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El agravamiento de la coyuntura económica no debería hacer perder de vista a nuestros gobernantes los desafíos a futuro que tiene la Argentina, acuerdos políticos mediante. Uno, fundamental, el aprovechamiento del petróleo y el gas, claves para el desarrollo.

No es un tema nuevo: hace 60 años, el gobierno de Arturo Frondizi ya se proponía alcanzar el desarrollo de sectores clave para el crecimiento. Entre éstos, incluía el autoabastecimiento de petróleo, la energía, la siderurgia y el papel.

Entre avances y retrocesos significativos en esos campos, el país aún batalla para conseguir ese objetivo y el de generar una mayor competencia entre actores privados y estatales para producir a buenos precios.

Hace dos años, la petrolera estatal YPF anunciaba una inversión con la multinacional Chevron por 500 millones de dólares, para la perforación de un tercer pozo en Loma Campana, en Vaca Muerta, Neuquén, donde se explota petróleo y gas no convencional.

Dicha inversión venía a sumarse a una previa, que también involucraba a YPF, junto a las compañías Total, Pan American Energy y Wintershall, por un monto de 1.150 millones de dólares para gas no convencional.

Por gracia de la naturaleza, la Argentina posee uno de los tres reservorios más importantes del mundo en gas y petróleo no convencionales que se obtienen de la roca madre. Esto sirvió para desarrollar la producción de energía a través de usinas térmicas, que se abastecen de gas. Sin embargo, varias regiones del país, empezando por el noreste, aún esperan tener la posibilidad de hacer uso doméstico de ese combustible, lo que reduciría los gastos.

Hasta la crisis cambiaria del año pasado, YPF tenía previsto concretar sus proyectos en 2021, plazo al cabo del cual se esperaba que la producción convencional y la de Vaca Muerta se equipararan. Nadie sabe a ciencia cierta qué pasará ahora, con la nueva disparada del dólar y otros efectos de la inestabilidad política que desataron los resultados de las PASO.

Lo que no puede ponerse en duda, aun en este incierto contexto, es la necesidad de seguir por la línea del desarrollo de Vaca Muerta, impulsando paralelamente iniciativas para la generación de electricidad con energías renovables y programas para el cuidado del medio ambiente.

Para todo esto hacen falta inversiones privadas. Por ende, la clase política debe esforzarse al máximo por recrear a corto plazo un clima de negocios que aliente esas inversiones en sectores básicos del crecimiento y en la infraestructura que reclama el país para crecer.

No significa esto desenfocarnos de la grave crisis que abruma a millones de argentinos; al contrario, el desarrollo que promueven las inversiones se traduce tarde o temprano en mejor calidad de vida para nuevos sectores de la población.

Finalmente, una aclaración: la disyuntiva entre inversiones privadas o estatales es un planteo ideológico del pasado, ajeno al mundo actual de los negocios. No corre más. Los países abogan hoy por la complementación público-privada para generar un desarrollo sustentable. Es la dirección correcta, por más obstáculos que se presenten.



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