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“Monzón”, una mirada que retrata al ídolo que perdió la pelea más importante

Cronopio dialogó con Jorge Román, el actor formoseño que protagoniza la serie “Monzón” sobre el exboxeador argentino. Una charla sobre cine, pero también sobre cómo nos vemos y representamos a nosotros mismos


Jorge Román, nacido en Palo Santo, el menor de seis hermanos, hijo de doña Silvina, paraguaya nacida cerca de Alberdi, y don Luciano Román, en algún momento policía y después se retira.

A los 25 años se recibió de profesor en Ciencias de la Educación en Resistencia, Chaco, y después fue a Buenos Aires a estudiar actuación a los 27 años. Hizo sus prime­ras experiencias en TV y teatro a los 30, ya grande. El debut en cine se dio en el 2000, en “Felicidades”, y luego con el protagó­nico en “El Bonaerense”.

Hoy protagoniza la serie Monzón, producida por Pampa Films y Disney Media Distribution que ya puso al aire el tercer capítulo de los 13 episodios y que narra la vida de Carlos Monzón y el final de su carrera tras matar a su mujer Alicia Muñiz.

La ficción comienza con una fuerte discusión entre Carlos y Alicia Muñiz en Mar del Plata en 1988. Muebles rotos, ropa ensangrentada y objetos esparcidos por el piso son los indicios de la violenta pelea entre ellos. Aquella noche, la modelo perdió su vida cuando fue arrojada desde el balcón por el ídolo del boxeo.

En el marco de un festival de cine del que está participando en Bella Vista, Cronopio dialogó con Jorge Román, el actor formoseño que interpreta al exboxeador argentino. Aquí, su mirada sobre la serie, su decisión de participar de una ficción que retrata a un ídolo que deambula entre el éxito absoluto y, al mismo tiempo, el de un femicida. La visión múltiple de un ser humano y la mirada sobre un campeón que asesina a su mujer en esa época desde el mundo actual.

¿Cómo estás viviendo la experiencia de protagonizar esta serie?

La posibilidad de protagonizar la serie me llega en un momento de la vida en el cual, si bien seguía actuando, la energía estaba más puesta en el entrenamiento y dirección de actores para el cine. Y unido a eso, terminando de darle forma a un libro sobre la actuación en el set.

Fue un shock. Es mucha responsabilidad representarlo a Monzón por todo lo que implica. Estamos hablados de un ídolo y de un femicida. Es una responsabilidad porque es una persona real que tiene familia y amigos aun hoy, y tenía que ver el respeto para encarar todo.

Lo estoy viviendo como viví toda la experiencia del rodaje que fue muy intensa. A mí me toca la parte donde él se retira del boxeo y su vida comienza a dar una vuelvo cada vez descendente y cada vez más hacia el infierno que termina en el asesinato de su mujer.

Te toca una parte de su historia que es conflictiva.

Muy conflictiva y tremendamente dramática porque la vida de Monzón es dramática. El vive violencia desde su niñez, en una extrema pobreza, con un padre ausente y alcohólico; hizo la escuela hasta tercer grado y a partir de allí ya trabaja y tiene que mantenerse. Luego llega el boxeo y la gloria para él. Y eso significa una exposición muy grande a nivel internacional, y con eso vienen los excesos, porque su tendencia a la adicción al alcohol se agudiza a medida que pasa el tiempo. En la cárcel le preguntan si había tenido problemas con las drogas y él contesta: “Mi problema fue el alcohol, por eso estoy acá”.

En lo que a mí respecta tuve que investigar mucho en relación a su vida posterior a su retiro. La parte anterior la conocía porque se­guía su carrera a través de “Gráfico” y “Goles”, y desde que se retiró solamente vienen las noticias cuando él mata a su mujer, pero eso ya no lo sabía y lo tuve que investigar a fondo. Después hice boxeo, si bien ya no pelea en esta etapa, me ayudó con la actitud y tener el porte.

¿El Monzón que se retira sigue peleando contra sí mismo?

Todo lo que él vive durante su infancia se agudiza en los últimos años de su vida. Se agudiza la violencia extrema y su adicción. Es una pelea en la que no sale victorioso, no tiene la capacidad para atravesar la carga que arrastra y termina como termina. En ese pasaje, felizmente, conté con una dirección impecable en la serie y un casting de pares con quienes trabajé, de un nivel profesional y un compromiso muy alto, y eso también potenció mucho mi trabajo. El clima que se generaba en el set fue importante porque desarrollar escenas tan tensas no hubiera sido posible sin la gente con la que trabajé.

Cuando recibís el guion y la oportunidad de hacer a Monzón en tanto figura representativa de la Argentina, ¿qué te pasa? ¿cómo lo sentiste?

Cuando me llega esta oportunidad suceden dos cosas: una, desde algún lugar era crónica de una historia anunciada, porque desde chico me dijeron que me parecía mucho a Monzón, y cuando llegué a Buenos Aires, la gente del medio del cine me decía que tendría que hacerlo. Cuando pasó el tiempo y pensé que eso ya estaba fuera, sucede esto y fue una sorpresa para mí. Por otro lado, también tuve muchas dudas para encarar y aceptar el papel porque, insisto, el viaje que hice fue de un desgaste físico y emocional muy grande: una cosa es hacerlo a los 20 años y otra hacerlo después de los 50.

Además, venía de filmar “Matar a un muerto” en Paraguay, una película que transcurre en el ‘78 durante la dictadura de Alfredo Stroessner, y yo soy un torturado en esa película; venía de esa experiencia y cuando surge lo de Monzón no me queda mucho tiempo para prepararme. Tuve que comprimir en un corto tiempo lo que hubiera hecho en meses. Fui ganando confianza y seguridad porque los productores estaban de acuerdo en que yo hiciera al Monzón adulto y allí había un apoyo importante.

¿Cuál es la mirada que tiene el guion y la serie sobre la figura de Monzón? ¿Cómo se lo muestra?

La mirada del guion también fue un interrogante antes de firmar el contrato. No me interesaba una mirada unilateral de él, o solo la mirada del pobre chico que vino de San Javier y que sufrió mucho, o que solo se vea el campeón o el exitoso en el mundo del deporte y con las mujeres. No me interesaba que la visión sea unilateral ni maniquea tampoco.

Cuando recibimos los 13 episodios me pasaron dos cosas: no podía parar de leer de lo excelentemente escrita que estaba, y la otra es que inmediatamente me di cuenta de que la visión era múltiple. No era una sola, una perspectiva de la mirada de él. Se muestran todas las perspectivas posibles acerca de su vida. No es ni el buenito, ni el demonio, ni el sufrido; es muy completa la mirada.

Me interesaba que esté también presente desde una perspectiva de género, porque creo que en los tiempos que corren hay un tema de resignificar los vínculos que antiguamente se daban por sentados entre un hombre y una mujer. Creo que la serie llama la atención y, sobre todo en un contexto actual, sirve para interpelarnos sobre cómo o con qué matriz operamos o desde que lugar lo hacemos sobre todo los varones y desde qué lugar la mujer está parada hoy. La serie puede aportar más que un granito de arena para resignificar ese tipo de cuestiones y que no se queden solo con lo escabroso del asesinato, sino que además se permita analizar en profundidad las causales que llevaron a ese hecho fatídico. Creo que arroja luz sobre eso, más allá de que podemos decir que eso no ocurrió o que es ficción o exagera.

¿Para salvar esta grieta entre el femicida y el ídolo, dónde se ubicaría la serie Monzón?

Monzón está en todo el arco y ahí viene lo maravilloso del trabajo. Tomamos el arco de posibilidades de un ser humano, porque cuál podría ser otra lectura que podríamos hacer. Por ejemplo, una de las lecturas podría ser “yo también podría haber hecho eso”, “a mí también me podría haber pasado eso, porque viví esa circunstancia” y es interesante hacerla desde ese lugar, porque uno puede quedarse solo en la criminalización y está bien, porque no hay manera de justificar un asesinato. O puede ir más profundo para ver cuáles son las variables sociales que perpetúan una estructura patriarcal donde la herteronormativa es el dogma, es la máxima. Y Monzón respondía a ese mandato a rajatabla y todo el entorno o gran parte de él que convivía con él consciente e inconscientemente se sustenta en este tipo de cosas.

La serie está hecha de una forma para que los ciudadanos comunes nos interroguemos sobre cómo seguimos alimentando o no este tipo de sucesos, cómo nos hacemos cargo, qué es lo que estamos haciendo en nuestros vínculos para sanar más la sociedad de la raíz de la violencia.

La pobreza es violencia. Hay un ataque a la dignidad humana fundamental. No hay nada de idílico en la pobreza y no decir “por eso los pobres son violentos”, sino que ataca a la esencia misma de la dignidad humana. Habrá que ver cuáles son los actores fundamentales de la falta de ese derecho fundamental.



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