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El Palomar: la crónica de un barrio desordenado

30/08/2018 El Palomar es un barrio particular. Se ubica entre dos avenidas y el resto está rodeado por agua. Es un barrio que está ahí, al paso, a la vista; y a la vez permanece distante. El Palomar es un barrio golpeado por su misma geografía, lejano en cuanto a progreso, que avanza, claro, pero lento. Aquí, el retrato de sus escenarios

Desde afuera, el barrio parece acompañar el desarrollo estructural de la zona: el Circuito Cinco ha crecido mucho en este último tiempo, al punto de que quienes viven allí, ya no viajan hasta el centro de la ciudad, “salvo por trabajo o para ir al ANSeS”, porque “todo se consigue en una cuestión de metros”. Sobre la avenida Ribereña, hay negocios de todo tipo y algunas calles de ingreso al barrio; sobre la avenida Maradona, justo en frente de una cadena importante de supermercados, hay casas, la Capilla Virgen de Caacupé, y otra entrada, la única en buen estado.

Por dentro, el barrio es un mundo aparte: las calles no tienen forma ni nombre, nacen en cualquier lugar y de repente, desaparecen. Algunas construcciones siguen una línea, otras, se ubican en medio de calles. Así, hay zonas por las que es imposible recorrer, salvo a pie. La disposición de las casas sigue la ley de los que primero llegaron, allá a principio de los 90, quizás antes. Así lo comentaron los Torres, una familia que llegó hace más de veinte años, cuando El Palomar “no podría ser considerado un barrio, sino un monte”.

“Nosotros vinimos del barrio Santa Rosa, harán veintitrés años. Cuando mi hija era un bebé; hoy tiene una hija que va a cumplir quince años. Crecimos acá en el barrio. Pero lo que era cuando vinimos, no te imaginás. Le compramos el terreno al señor Corrientes; él vino muchísimo antes, ya murió. Marcaba los terrenos y los vendía a la gente, a cien o doscientos pesos. En ese tiempo era mucha plata”, relató Mario. Junto a su esposa, Clementina, contó los primeros pasos, los avances y los vacíos de El Palomar.

“Cuando vinimos acá había sólo ranchitos de cartón desparramados, en el monte. No estaba la Ribereña. Se llegaba en el Gallaguer -empresa del transporte público de ese entonces- que cruzaba el puente La Maroma. Luego pavimentaron la Maradona. No teníamos agua, traíamos en baldes, lo que se juntaba en un tanque todo oxidado que estaba en el centro del barrio. No teníamos luz, hasta que estiramos algunos cables desde la avenida”, explicó. Sin embargo, hasta hoy, estos dos servicios son parte de la demanda: el agua llega sólo hasta ciertos sectores y muchas casas se quedan sin el vital líquido, y la luz es un tema aparte. 

En el barrio no hay tendido eléctrico. Hay luz, claro, porque hay postes desprolijamente levantados por los mismos vecinos, con cables precarios que se conectan a otro cable más largo y a otro más grueso, y así. En fin, El Palomar es una feria de cables, pero no hay luz con medidor. “Está bueno, por un lado, porque no pagamos; pero a la vez nos impide hacer ciertos trámites donde te piden la boleta del servicio”, evaluaron algunos.

“Cuando llegamos, tuvimos que limpiar todo el terreno, la callecita y la cuneta la marcamos entre algunos vecinos. Muchos ya no están. Los primeros llegaron hace cuarenta años; el resto llegó hace quince y diez. En este último tiempo, los hijos de los vecinos más antiguos, que crecieron aquí, fueron ocupando nuevos espacios”, comentaron.

Espacios

La cuestión de los espacios en el barrio es un tema para analizar. El Riacho Formosa es el patio del barrio, y si bien la analogía podría sonar poética, lo cierto es que es bastante desfavorable: los vecinos atravesaron importantes inundaciones en los últimos años. “Después de los episodios con el agua, no quedó más nadie en el fondo. El gobierno reubicó a los afectados. Pero muchos vendieron su módulo y volvieron. Ahora se está viendo de nuevo, ranchitos en la zona del agua. Algunos no tienen otro lugar donde ir, vivían de alquiler y no pueden pagar más, pero otros creen que por ir a instalarse por ahí les van a dar módulos, así como así”, explicaron.

El barrio creció mucho en el último tiempo, desde que llegaron los primeros -Fleitas, Medina, Coronel, son algunas de las familias más antiguas-, “muchos hicieron su casita, cambiando el cartón por el material”. Sin embargo, todos lo dicen, no es suficiente. Entre las cuestiones por resolver, está también el título de las propiedades. “Ojalá algún día llegue”, desean. 

“Contamos con un papel, una especie de constancia que nos dieron desde el ANSeS, que certifica que vivimos acá. Estamos censados por el organismo y por la Municipalidad. Sabemos que cuando entren a ordenar el barrio, acá, muchos se tendrán que correr”, comentó Clementina. Este es el caso de Carmen, cuya casa quedó “en medio de la calle que va a ser”, según definió mirando un plano. 

“Yo, cuando voy ampliando, voy a haciendo las piezas. Lamento mucho, porque sé que el día de mañana voy a tener que tirar todo. Pero bueno, a veces, los hijos crecen y no podemos seguir durmiendo todos juntos”, explicó Carmen. Según dijo, está anotada para el sorteo de módulos y viviendas desde que su hijo era un bebé. Hoy tiene 16 años.

Escenarios

Mientras esta cronista habla con los vecinos dentro de la casa de uno de ellos, afuera, dos jóvenes se pelean a los golpes; otros dos miran de lejos, y otros fuman marihuana. La droga es una cuestión en El Palomar, como en tantos barrios. Los vecinos justifican diciendo que “a veces no se puede hacer nada con los consumos problemáticos, porque son mayores de edad”

¿Hay hambre? Las respuestas a estas preguntas fueron similares: “Está más difícil. En el barrio hay varios comedores ahora, a veces se organizan chocolates en el patio de algún vecino. En el último tiempo estamos mal, todo es caro y los sueldos no alcanzan”, comentaron. Muchos están sin trabajo, algunos se rebuscan con changas, otros no hacen nada.

Chicos felices

Liliana Sosa lleva en el barrio 21 años, y hace poco más de seis, en la entrada de su casa tiene un comedor. “Ahora sólo es merendero, porque no tenemos más para el almuerzo”, explicó. Hace poco más de 15 días, tuvieron que suspender la comida más fuerte. Con la merienda es más fácil -dice- porque elabora budines, o seca las galletas que le donan para que dure más.

Su merendero nació debajo de un mango que tenía frente a su casa, y hoy lo tiene bien instalado, aunque le falta la materia prima. Según comentó, recibió una donación para la cocina. No sabe bien de dónde. Según dijo, recibe donaciones de todos lados, pero el aporte mayor proviene de la Fundación Asistencia para la Solidaridad. “Lo que llega es bienvenido”, expresó para aclarar que el merendero “Chicos felices” es una iniciativa sin bandera política ni religiosa, más bien solidaria.


El Merendero de “Lili” alimenta alrededor de 60 personas por día, a veces más, a veces menos. “Damos el cocido a las familias del barrio. No puedo hacer sólo para los chicos, porque a veces vienen las mamás y me lloran de hambre; la mayoría está desocupada, algunos incluso tienen problemas con adicciones y se les complica conseguir trabajo, o no tienen con quién dejar a sus chicos. No puedo elegir a quién dar y a quién sí”, concluyó.

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