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Lectores de Borges

21/08/2018 Pronto se cumplirá el 119° aniversario del nacimiento -el 24 de agosto- de un hombre de dos siglos: Jorge Luis Borges (1899-1986).

La evocación del almanaque nos dice poco. Dice más su legado. Y más, todavía, lo que ya es una costumbre de sus lectores: leer y releer sus cuentos, su poesía, sus ensayos. Es lo que hacemos aquí cada año -en agosto; o en junio, al recordarse otro aniversario de su partida-, cuando un grupo de lectores transcurrimos una tarde gozosa leyendo y comentando su literatura en las Borgeanías formoseñas. Es un rito voluntario -leer a Borges- que practicamos cada uno por su lado; pero en ese encuentro, la lectura se vuelve convivio y la hace distinta, la hace otra: pródiga en miradas, curiosa en relaciones con la historia del país, con el presente, con otras escrituras y con otras lecturas.

Lo primero que recogemos de su legado es la condición de lector. Creo que nadie como él enfatizó ese lugar. Y aunque su escritura es la que nos hace seguidores de su vasto universo humano, leer y pensar ese orbe fue la condición privilegiada desde donde se colocó Borges al hacer literatura.

Algunos frecuentamos sus poesías de continuo, en el sillón íntimo de la casa o en el aula con nuestros estudiantes. Sigue diciéndonos lo que es el tiempo, el cosmos, el ser frágil y el ancla incrédula del lenguaje que nos hace humanos, el Otro que es nuestro espejo -a veces aborrecible- y las sombras con las que nos medimos. No hay semana que no recurramos al placentero instante con que leemos una página de sus ensayos, de sus prólogos, de sus poemas. O releemos el destino de Rosendo Juárez, de Francisco N. de Laprida, de Pedro Damián o de Facundo Quiroga que atraviesan su prosa y sus versos.

La literatura de conflicto que es la de Borges -como afirma Beatriz Sarlo-, “a pesar de la perfecta felicidad del estilo tiene en el centro una grieta: se desplaza por el filo de varias culturas, que se tocan (o se repelen) en sus bordes”.

Los lectores frecuentes la notamos y quizás eso mismo es, entre otras razones, lo que nos atrae de sus abismos. Mientras esto suceda, Borges será un clásico que persiste en la literatura. Porque habla -a veces en clave fantástica- de lo que creemos o descreemos, de lo que nos hace argentinos o de los mitos que tememos todavía.

Por otra parte, el Día del Escritor, que se celebra el 13 de junio como homenaje a Lugones, tendría que quedar tal cual respecto de cambios que se proponen para sustituirlo. Ante todo, porque Lugones fue otro hombre de dos siglos, un calificado forjador de la palabra como campo experimental y un referente indiscutible del modernismo hispanoamericano; fue un “descubridor” y divulgador de la literatura gauchesca elevada a la par de la (al comienzo del siglo XX) llamada alta cultura. Puso el Martín Fierro de José Hernández en el merecido lugar de prestigio que le había sido negado por las élites y los intelectuales. Y fue pionero de la literatura fantástica y de la ciencia ficción en la Argentina.

Por tanto, merecido es el homenaje al escritor que fue Lugones, independientemente de sus cambios ideológicos y políticos que atravesó. Si lo juzgarámos por este aspecto, desviaríamos la razón del homenaje y caeríamos en tendencias ajenas a las razones por las que leemos literatura.

En todo caso, ¿por qué, mejor, no aprovechar la celebración del natalicio borgeano y si alguien lo propone, ponerle Día de los Lectores al 24 de agosto, sin necesidad de sustitución alguna y, por el contrario, uniendo así las dos partes: la escritura literaria y la lectura literaria?

Le complacería a Borges esta opción (creo), ya que él mismo desplazó y más tarde reivindicó a Lugones. 

Y también le agradaría, porque Borges mismo se declaró, ante todo, lector.

María Ester Gorleri
Doctora en Letras

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