esta precaria escuelita rural son hoy destacados profesionales o personas de alto rango en las fuerzas nacionales de seguridad.

En 1982 fue designado para ocupar el cargo como director de la Escuela Nº 58 de esta ciudad. Sin dudas fue un desafío para él dirigir una escuela céntrica de la capital, luego de trabajar por casi dos décadas en escuelitas rurales.

Su trabajo fue brillante. Allí cosechó logros y recuerdos inolvidables.



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