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Rapicuotas Hola Argentina

Doña Rosa, con sacrificio y honradez, consiguió que la prosperidad tocara las puertas de un antiguo comedor

12/11/2018 Su restaurante familiar no está a la vista pero es conocido por muchos. El trato sencillo y su habilidad en la cocina hicieron del comedor un negocio próspero y fuente de ingreso para varias familias

Muchos afirman que el éxito en la vida depende del trabajo duro y de la suerte. La suerte no la podemos controlar, así que sólo queda trabajar duro para conseguir nuestros objetivos. Como dijo Picasso: “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. Así también, muchas veces oímos: “¡Qué suerte tiene esa persona! Ha conseguido tal cosa”. Normalmente detrás de esa “tal cosa” se encuentran años de trabajo. ¿Que la suerte ha influido? seguro ¿que sin trabajo no lo hubiese conseguido? también seguro.

Rosa Aguayo es un claro ejemplo de que el sacrificio y la perseverancia tienen fruto. Llegó de Villeta, Paraguay, hace más de 20 años. No tenía dinero, sólo dos manos y una mente incansable. 

Trabajó junto a sus hermanos en un principio y luego, años después, se hizo cargo de un comedor ubicado en el corazón del Mercadito Paraguayo y hoy Doña Rosa es reconocida por sus sabrosas empanadas y otras comidas de elaboración artesanal.

Nuestra protagonista de Historias de Vida de esta semana se llama Rosa Aguayo, quien nació el 30 de agosto de 1957, en Villeta, Paraguay. Está radicada en Argentina.

Es hija de Andrés Aguayo y Antonina García, padres que le inculcaron la cultura del trabajo. Tiene “muchos hermanos”, señala, para dar a conocer que perdió la cuenta.

Realizó sus estudios primarios en una escuelita rural y siempre ayudó en diversas tareas hogareñas.

“Somos una familia humilde pero siempre trabajamos todos, así aprendí todo tipo de labores, mi padre trabajaba en el campo, en la fábrica y mi mamá venía a Formosa a trabajar y juntar dinero”, contó.

Soledad

Cuando fallecieron sus padres, quedó sola. Sus hermanos ya tenían una vida establecida en otros lugares. Es por eso, que entre los años 1998 y 2000 llegó a Formosa por invitación de sus parientes para trabajar.

Los primeros meses no fueron fáciles. Estar lejos de la tierra amada y la añoranza por sus padres era una mochila muy pesada. Ganar el peso también era una tarea ardua, pero doña Rosa, tal como se le inculcó desde niña, no le tenía miedo al trabajo duro.

Años después se casó con Juan Medina, con quien tuvo 7 hijos. Hoy su descendencia le regaló una docena de alegres nietos.

Gracias a su esfuerzo y quizá también a una pizca de suerte, esta mujer emprendedora pudo hacerse cargo de un comedor, muy popular, ubicado sobre la calle San Martín, detrás de los puestos de venta de hierbas y celulares.

Próspero

Ese negocio, que contó con el férreo apoyo de su esposo, fue muy próspero y sirvió para dar una buena crianza a sus hijos.

“La gente se entera de nosotros, sabe que hay muchos comedores, pero nosotros tenemos nuestra clientela y cada uno puede trabajar, entre los comercios de la zona podemos ayudarnos entre nosotros”, comentó.

Con el último incendio, que tuvo lugar hace un año, en un galpón ubicado en San Martín y Brandsen, sufrió cuantiosos daños su inmaculada cocina. Pese a todo, la familia salió a flote y hoy continúa la actividad.

“Hoy con la crisis cuesta mucho ganar el dinero, este año es muy difícil, pero así y todo seguimos trabajando”, aseguró.

Trabajo honrado

Consultada sobre cuál es la clave para permanecer tanto tiempo en el rubro y armarse de una clientela fidelizada, admitió: “Es trabajar mucho, es hacer bien las cosas, cobrando lo justo y tratando con respeto a la gente”.

Preocupada por la situación de muchos jóvenes que al parecer no valoran la importancia de la cultura del trabajo y el esfuerzo digno, opinó: “Deben procurar hacer lo bueno, lo honrado y dejar lo malo de lado”.

* Por Valeria Díaz de Vivar (Periodista) y Gustavo Aguirre (reportero gráfico).

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