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Violencia física contra las mujeres: el golpe de puño del patriarcado

08/09/2018 Hablemos de igualdad: por Heliana Guirado, periodista y licenciada en Ciencias de la Comunicación

“La que se emplea contra el cuerpo de la mujer produciendo dolor, daño o riesgo de producirlo y cualquier otra forma de maltrato o agresión que afecte su integridad física”. Así es definida esta violencia en la Ley 26.485, que desde el 2009 rige en nuestro país para proteger integralmente a las mujeres, en todos los ámbitos donde desarrollen sus actividades.

Aquí se hará referencia a esta forma de maltrato, que tiene un origen antiguo y hoy sigue ejerciéndose contra nuestros cuerpos. Ante su continuidad, estos casos pueden terminar en femicidios, es decir, en muertes evitables de mujeres.

En principio, es crucial establecer un punto de partida para el análisis: los varones que golpean y matan a sus esposas, hijas, hermanas, novias no son personas dementes, comúnmente llamados “locos”, que se esconden en arbustos para atacar cuando llega la noche. Para el descontento de varios medios de comunicación que intentan darle un toque novelesco a la problemática, estas personas son ciudadanos comunes y corrientes, que conviven en sociedad, trabajan y pagan sus impuestos. En muchos casos, también son exitosos y ocupan lugares de poder.

La pregunta, entonces, sería: ¿Por qué pueden hacerlo? La respuesta inmediata es gracias al entorno: existe un sistema que históricamente ubicó a la mujer en un lugar de subordinación respecto al varón. Esto generó entonces que podamos ser vistas como un objeto, cuyos “dueños” se encuentran por encima de nosotras en esa escala. Despojadas de decisión, nuestros cuerpos también son considerados propiedad ajena.

Lo anterior es el puntapié para que se hable de la violencia hacia las mujeres como una problemática social y cultural, sin buscar justificativos y poniendo los ojos sobre el victimario y no sobre la víctima.

El hecho de que las mujeres tarden mucho tiempo (o a veces toda la vida) en salir de esa situación, también tiene una explicación, que encuentra sus orígenes en la naturalización de la violencia. Cuando no se cree en la palabra, se mira hacia otro lado, se cierran las ventanas para no escuchar los gritos, no se toman las denuncias o se desoye un pedido de protección, la mujer tiene miedo y vergüenza. Si a eso se le suma el arraigado concepto de que debe soportarlo, con mucho dolor, se queda.

7 DE CADA 10 MUJERES VICTIMAS DE VIOLENCIA NO REALIZAN LA DENUNCIA. 

LAS PRINCIPALES RAZONES SON: FALTA DE CONFIANZA, DE ACOMPAÑAMIENTO Y DE RECURSOS PARA QUIENES ESTAN EN PELIGRO.

Fuente: Noticias Argentinas


El ciclo de la violencia, creado por Leonor Walker establece tres etapas: ciclo de acumulación de tensión, donde el violento se molesta y se comienza a gestar un clima de inseguridad; explosión de violencia, donde se descarga la tensión acumulada; y “luna de miel”, donde toman protagonismo el pedido de perdón y las promesas de no volver a hacerlo. Como nada comienza con un golpe, el previo daño y sometimiento psicológico hace que este ciclo se repita una y otra vez.

El femicidio, entendido como el asesinato intencional de una mujer por el simple hecho de serlo, es la expresión más extrema de violencia y la última instancia de un camino que siempre empeora.

El término fue creado por la escritora estadounidense Carol Orlock en 1974 y dos años después fue utilizado públicamente por la feminista Diana Russell, ante el Tribunal Internacional de Los Crímenes contra las Mujeres. 

La asociación civil Casa del Encuentro complementa este concepto, con el femicidio vinculado, entendido como las “acciones del femicida, para consumar su fin: matar, castigar o destruir psíquicamente a la mujer sobre la cual ejerce la dominación”. Dentro de esta definición hay dos categorías:

       A. Personas que fueron asesinadas por el femicida, al intentar impedir el femicidio o que quedaron atrapadas “en la línea de fuego”.

      B. Personas con vínculo familiar o afectivo con la mujer, que fueron asesinadas por el femicida con el objeto de castigar y destruir psíquicamente a la mujer a quien consideran de su propiedad.

En Argentina, una mujer muere cada 18 horas a manos de un hombre, según las últimas estadísticas brindadas por el Instituto de Políticas de Género Wanda Taddei (asesinada en 2010 por su pareja, Eduardo Vázquez, baterista de la banda Callejeros).

Año 2017 = 295 femicidios y 26 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2016 = 290 femicidios y 37 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2015 = 286 femicidios y 42 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2014 = 277 femicidios y 29 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2013 = 295 femicidios y 39 femicicios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2012 = 255 femicidios y 24 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2011 = 282 femicidios y 29 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2010 = 260 femicidios y 15 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2009 = 231 femicidios y 16 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

Año 2008 = 208 femicidios y 11 femicidios “vinculados” de hombres y niños.

(Fuente: Asociación Civil Casa del Encuentro)
Aclaración: este estudio toma sólo los casos publicados en agencias de noticias, es decir que hay muchos más que no adquirieron estado público.

Asegurar que la mujer encuentra cierto placer en la violencia, con frases como: “Si se queda es porque le gusta que le peguen”, o trasladar la culpa hacia ella preguntándole: “¿Y vos hiciste algo para que se ponga así?”, hacen a la sociedad responsable de la continuación de estas agresiones. 

Pensar que “en eso no hay que meterse porque son cosas de pareja” es otro pase libre para que el vecino siga golpeando a su novia. Quizás en ese momento, una llamada podría prevenir una tragedia.

Hablar de estos temas con realidad en sus conceptos es la única manera de comenzar un camino de deconstrucción y eliminación de la violencia machista. Así, la verdadera justicia llegará entonces cuando ni una sola mujer más muera a manos de un hombre. 

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