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Economía, pobreza y desigualdad

Una columna de opinión de Adrian Muracciole


En el 2018, el PBI per cápita de Argentina era de 1.058,16, es decir que alcanzaba para que cada uno de los 44 millones de compatriotas tenga un ingreso mensual de .588,18. Mientras tanto, la Canasta Básica Total individual por su parte tenía un costo de .250,42.

Es decir que el PBI alcanza para que cada habitante de este país tenga 3 veces más ingresos de los que necesita para no ser pobre y, sin embargo, 1 de cada 3 argentinos está por debajo de la línea de pobreza.

¿Por qué pasa esto?

Básicamente por 2 razones. La primera y principal es la injusta distribución de los ingresos; un mal que aqueja a toda Latinoamérica desde su conquista por parte de Europa. Argentina es un país desigual dentro de la región más desigual del mundo. Para tener una idea: Si la distribución de la riqueza argentina fuese similar al promedio africano, la pobreza no superaría el 17%. Y si fuera la que existe en los países escandinavos (donde los impuestos son muchos más altos que acá), la pobreza no llegaría a dos dígitos.

El indicador por excelencia para medir la desigualdad es el coeficiente de Gini, que mide cuál es la desigualdad a partir de comparar qué porción de los ingresos concentra cada estrato de población.

Este índice bajó considerablemente después de la crisis de 2001 hasta 2010. Luego siguió bajando moderadamente hasta 2015, para luego empezar a subir nuevamente desde entonces.

La segunda razón es sin duda el nivel de extranjerización de sectores claves de la economía que se ha profundizado en los últimos 3 años. La extranjerización genera salida de capitales, y eso significa que buena parte del PBI generado dentro de nuestras fronteras se va al exterior, disminuyendo el ingreso nacional.

Como la extranjerización se da en sectores claves como la energía, comida y combustibles, que se beneficiaron con los tarifazos, es una porción grande del PBI la que se va del país todos los años.

Pobreza y desigualdad

Muchas veces se presenta a la pobreza como un problema de crecimiento económico insuficiente, y entonces cientos de economistas hablan de la necesidad de hacer reformas estructurales (laborales y jubilatorias) para que trabajadores y adultos mayores ganen aun menos y se genere un crecimiento mayor que será concentrado en pocas manos.

Sin embargo, los datos presentados demuestran que la pobreza no es un problema de producción sino de distribución. Y esta es sin duda la discusión que la ciencia económica deberá darse en el futuro.

Después de cada crisis que ha tenido el capitalismo, la economía ha dado un debate interno en términos epistemológicos. Luego de la crisis de Viena en 1873, se cambió el objeto de estudio. La crisis de 1929 redefinió el rol del Estado. Con la crisis del petróleo de la década del 70, irrumpió en monetarismo, base teórica del neoliberalismo.

La crisis de 2008 aún no ha sido superada. Los países centrales han logrado exportarla hacia los países de la periferia, pero la guerra comercial China-EEUU demuestra que aún queda mucho por resolver. Mientras tanto, la ciencia económica debe renovarse y la distribución de la riqueza ocupará un rol central en la discusión que se viene. El encuentro promovido por el Papa Francisco para 2020 genera grandes expectativas en este sentido.



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