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El gobernador que intentaba comunicarse con fantasmas

06/01/2019 Se trata del General Francisco Basiliano Bosch, que administró la Gobernación de los Territorios del Chaco, pero también incursionó en las prácticas espiritistas

El general Francisco Basiliano Bosch administró la Gobernación de los Territorios del Chaco, cuando comprendía la actual provincia vecina y la de Formosa, como asimismo porciones de Salta, Santiago del Estero y Santa Fe. Pero además de haber sido un militar distinguido del Ejército Argentino y desempeñar funciones públicas, mostró una de las facetas más sorprendentes de su vida, al relacionarse con las prácticas espiritistas.
Al respecto se explayó Marcos Raúl Molares, autor de Historia General de Formosa, quien refirió a modo de introducción: “¿Qué hay más allá? ¿La nada? ¿Otro mundo? ¿Espacios paradisíacos? ¿Seres queridos? ¿La daga ardiente del infierno? Estos interrogantes, comunes a la mayoría de los seres humanos, nos acicatean de vez en cuando: pero no siempre, y mucho menos de forma obsesiva, como le ocurría al por entonces coronel Bosch.
Esa pasión por descubrir e indagar los misterios paranormales lo embargó durante toda su vida, y si bien la mantuvo oculta en su juventud, a partir de 1881 -justamente cuando se hizo cargo de la Gobernación del Chaco, con asiento en Formosa- se hizo semipública, y cuando algunas actas de sesiones espiritistas se publicaron en folletines especializados y en diarios, no faltaron las burlas y el sarcasmo. Pero a él eso no le importaba. Cada vez aumentaba más y más su pasión por participar de experiencias con el más allá. En estas sesiones actuaba de testigo o como colaborador: no siempre con suerte, como esa vez que un ser incorpóreo -convocado por una médium- no pudo hacerlo levitar cuando estaba sentado en una silla, debido a su gran corpulencia. ¡Le flaquearon las fuerzas al pobre espíritu!
Las licencias del entonces gobernador Bosch, que se las tomaba para descansar con su familia en Buenos Aires, en verdad más de una vez fueron escapadas (muchas veces solo y otras en compañía de su esposa) para incursionar durante las noches porteñas, en esas reuniones furtivas, que ciertos miembros de la elite porteña organizaban para experimentar, a través de médiums que venían de Europa, la comunicación con el más allá.
Para Molares, “todo esto fue una moda a fines del siglo XIX, y principios del siglo XX, que se filtró desde el otro lado del Atlántico y desde Norteamérica, y se instaló en algunos círculos sociales de Buenos Aires. Bosch era un fanático de estas experiencias y sus actividades oficiales no le impidieron participar de las llamadas “sesiones espiritistas”.
Fueron esas aventuras en el mundo paranormal las que tamizaron y dieron color a su entonces aburrida vida militar -a veces interrumpida con una campaña más o una campaña menos-, excitado por videntes afamados que venían de distintas partes del mundo, a embaucar, cautivar y conquistar a aquella minoría inquietante de argentinos que nadaban en la abundancia aferrados a los flotadores artificiales de sus billeteras.
Cuando Bosch llegó a Formosa, con la designación de gobernador en la mano (1880-1883), no solamente tenía la fama de haber dado caza al gaucho Juan Moreira, en provincia de Buenos Aires -a su mando estuvo la patrulla policial que ultimó a esa leyenda del criollaje- sino también la de ser un obstinado espiritista, muy ducho en esos trances que permitían que un grupo de personas, guiadas por un médium, puedan tener contacto con seres del otro mundo”.

A la caza de fantasmas

Según el investigador: “Formosa fue un cuartel militar, disfrazado de pueblo fronterizo, donde ocurrieron hechos macabros que muchos de sus pioneros prefirieron siempre callar, para no recordar tiempos de angustia y terror. Al cementerio oficial -el primero según algunos registros- de la continuación de la calle Maipú, intersección San Martín, se le sumaban otros pequeños cementerios familiares desperdigados en todo el pueblo. Pero también existieron cementerios militares e indígenas. Vale decir que el pueblo-cuartel de Formosa presentaba una suerte de camposanto, desarticulado cual un rompecabezas, merodeando la zona portuaria y sus proximidades.
Bosch rápidamente tomó conocimiento del lugar, y cuando adquirió conciencia de que iba a gobernar desde cercanías de tumbas silenciosas que asolaban a las barrancas y los pocos ranchos aferrados a la ribera, se sintió contento, muy contento. Por fin podría hablar a sus anchas con las almas de lutos eternos. No era un pueblo joven el que estaba por administrar. Los vecinos decían que desde muchos años atrás -antes de su fundación oficial- un fuerte militar paraguayo enclavado en la zona del actual puerto formoseño se encargaba de masacrar indígenas para evitar que traspasaran el río y hostigaran las poblaciones ribereñas del Paraguay. Es más, al sureste de Laguna Oca existía una colonia ocupada por muchas familias paraguayas, la que fue detectada en 1878 por exploradores financiados por el Estado nacional. Es falso que los pioneros de Formosa estuvieran solos en estos parajes cuando llegaron en marzo de 1879 y que solamente se encontraron con algunos habitantes indígenas.
Para algunos colonos, alguien que se precie de hablar con los seres del más allá, era un tipo digno de respeto, de admiración y de temor reverencial. Para otros -de la incipiente élite formoseña- simplemente estaba “un poco loco”.
Al ser Bosch un experto consultor de esos ritos esotéricos, parece que no fue tarea complicada descubrir dónde estaba el misterioso circuito fantasmal del pueblo, donde se rumoreaba que vagaban espectros por las calurosas noches formoseñas. Por otra parte, los datos no eran difíciles de conseguir. Muchos pobladores lo confesaban a voz de cuello.
El vértice de ese circuito misterioso -decían- estaba en la zona del puerto, y las dos extremidades superiores hacia el norte y el sur del pueblo, abarcando tramos de las actuales calles San Martín y Santa Fe, como así también otras cuadras adyacentes a la ahora llamada avenida 25 de Mayo. Fue por eso, entre otros motivos, que probablemente Bosch eligiera edificar su casa casi enfrente del puerto, en la zona donde se construiría la estación del Ferrocarril; vale decir la antigua manzana 277. Diez habitaciones se desplegaron para que en noches cerradas Bosch intentara fraternizar con ánimas benditas. Su obsesión por el más allá guiaba sus acciones y sus pasiones”.  

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